| La
salvación
Ésta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos.
El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más
allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo
de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó
su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras
abundaba en explicaciones técnicas y disfrutaba de la embriaguez
del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector
una sombra amenazadora. Comprendió la causa. "¿Cómo
un ser tan ínfimo" -sin duda estaba pensando el tirano- "es
capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?" Entonces un
pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por
el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría.
"Por humildes que sean" -dijo indicando al pájaro- "hay
que reconocer que vuelan mejor que nosotros".
Adolfo Bioy Casares
El
tejedor
Llevaba poco tiempo en la fabrica, cuando una maquina le mordió
la mano. Se le había escapado un hilo. Queriendo atraparlo, Héctor
fue atrapado.
No escarmiento. Héctor Rodríguez se paso
la vida buscando hilos perdidos, fundando sindicatos, juntando a los dispersos
y arriesgando la mano y todo lo demás en el oficio de tejer lo
que el miedo destejía. Creciéndose en el castigo, atravesó
el tiempo de las listas negras y los años de la cárcel,
y atravesó también las derrotas y las traiciones y los desalientos.
Creía en lo que creía contra toda evidencia, y así
fue, siguió siendo, hasta el fin de sus días.
Éramos muchos. Estábamos esperando en el
pórtico del cementerio. Héctor iba a ser enterrado en la
colina que se alza sobre la playa del Buceo. Llevábamos allí
un largo rato, aquel mediodía gris y de mucho viento, cuando unos
obreros del cementerio llegaron trayendo a pulso un féretro sin
flores ni dolientes. Y tras ese féretro entraron, en cortejo, algunos
de los que estaban esperando a Héctor.
¿Se
equivocaron de ataúd? Quien sabe. Era muy de Héctor eso
de ofrecer sus amigos al muerto que estaba solo.
Eduardo Galeano
Muebles
“El Canario”
La propaganda de estos muebles me tomó desprevenido. Yo había
ido a pasar un mes de vacaciones a un lugar cercano y no había
querido enterarme de lo que ocurriera en la ciudad. Cuando llegué
de vuelta hacía mucho calor y esa misma noche fui a una playa.
Volvía a mi pieza más bien temprano y un poco malhumorado
por lo que me había ocurrido en el tranvía. Lo tomé
en la playa y me tocó sentarme en un lugar que daba al pasillo.
Como todavía hacia mucho calor, había puesto mi saco en
las rodillas y traía los brazos al aire, pues mi camisa era de
manga corta. Entre las personas que andaban por el pasillo hubo una que
de pronto me dijo:
-Con su permiso, por favor...
Y yo respondí con rapidez:
-Es de usted.
Pero no sólo no comprendí lo que pasaba sino que me asusté.
En ese instante ocurrieron muchas cosas. La primera fue que aun cuando
ese señor no había terminado de pedirme permiso, y mientras
yo le contestaba, él ya me frotaba el brazo desnudo con algo frío
que no sé por qué creí que fuera saliva. Y cuando
yo había terminado de decir "es de usted" ya sentí
un pinchazo y vi una jeringa grande con letras. Al mismo tiempo una gorda
que iba en otro asiento decía:
-Después a mí.
Yo debo haber hecho un movimiento brusco con el brazo porque el hombre
de la jeringa dijo:
-¡Ah!, lo voy a lastimar... quieto un...
Pronto sacó la jeringa en medio de la sonrisa de otros pasajeros
que habían visto mi cara. Después empezó a frotar
el brazo de la gorda y ella miraba operar muy complacida. A pesar de que
la jeringa era grande, sólo echaba un pequeño chorro con
un golpe de resorte. Entonces leí las letras amarillas que había
a lo largo del tubo: Muebles "El Canario". Después me
dio vergüenza preguntar de qué se trataba y decidí
enterarme al otro día por los diarios. Pero apenas bajé
del tranvía pensé: "No podrá ser un fortificante;
tendrá que ser algo que deje consecuencias visibles si realmente
se trata de una propaganda." Sin embargo, yo no sabía bien
de qué se trataba; pero estaba muy cansado y me empeciné
en no hacer caso. De cualquier manera estaba seguro de que no se permitiría
dopar al público con ninguna droga. Antes de dormirme pensé
que a lo mejor habrían querido producir algún estado físico
de placer o bienestar. Todavía no había pasado al sueño
cuando oí en mí el canto de un pajarito. No tenía
la calidad de algo recordado ni del sonido que nos llega de afuera. Era
anormal como una enfermedad nueva; pero también había un
matiz irónico; como si la enfermedad se sintiera contenta y se
hubiera puesto a cantar. Estas sensaciones pasaron rápidamente
y en seguida apareció algo más concreto: oí sonar
en mi cabeza una voz que decía:
-Hola, hola; transmite difusora "El Canario"... hola, hola,
audición especial. Las personas sensibilizadas para estas transmisiones..
. etc., etc.
Todo esto lo oía de pie, descalzo, al costado de la cama y sin
animarme a encender la luz; había dado un salto y me había
quedado duro en ese lugar; parecia imposible que aquello sonara dentro
de mi cabeza. Me volví a tirar en la cama y por último me
decidí a esperar. Ahora estaban pasando indicaciones a propósito
de los pagos en cuotas de los muebles "El Canario". Y de pronto
dijeron:
-Como primer número se transmitirá el tango...
Desesperado, me metí debajo de una cobija gruesa; entonces oí
todo con más claridad, pues la cobija atenuaba los ruidos de la
calle y yo sentía mejor lo que ocurría dentro de mi cabeza.
En seguida me saqué la cobija y empecé a caminar por la
habitación; esto me aliviaba un poco pero yo tenía como
un secreto empecinamiento en oír y en quejarme de mi desgracia.
Me acosté de nuevo y al agarrarme de los barrotes de la cama volví
a oír el tango con más nitidez.
Al rato me encontraba en la calle: buscaba otros ruidos que atenuaran
el que sentía en la cabeza. Pensé comprar un diario, informarme
de la dirección de la radio y preguntar qué habría
que hacer para anular el efecto de la inyección. Pero vino un tranvía
y lo tomé. A los pocos instantes el tranvía pasó
por un lugar donde las vías se hallaban en mal estado y el gran
ruido me alivió de otro tango que tocaban ahora; pero de pronto
miré para dentro del tranvía y vi otro hombre con otra jeringa;
le estaba dando inyecciones a unos niños que iban sentados en asientos
transversales. Fui hasta allí y le pregunté qué había
que hacer para anular el efecto de una inyección que me habían
dado hacía una hora. Él me miró asombrado y dijo:
-¿No le agrada la transmisión?
-Absolutamente.
-Espere unos momentos y empezará una novela en episodios.
-Horrible -le dije.
Él siguió con las inyecciones y sacudía la cabeza
haciendo una sonrisa. Yo no oía más el tango. Ahora volvían
a hablar de los muebles. Por fin el hombre de la inyección me dijo:
-Señor, en todos los diarios ha salido el aviso de las tabletas
"El Canario". Si a usted no le gusta la transmisión se
toma una de ellas y pronto.
-¡Pero ahora todas las farmacias están cerradas y yo voy
a volverme loco!
En ese instante oí anunciar:
-Y ahora transmitiremos una poesía titulada "Mi sillón
querido" soneto compuesto especialmente para los muebles "El
Canario".
Después el hombre de la inyección se acercó a mí
para hablarme en secreto y me dijo:
-Yo voy a arreglar su asunto de otra manera. Le cobraré un peso
porque le veo cara honrada. Si usted me descubre pierdo el empleo, pues
a la compañía le conviene más que se vendan las tabletas.
Yo le apuré para que me dijera el secreto. Entonces él abrió
la mano y dijo:
-Venga el peso-. Y después que se lo di agregó:
-Dése un baño de pies bien caliente.
Filisberto Hernández
La
escritura del Dios
La cárcel es profunda y de piedra; su forma, la de un hemisferio
casi perfecto, si bien el piso (que también es de piedra) es algo
menor que un círculo máximo, hecho que agrava de algún
modo los sentimientos de opresión y de vastedad. Un muro medianero
la corta; éste, aunque altísimo, no toca la parte superior
de la bóveda; de un lado estoy yo, Tzinacán, mago de la
pirámide de Qaholom, que Pedro de Alvarado incendió; del
otro hay un jaguar, que mide con secretos pasos iguales el tiempo y el
espacio del cautiverio. A ras del suelo, una larga ventana con barrotes
corta el muro central. En la hora sin sombra se abre una trampa en lo
alto, y un carcelero que han ido borrando los años maniobra una
roldana de hierro, y nos baja en la punta de un cordel, cántaros
con agua y trozos de carne. La luz entra en la bóveda; en ese instante
puedo ver al jaguar.
He perdido la cifra de los años que yazgo en la
tiniebla; yo, que alguna vez era joven y podía caminar por esta
prisión, no hago otra cosa que aguardar, en la postura de mi muerte,
el fin que me destinan los dioses. Con el hondo cuchillo de pedernal he
abierto el pecho de las víctimas, y ahora no podría, sin
magia, levantarme del polvo.
La víspera del incendio de la pirámide,
los hombres que bajaron de altos caballos me castigaron con metales ardientes
para que revelara el lugar de un tesoro escondido. Abatieron, delante
de mis ojos, el ídolo del dios; pero éste no me abandonó
y me mantuvo silencioso entre los tormentos. Me laceraron, me rompieron,
me deformaron, y luego desperté en esta cárcel, que ya no
dejaré en mi vida mortal.
Urgido por la fatalidad de hacer algo, de poblar de algún
modo el tiempo, quise recordar, en mi sombra, todo lo que sabía.
Noches enteras malgasté en recordar el orden y el número
de unas sierpes de piedra o la forma de un árbol medicinal. Así
fui revelando los años, así fui entrando en posesión
de lo que ya era mío. Una noche sentí que me acercaba a
un recuerdo preciso; antes de ver el mar, el viajero siente una agitación
en la sangre. Horas después empecé a avistar el recuerdo:
era una de las tradiciones del dios. Éste, previendo que en el
fin de los tiempos ocurrirían muchas desventuras y ruinas, escribió
el primer día de la Creación una sentencia mágica,
apta para conjurar esos males. La escribió de manera que llegara
a las más apartadas generaciones y que no la tocara el azar. Nadie
sabe en qué punto la escribió, ni con qué caracteres;
pero nos consta que perdura, secreta, y que la leerá un elegido.
Consideré que estábamos, como siempre, en el fin de los
tiempos y que mi destino de último sacerdote del dios me daría
acceso al privilegio de intuir esa escritura. El hecho de que me rodeara
una cárcel no me vedaba esa esperanza; acaso yo había visto
miles de veces la inscripción de Qaholom y sólo me faltaba
entenderla.
Esta reflexión me animó, y luego me infundió
una especie de vértigo. En el ámbito de la tierra hay formas
antiguas, formas incorruptibles y eternas; cualquiera de ellas podía
ser el símbolo buscado. Una montaña podía ser la
palabra del dios, o un río o el imperio o la configuración
de los astros. Pero en el curso de los siglos las montañas se allanan
y el camino de un río suele desviarse y los imperios conocen mutaciones
y estragos y la figura de los astros varía. En el firmamento hay
mudanza. La montaña y la estrella son individuos, y los individuos
caducan. Busqué algo más tenaz, más invulnerable.
Pensé en las generaciones de los cereales, de los pastos, de los
pájaros, de los hombres. Quizá en mi cara estuviera escrita
la magia, quizá yo mismo fuera el fin de mi busca. En ese afán
estaba cuando recordé que el jaguar era uno de los atributos del
dios.
Entonces mi alma se llenó de piedad. Imaginé
la primera mañana del tiempo, imaginé a mi dios confiando
el mensaje a la piel viva de los jaguares, que se amarían y se
engendrarían sin fin, en cavernas, en cañaverales, en islas,
para que los últimos hombres lo recibieran. Imaginé esa
red de tigres, ese caliente laberinto de tigres, dando horror a los prados
y a los rebaños para conservar un dibujo. En la otra celda había
un jaguar; en su vecindad percibí una confirmación de mi
conjetura y un secreto favor.
Dediqué largos años a aprender el orden
y la configuración de las manchas. Cada ciega jornada me concedía
un instante de luz, y así pude fijar en la mente las negras formas
que tachaban el pelaje amarillo. Algunas incluían puntos; otras
formaban rayas trasversales en la cara interior de las piernas; otras,
anulares, se repetían. Acaso eran un mismo sonido o una misma palabra.
Muchas tenían bordes rojos.
No diré las fatigas de mi labor. Más de
una vez grité a la bóveda que era imposible descifrar aquel
testo. Gradualmente, el enigma concreto que me atareaba me inquietó
menos que el enigma genérico de una sentencia escrita por un dios.
¿Qué tipo de sentencia (me pregunté) construirá
una mente absoluta? Consideré que aun en los lenguajes humanos
no hay proposición que no implique el universo entero; decir el
tigre es decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que
devoró, el pasto de que se alimentaron los ciervos, la tierra que
fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra. Consideré
que en el lenguaje de un dios toda palabra enunciaría esa infinita
concatenación de los hechos, y no de un modo implícito,
sino explícito, y no de un modo progresivo, sino inmediato. Con
el tiempo, la noción de una sentencia divina parecióme pueril
o blasfematoria. Un dios, reflexioné, sólo debe decir una
palabra, y en esa palabra la plenitud. Ninguna voz articulada por él
puede ser inferior al universo o menos que la suma del tiempo. Sombras
o simulacros de esa voz que equivale a un lenguaje y a cuanto puede comprender
un lenguaje son las ambiciosas y pobres voces humanas, todo, mundo, universo.
Un día o una noche -entre mis días y mis
noches ¿qué diferencia cabe?- soñé que en
el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví
a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron,
así, multiplicándose hasta colmar la cárdel, y yo
moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba
soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar
fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo:
"No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior.
Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito,
que es el número de los granos de arena. El camino que habrás
de desandar es interminable, y morirás antes de haber despertado
realmente."
Me sentí perdido. La arena me rompía la
boca, pero grité: "Ni una arena soñada puede matarme,
ni hay sueños que estén dentro de sueños." Un
resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía
un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana,
el cordel, la carne y los cántaros.
Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su
destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que
un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo
era un encarcelado. Del incansable laberinto de sueños yo regresé
como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su
tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije
la tiniebla y la piedra.
Entonces ocurrió lo que no puedo olvidar ni comunicar.
Ocurrió la unión con la divinidad, con el universo (no sé
si estas palabras difieren). El éxtasis no repite sus símbolos:
hay quien ha visto a Dios en un resplandor, hay quien lo ha percibido
en una espada o en los círculos de una rosa. Yo vi una Rueda altísima,
que no estaba delante de mis ojos, ni detrás, ni a los lados, sino
en todas partes, a un tiempo. Esa Rueda estaba hecha de agua, pero también
de fuego, y era (aunque se veía el borde) infinita. Entretejidas,
la formaban todas las cosas que serán, que son y que fueron, y
yo era una de las hebras de esa trama total, y Pedro de Alvarado, que
me dio tormento, era otra. Ahí estaban las causas y los efectos,
y me bastaba ver esa Rueda para entenderlo todo, sin fin. ¡Oh dicha
de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir! Vi el universo y
vi los íntimos designios del universo. Vi los orígenes que
narra el Libro del Común. Vi las montañas que surgieron
del agua, vi los primeros hombres de palo, vi las tinajas que se volvieron
contra los hombres, vi los perros que les destrozaron las caras. Vi el
dios sin cara que hay detrás de los dioses. Vi infinitos procesos
que formaban una sola felicidad, y, entendiéndolo todo, alcancé
también a entender la escriturad del tigre.
Es una fórmula de catorce palabras casuales (que
parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso.
Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para
que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal,
para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo
en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para
reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo,
Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma.
Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me
acuerdo de Tzinacán.
Que muera conmigo el misterio que está escrito
en los tigres. Quien ha entrevisto el universo, quien ha entrevisto los
ardientes designios del universo, no puede pensar en un hombre, en sus
triviales dichas o desventuras, aunque ese hombre sea él. Ese hombre
ha sido él, y ahora no le importa. Qué le importa la suerte
de aquel otro, qué le importa la nación de aquel otro, si
él, ahora, es nadie. Por eso no pronuncio la fórmula, por
eso dejo que me olviden los días, acostado en la oscuridad.
Jorge Luis Borges
Leyenda
de Tatuana
EL MAESTRO Almendro tiene la barba rosada, fue uno de los sacerdotes que
los hombres blancos tocaron creyéndoles de oro, tanta riqueza vestían,
y sabe el secreto de las plantas que lo curan todo, el vocabulario de
la obsidiana - piedra que habla - y leer los jeroglíficos de las
constelaciones.
Es el árbol que amaneció un día en el bosque donde
está plantado, sin que ninguno lo sembrara, come si lo hubieran
llevado los fantasmas.
El árbol que anda... El árbol que cuenta los años
de cuatrocientos días por las lunas que ha visto, que ha visto
muchas lunas, como todos los árboles, y que vino ya viejo del Lugar
de la Abundancia. Al llenar la luna del Búho-Pescador (nombre de
uno de los veinte meses del año de cuatrocientos días),
el Maestro Almendro repartió el alma entre los caminos. Cuatro
eran los caminos y se marcharon per opuestas direcciones hacia las cuatro
extremidades del cielo. La negra extremidad: Noche sortílega. La
verde extremidad: Tormenta primaveral. La roja extremidad: Guacamayo o
éxtasis de trópico. La blanca extremidad: Promesa de tierras
nuevas. Cuatro eran los caminos.
- ¡Caminín! ¡Caminito!... - dijo al Camino Blanco una
paloma blanca, pero el Caminito Blanco no la oyó. Quería
que le diera el alma del Maestro, que cura de sueños. Las palomas
y los niños padecen de ese mal.
- ¡Caminin! ¡Caminito!... - dijo al Camino Rojo un coraz6n
rojo; pero el Camino Rojo no lo oyó. Quería distraerlo para
que olvidara el alma del Maestro. Los corazones, como los ladrones, no
devuelven las cosas olvidadas.
- ¡Caminin! ¡Caminito!... - dijo al Camino Verde un emparrado
verde, pero el Camine Verde no lo oyó. Quería que con el
alma del Maestro le desquitase algo de su deuda de hojas y de sombra.
¿Cuántas lunas pasaron andando los caminos?
El más veloz, el Camino Negro, el camino al que ninguno habló
en el camino, se detuvo en la ciudad, atravesó la plaza y en el
barrio de los mercaderes, per un ratito de descanso, dio el alma del Maestro
al Mercader de Joyas sin precio. Era la hora de los gatos blancos. Iban
de un lado a otro. ¡Admiración de los resales! Las nubes
parecían ropas en los tendederos del cielo. Al saber el Maestro
lo que el Camino Negro había hecho, tomó naturaleza humana
nuevamente, desnudándose de la forma vegetal en un riachuelo que
nacía bajo la luna ruboroso come una flor de almendro, y encaminóse
a la ciudad. Llegó al valle después de una jornada, en el
primer dibujo de la tarde, a la hora en que volvían los rebaños,
conversando a los pastores, que contestaban monosilábicamente a
sus preguntas, extrañados, come ante una aparición, de su
túnica verde y su barba rosada.
En la ciudad se dirigió a Poniente. Hombres y mujeres rodeaban
las pilas públicas. El agua sonaba a besos al ir llenando los cántaros.
Y guiado por las sombras, en el barrio de los mercaderes encontró
la parte de su alma vendida por el Camino Negro al Mercader de Joyas sin
precio. La guardaba en el fondo de una caía de cristal con cerradores
de oro. Sin perder tiempo se acercó al Mercader, que en un rinc6n
fumaba, a ofrecerle per ella cien arrobas de perlas. El Mercader sonrió
de la locura del Maestro. ¿Cien arrobas de perlas? ¡No, sus
joyas no tenían precio!
El Maestro aumentó la oferta. Los mercaderes se niegan hasta llenar
su tanto. Le daría esmeraldas, grandes come maíces, de cien
en cien almudes, hasta formar un lago de esmeraldas. El Mercader sonrió
de la locura del Maestro. ¿Un lago de esmeraldas? ¡No, sus
joyas no tenían precio! Le daría amuletos, ojos de namik
para llamar el agua, plumas contra la tempestad, mariguana para su tabaco...
El Mercader se negó.
¡Le daría piedras preciosas para construir, a medio lago
de esmeraldas, un palacio de cuento! El Mercader se negó. Sus joyas
no tenían precio, y, además ¿a qué seguir
hablando? -, ese pedacito de alma lo quería para cambiarlo, en
un mercado de esclavas, por la esclava más bella. Y todo fue inútil,
inútil que el Maestro ofreciera y dijera, tanto como lo dijo, su
deseo de recobrar el alma. Los mercaderes no tienen corazón. Una
hebra de humo de tabaco separaba la realidad del sueño, los gatos
negros de los gatos blancos y al Mercader del extraño comprador,
que al salir sacudió sus sandalias en el quicio de la puerta. El
polvo tiene maldición.
Después de un año de cuatrocientos días - sigue la
leyenda - cruzaba los caminos de la cordillera el Mercader. Volvía
de países lejanos, acompañado de la esclava comprada con
el alma del Maestro, del pájaro flor, cuyo pico trocaba en jacintos
las gotitas de miel, y de un séquito de treinta servidores montados.
- ¡No sabes - decía el Mercader a la esclava, arrendando
su caballería- cómo vas a vivir en la ciudad! ¡Tu
casa será un palacio y a tus órdenes estarán todos
mis criados, yo el último, si así lo mandas tú!
- Allá - continuaba con la cara a mitad bañada por el sol
- todo será tuyo. ¡Eres una joya, y yo soy el Mercader de
Joyas sin precio! ¡Vales un pedacito de alma que no cambié
por un lago de esmeraldas!... En una hamaca juntos veremos caer el sol
y levantarse el día, sin hacer nada, oyendo los cuentos de una
vieja mañosa que sabe mi destino. Mi destino, dice, está
en los dedos de una mano gigante, y sabré el tuyo, si así
lo pides tú. La esclava se volvía al paisaje de colores
diluidos en azules que la distancia iba diluyendo a la vez. Los árboles
tejían a los lados del camino una caprichosa decoración
de guipil. Las aves daban la impresión de velar dormidas, sin alas,
en la tranquilidad del cielo, y en el silencio de granito, el jadeo de
las bestias, cuesta arriba, cobraba acento humano.
Miguel Angel Asturias
El
Hombre de Plata
El Juancho y su perra «Mariposa» hacían el camino de
tres kilómetros a la escuela dos veces al día. Lloviera
o nevara, hiciera frío o sol radiante, la pequeña figura
de Juancho se recortaba en el camino con la «Mariposa» detrás.
Juancho le había puesto ese nombre porque tenía unas grandes
orejas voladoras que, miradas a contra luz, la hacían parecer una
enorme y torpe mariposa morena. Y también por esa manía
que tenía la perra de andar oliendo las flores como un insecto
cualquiera.
La «Mariposa» acompañaba a su amo a la escuela, y se
sentaba a esperar en la puerta hasta que sonara la campana. Cuando terminaba
la clase y se abría la puerta, aparecía un tropel de niños
desbandados como ganado despavorido, y la «Mariposa» se sacudía
la modorra y comenzaba a buscar a su niño. Oliendo zapatos y piernas
de escolares, daba al fin con su Juancho y entonces, moviendo la cola
como un ventilador a retropropulsión, emprendía el camino
de regreso.
Los días de invierno anochece muy temprano. Cuando hay nubes en
la costa y el mar se pone negro, a las cinco de la tarde ya está
casi oscuro. Ese era un día así: nublado, medio gris y medio
frío, con la lluvia anunciándose y olas con espuma en la
cresta.
—Mala se pone la cosa, Mariposa. Hay que apurarse o nos pesca el
agua y se nos hace oscuro... A mí la noche por estas soledades
me da miedo, Mariposa —decía Juancho, apurando el tranco
con sus botas agujereadas y su poncho desteñido.
La perra estaba inquieta. Olía el aire y de repente se ponía
a gemir despacito. Llevaba las orejas alertas y la cola tiesa.
—¿Qué te pasa? —le decía Juancho—.
No te pongas a aullar, perra lesa, mira que vienen las ánimas a
penar...
A la vuelta de la loma, cuando había que dejar la carretera y meterse
por el sendero de tierra que llevaba cruzando los potreros hasta la casa,
la Mariposa se puso insoportable, sentándose en el suelo a gemir
como si le hubieran pisado la cola. Juancho era un niño campesino,
y había aprendido desde niño a respetar los cambios de humor
de los animales. Cuando vio la inquietud de su perra, se le pusieron los
pelos de punta.
—¿Qué pasa, Mariposa? ¿Son bandidos o son aparecidos?
Ay... ¡Tengo miedo, Mariposa!
El niño miraba a su alrededor asustado. No se veía a nadie.
Potreros silenciosos en el gris espeso del atardecer invernal. El murmullo
lejano del mar y esa soledad del campo chileno.
Temblando de miedo, pero apurado en vista que la noche se venía
encima, Juancho echó a correr por el sendero, con el bolsón
golpeándole las piernas y el poncho medio enredado. De mala gana,
la Mariposa salió trotando detrás.
Y entonces, cuando iban llegando a la encina torcida, en la mitad del
potrero grande, lo vieron.
Era un enorme plato metálico suspendido a dos metros del suelo,
perfectamente inmóvil. No tenía puertas ni ventanas: solamente
tres orificios brillantes que parecían focos, de donde salía
un leve resplandor anaranjado. El campo estaba en silencio... no se oía
el ruido de un motor ni se agitaba el viento alrededor de la extraña
máquina.
El niño y la perra se detuvieron con los ojos desorbitados. Miraban
el extraño artefacto circular detenido en el espacio, tan cerca
y tan misterioso, sin comprender lo que veían.
El primer impulso, cuando se recuperaron, fue echar a correr a todo lo
que daban. Pero la curiosidad de un niño y la lealtad de un perro
son más fuertes que el miedo. Paso a paso, el niño y el
perro se aproximaron, como hipnotizados, al platillo volador que descansaba
junto a la copa de la encina.
Cuando estaban a quince metros del plato, uno de los rayos anaranjados
cambió de color, tornándose de un azul muy intenso. Un silbido
agudo cruzó el aire y quedó vibrando en las ramas de la
encina. La Mariposa cayó al suelo como muerta, y el niño
se tapó los oídos con las manos. Cuando el silbido se detuvo,
Juancho quedó tambaleándose como borracho.
En la semi-oscuridad del anochecer, vio acercarse un objeto brillante.
Sus ojos se abrieron como dos huevos fritos cuando vio lo que avanzaba:
era un Hombre de Plata. Muy poco más grande que el niño,
enteramente plateado, como si estuviera vestido en papel de aluminio,
y una cabeza redonda sin boca, nariz ni orejas, pero con dos inmensos
ojos que parecían anteojos de hombre-rana.
Juancho trató de huir, pero no pudo mover ni un músculo.
Su cuerpo estaba paralizado, como si lo hubieran amarrado con hilos invisibles.
Aterrorizado, cubierto de sudor frío y con un grito de pavor atascado
en la garganta, Juancho vio acercarse al Hombre de Plata, que avanzaba
muy lentamente, flotando a treinta centímetros del suelo.
Juancho no sintió la voz del Hombre de Plata, pero de alguna manera
supo que él le estaba hablando. Era como si estuviera adivinando
sus palabras, o como si las hubiera soñado y sólo las estuviera
recordando.
—Amigo... Amigo... Soy amigo... no temas, no tengas miedo, soy tu
amigo...
Poquito a poco el susto fue abandonando al niño. Vio acercarse
al Hombre de Plata, lo vio agacharse y levantar con cuidado y sin esfuerzo
a la inconsciente Mariposa, y llegar a su lado con la perra en vilo.
—Amigo... Soy tu amigo... No tengas miedo, no voy a hacerte daño...
Soy tu amigo y quiero conocerte... Vengo de lejos, no soy de este planeta...
Vengo del espacio... Quiero conocerte solamente...
Las palabras sin voz del Hombre de Plata se metieron sin ruido en la cabeza
de Juancho y el niño perdió todo su temor. Haciendo un esfuerzo
pudo mover las piernas. El extraño hombrecito plateado estiró
una mano y tocó a Juancho en un brazo.
—Ven conmigo... Subamos a mi nave... Quiero conocerte... Soy tu
amigo...
Y Juancho, por supuesto, aceptó la invitación. Dio un paso
adelante, siempre con la mano del Hombre de Plata en su brazo, y su cuerpo
quedó suspendido a unos centímetros del suelo. Estaba pisando
el brillo azul que salía del platillo volador, y vio que sin ningún
esfuerzo avanzaba con su nuevo amigo y la Mariposa por el rayo, hasta
la nave.
Entró a la nave sin que se abrieran puertas. Sintió como
si «pasara» a través de las paredes y se encontrara
despertando de a poco en el interior de un túnel grande, silencioso,
lleno de luz y tibieza.
Sus pies no tocaban el suelo, pero tampoco tenía la sensación
de estar flotando.
—Soy de otro planeta... Vengo a conocer la Tierra... Descendí
aquí porque parecía un lugar solitario... Pero estoy contento
de haberte encontrado... Estoy contento de conocerte... Soy tu amigo...
Así sentía Juancho que le hablaba sin palabras el Hombre
de Plata. La Mariposa seguía como muerta, flotando dulcemente en
un colchón de luz.
—Soy Juancho Soto. Soy del Fundo La Ensenada. Mi papá es
Juan Soto —dijo el niño en un murmullo, pero su voz se escuchó
profunda y llena de eco, rebotando en el túnel brillante donde
se encontraba.
El Hombre de Plata condujo al niño a través del túnel
y pronto se encontró en una habitación circular, amplia
y bien iluminada, casi sin muebles ni aparatos. Parecía vacía,
aunque llena de misteriosos botones y minúsculas pantallas.
—Este es un platillo volador de verdad —dijo Juancho, mirando
a su alrededor.
—Sí... Yo quiero conocerte para llevarme una imagen tuya
a mi mundo... Pero no quiero asustarte... No quiero que los hombres nos
conozcan, porque todavía no están preparados para recibirnos...
—decía silenciosamente el Hombre de Plata.
—Yo quiero irme contigo a tu mundo, si quieres llevarme con la Mariposa
—dijo Juancho, temblando un poco, pero lleno de curiosidad.
—No puedo llevarte conmigo... Tu cuerpo no resistiría el
viaje... Pero quiero llevarme una imagen completa de ti... Déjame
estudiarte y conocerte. No voy a hacerte daño. Duérmete
tranquilo... No tengas miedo... Duérmete para que yo pueda conocerte...
Juancho sintió un sueño profundo y pesado subirle desde
la planta de los pies y, sin esfuerzo alguno, cayó profundamente
dormido.
El niño despertó cuando una gota de agua le mojaba la cara.
Estaba oscuro y comenzaba a llover. La sombra de la encina se distinguía
apenas en la noche, y tenía frío, a pesar del calor que
le transmitía la Mariposa dormida debajo de su poncho. Vio que
estaba descalzo.
—¡Mariposa! ¡Nos quedamos dormidos! Soñé
con... ¡No! ¡No lo soñé! Es cierto, tiene que
ser cierto que conocí al Hombre de Plata y estuve en el Platillo
Volador —miró a su alrededor, buscando la sombra de la misteriosa
nave, pero no vio más que nubes negras. La perra despertó
también, se sacudió, miró a su alrededor espantada,
y echó a correr en dirección a la luz lejana de la casa
de los Soto. Juancho la siguió también, sin pararse a buscar
sus viejas botas de agua, y chapoteando en el barro, corrió a potrero
abierto hasta su casa.
—¡Cabro de moledera! ¡Adónde te habías
metido! —gritó su madre cuando lo vio entrar, enarbolando
la cuchara de palo de la cocina sobre la cabeza del niño. ¿Y
tus zapatillas de goma? ¡A pata pelada y en la lluvia!
—Andaba en el potrero, cerca de la encina, cuando..., ¡Ay,
no me pegue mamita!..., cuando vi al Hombre de Plata y el platillo flotando
en el aire, sin alas...
—Ya mujer, déjalo. El cabro se durmió y estuvo soñando.
Mañana buscará los zapatos. ¡A tomarse la sopa ahora
y a la cama! Mañana hay que madrugar —dijo el padre.
Al día siguiente salieron Juancho y su padre a buscar leña.
—Mira hijo... ¿Quién habrá prendido fuego cerca
de la encina? Está todo este pedazo quemado. ¡Qué
raro! Yo no vi fuego ni sentí olor a humo... Hicieron una fogata
redondita y pareja, como una rueda grande —dijo Juan Soto, examinando
el suelo, extrañado.
El pasto se veía chamuscado y la tierra oscura, como si estuviera
cubierta de ceniza. El lugar quemado estaba unos centímetros más
bajo que el nivel del potrero, como si un peso enorme se hubiera posado
sobre la tierra blanda.
Juancho y la Mariposa se acercaron cuidadosamente. El niño buscó
en el suelo, escarbando la tierra con un palo.
—¿Qué buscas? —preguntó su padre.
—Mis botas, taita... Pero parece que se las llevó el Hombre
de Plata.
El niño sonrió, la perra movió el rabo y Juan Soto
se rascó la cabeza extrañado.
Isabel Allende
Es
que somos muy pobres
Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi
tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado
y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como
nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada
estaba asoleándose en el solar.
Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos
tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único
que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo
del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía
del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años,
supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día
de su santo se la había llevado el río.
El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada.
Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el
río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco
de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que
se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví
a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese
sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones
y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba
en que el ruido del río era más fuerte y se oía más
cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido
del agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido
sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose
a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo
del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros
por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era
ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se
fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se
debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo,
el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora
ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había
en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente
esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río
en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero
de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya
muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos
horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos
subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que
decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal
y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como
que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la
barranca, donde también hay gente mirando el río y contando
los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río
se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana
Tacha porque mi papá se la regaló para el día de
su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada
y muy bonitos ojos.
No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina
pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río
que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada.
Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar
así nomás por nomás. A mí muchas veces me
tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque
si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero
con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar
a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez
se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba
las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar;
pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella
agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo
que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el
río si no había visto también al becerrito que andaba
con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto.
Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita
de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego
no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal
de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con
todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña,
de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que
arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si
se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue,
que Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día
de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada.
Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la
Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana,
con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja
como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque
éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde
chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar
con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron
pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban
a altas horas de la noche. Después salían hasta de día.
Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo
esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el
suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó
todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más
y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé
para dónde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la
Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir
que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya
no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y
pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y
eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no
hubiera faltado quién se hiciera el ánimo de casarse con
ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.
La única esperanza que nos queda es que el becerro esté
todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río
detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha
está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá
no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle
unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá,
nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y
eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos
fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría
a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da
vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal
o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre.
No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: "Que
Dios las ampare a las dos."
Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa
es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece
y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los
de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la
atención.
-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera
que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará
mal.
Ésa es la mortificación de mi papá.
Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha
matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido
color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de
llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río
se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con
más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra
por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita,
y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene
de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella
se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a
hincharse para empezar a trabajar por su perdición.
Juan Rulfo
Textos
del reino de Losotros
- I
No sé qué espera de mí pero lo espera. Nosotros no
sabemos explicarnos
ciertas realidades pero sí sabemos realizar ciertas inexplicaciones
varias.
Es un viaje muy largo por la noche hasta llegar al Reino de Losotros.
Es un
viaje muy largo sin moverse porque como es sabido se necesita acomodar
bien el ojo y mirar fijamente para que aparezca, grabado en cada nervio
óptico, la invasión de Losotros.
No hay que tenerles miedo, no: hay que hacer caso omiso de esos
sentimientos tan oscuros que entorpecen la forma del mirar y del desprecio.
E1 miedo con desprecio es mala mezcla, es el agua y aceite, no combinan
porque el desprecio fluye como un río y el miedo es pegajoso y
queda
adherido a las solapas estropeando la estética.
Puede que con el tiempo aprendamos a hacer combinaciones y demos en la
clave de lo que es pertinente (impertinente). Puede que con el tiempo
todo
se modere como dicen Losotros y ya nadie nos mire de reojo como
palpándonos las armas de la vista. Nosotros lo creemos buenamente,
nos
sentimos seguros en medio de temblores y no nos refugiamos en ningún
subterráneo enrarecido.
Losotros están agazapados detrás de las trincheras mirándonos
con ojos de
malditos sean ellos es decir seamos nos por el solo motivo de no usar
uniforme.
No es que queramos ser distintos o alzar una bandera de colores opuestos
a
la de ellos. No queremos alzar nada de nada ni ser siquiera diferentes
ni
imponernos distancias. Es decir que no tenemos razón para pelearnos
ni
estamos como ellos dispuestos a la muerte para defender la limitada
estrechez de lo que ellos llaman orden. No es que temamos al duro contacto
con la muerte en la que no creemos, es que somos elásticos, proteicos,
sabemos amoldarnos a los cambios pero no a las malas costumbres de
Losotros. Sabemos desvivirnos por todos y por todo, desvestir-nos también
si eso hace falta: mudarnos de ropaje con la estación del mundo
y atender
sus caprichos.
II
Tres cables conectados al cerebro de Losotros y dos cabos sueltos para
captar las pulsaciones que llegan de este mundo. No es fácil situación
la de
nosotros ni tampoco envidiable con la coronilla en la mano y la
imposibilidad de volarnos la tapa de los sesos y volada de suyo.
Tres cables conectados, cuatro sueltos, poco a poco nos vamos desligando
y
por las estrías notan el rojo y el verde que establecen el paso
de una idea.
La idea se va filtrando, va pasando por el seso de Losotros que es un
cablerío y existe la esperanza de que esté distorsionada
cuando llegue a
nosotros, que se haya apartado para siempre del verdoso clamor de sus
pellejos y detente el poder de sugerirnos otra.
Idea distorsionada, contraidea de la cabeza de Losotros a las nuestras
con
los signos cambiados. Un viraje la altera, cobra velocidad en el traspaso
y
nosotros poco a poco le vamos insuflan-do el aire que requiere para
incinerarse en vida. Ellos no tienen ojos para ver las mutantes ideas
aunque
éstas despidan las luces más sublimes, los ojos de Losotros
están hechos
tan sólo para lo inalterable.
Nosotros en cambio vemos siempre las llamas y gritamos soltan-do las
amarras.
Lo llamamos milagro.
Luisa Velenzuela
El
concierto
Dentro de escasos minutos ocupará con elegancia
su lugar ante el piano. Va a recibir con una inclinación casi imperceptible
el ruidoso homenaje del público. Su vestido, cubierto con lentejuelas,
brillará como si la luz reflejara sobre él el acelerado
aplauso de las ciento diecisiete personas que llenan esta pequeña
y exclusiva sala, en la que mis amigos aprobarán o rechazarán—no
lo sabré nunca—sus intentos de reproducir la más bella
música, según creo, del mundo.
Lo creo, no lo sé. Bach, Mozart, Beethoven. Estoy
acostumbrado a oír que son insuperables y yo mismo he llegado a
imaginarlo. Y a decir que lo son. Particularmente preferiría no
encontrarme en tal caso. En lo íntimo estoy seguro de que no me
agradan y sospecho que todos adivinan mi entusiasmo mentiroso.
Nunca he sido un amante del arte. Si a mi hija no se le
hubiera ocurrido ser pianista yo no tendría ahora este problema.
Pero soy su padre y sé mi deber y tengo que oírla y apoyarla.
Soy un hombre de negocios y sólo me siento feliz cuando manejo
las finanzas. Lo repito, no soy artista. Si hay un arte en acumular una
fortuna y en ejercer el dominio del mercado mundial y en aplastar a los
competidores, reclamo el primer lugar en ese arte.
La música es bella, cierto. Pero ignoro si mi hija
es capaz de recrear esa belleza. Ella misma lo duda. Con frecuencia, después
de las audiciones, la he visto llorar, a pesar de los aplausos. Por otra
parte, si alguno aplaude sin fervor, mi hija tiene la facultad de descubrirlo
entre la concurrencia, y esto basta para que sufra y lo odie con ferocidad
de ahí en adelante. Pero es raro que alguien apruebe fríamente.
Mis amigos más cercanos han aprendido en carne propia que la frialdad
en el aplauso es peligrosa y puede arruinarlos. Si ella no hiciera una
señal de que considera suficiente la ovación, seguirían
aplaudiendo toda la noche por el temor que siente cada uno de ser el primero
en dejar de hacerlo. A veces esperan mi cansancio para cesar de aplaudir
y entonces los veo cómo vigilan mis manos, temerosos de adelantárseme
en iniciar el silencio. Al principio me engañaron y los creí
sinceramente emocionados: el tiempo no ha pasado en balde y he terminado
por conocerlos. Un odio continuo y creciente se ha apoderado de mí.
Pero yo mismo soy falso y engañoso. Aplaudo sin convicción.
Yo no soy un artista. La música es bella, pero en el fondo no me
importa que lo sea y me aburre. Mis amigos tampoco son artistas Me gusta
mortificarlos, pero no me preocupan.
Son otros los que me irritan. Se sientan siempre en las
primeras filas y a cada instante anotan algo en sus libretas. Reciben
pases gratis que mi hija escribe con cuidado y les envía personalmente.
También los aborrezco. Son los periodistas. Claro que me temen
y con frecuencia puedo comprarlos. Sin embargo, la insolencia de dos o
tres no tiene límites y en ocasiones se han atrevido a decir que
mi hija es una pésima ejecutante. Mi hija no es una mala pianista.
Me lo afirman sus propios maestros. Ha estudiado desde la infancia y mueve
los dedos con más soltura y agilidad que cualquiera de mis secretarias.
Es verdad que raramente comprendo sus ejecuciones, pero es que yo no soy
un artista y ella lo sabe bien.
La envidia es un pecado detestable. Este vicio de mis
enemigos puede ser el escondido factor de las escasas críticas
negativas. No sería extraño que alguno de los que en este
momento sonríen, y que dentro de unos instantes aplaudirán,
propicie esos juicios adversos. Tener un padre poderoso ha sido favorable
y aciago al mismo tiempo para ella. Me pregunto cuál sería
la opinión de la prensa si ella no fuera mi hija. Pienso con persistencia
que nunca debió tener pretensiones artísticas. Esto no nos
ha traído sino incertidumbre e insomnio Pero nadie iba ni siquiera
a soñar, hace veinte años, que yo llegaría adonde
he llegado. Jamás podremos saber con certeza, ni ella ni yo, lo
que en realidad es, lo que efectivamente vale. Es ridícula, en
un hombre como yo, esa preocupación.
Si no fuera porque es mi hija confesaría que la
odio. Que cuando la veo aparecer en el escenario un persistente rencor
me hierve en el pecho, contra ella y contra mí mismo, por haberle
permitido seguir un camino tan equivocado. Es mi hija, claro, pero por
lo mismo no tenía derecho a hacerme eso.
Mañana aparecerá su nombre en los periódicos
y los aplausos se multiplicarán en letras de molde. Ella se llenará
de orgullo y me leerá en voz alta la opinión laudatoria
de los críticos. No obstante, a medida que vaya llegando a los
últimos, tal vez a aquellos en que el elogio es más admirativo
y exaltado, podré observar cómo sus ojos irán humedeciéndose,
y cómo su voz se apagará hasta convertirse en un débil
rumor, y cómo, finalmente, terminará llorando con un llanto
desconsolado e infinito. Y yo me sentiré, con todo mi poder, incapaz
de hacerla pensar que verdaderamente es una buena pianista y que Bach
y Mozart y Beethoven estarían complacidos de la habilidad con que
mantiene vivo su mensaje.
Ya se ha hecho ese repentino silencio que presagia su
salida. Pronto sus dedos largos y armoniosos se deslizarán sobre
el teclado, la sala se llenará de música, y yo estaré
sufriendo una vez más.
AUGUSTO
MONTERROSO
Lingüistas
Tras la cerrada ovación que puso término
a la sesión plenaria del Congreso Internacional de Lingüística
y Afines, la hermosa taquígrafa recogió sus lápices
y papeles y se dirigió hacia la salida abriéndose paso entre
un centenar de lingüistas, filólogos, semiólogos, críticos
estructuralistas y desconstruccionistas, todos los cuales siguieron su
garboso desplazamiento con una admiración rayana en la glosemática.
De pronto las diversas acuñaciones cerebrales
adquirieron vigencia fónica:
¡Qué sintagma!
¡Qué polisemia!
¡Qué significante!
¡Qué diacronía!
¡Qué exemplar ceterorum!
¡Qué Zungenspitze!
¡Qué morfema!
La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita
y adusta entre aquella selva de fonemas.
Sólo se la vio sonreír, halagada y tal vez
vulnerable, cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró
casi en su oído: ''Cosita linda".
Mario
Benedetti
LAS
HADAS
Érase
una viuda que tenía dos hijas; la mayor se le parecía tanto
en el carácter y en el físico, que quien veía a la
hija, le parecía ver a la madre. Ambas eran tan desagradables y
orgullosas que no se podía vivir con ellas. La menor, verdadero
retrato de su padre por su dulzura y suavidad, era además de una
extrema belleza. Como por naturaleza amamos a quien se nos parece, esta
madre tenía locura por su hija mayor y a la vez sentía una
aversión atroz por la menor. La hacía comer en la cocina
y trabajar sin cesar.
Entre otras
cosas, esta pobre niña tenía que ir dos veces al día
a buscar agua a una media legua de la casa, y volver con una enorme jarra
llena.
Un día
que estaba en la fuente, se le acercó una pobre mujer rogándole
que le diese de beber.
—Como
no, mi buena señora, dijo la hermosa niña.
Y enjuagando
de inmediato su jarra, sacó agua del mejor lugar de la fuente y
se la ofreció, sosteniendo siempre la jarra para que bebiera más
cómodamente. La buena mujer, después de beber, le dijo:
—Eres
tan bella, tan buena y, tan amable, que no puedo dejar de hacerte un don
(pues era un hada que había tomado la forma de una pobre aldeana
para ver hasta donde llegaría la gentileza de la joven). Te concedo
el don, prosiguió el hada, de que por cada palabra que pronuncies
saldrá de tu boca una flor o una piedra preciosa.
Cuando la
hermosa joven llegó a casa, su madre la reprendió por regresar
tan tarde de la fuente.
—Perdón,
madre mía, dijo la pobre muchacha, por haberme demorado; y al decir
estas palabras, le salieron de la boca dos rosas, dos perlas y dos grandes
diamantes.
—¡Qué
estoy viendo!, dijo su madre, llena de asombro; ¡parece que de la
boca le salen perlas y diamantes! ¿Cómo es eso, hija mía?
Era la primera
vez que le decía hija.
La pobre
niña le contó ingenuamente todo lo que le había pasado,
no sin botar una infinidad de diamantes.
—Verdaderamente,
dijo la madre, tengo que mandar a mi hija; mirad, Fanchon, mirad lo que
sale de la boca de vuestra hermana cuando habla; ¿no os gustaría
tener un don semejante? Bastará con que vayáis a buscar
agua a la fuente, y cuando una pobre mujer os pida de beber, ofrecerle
muy gentilmente.
—¡No
faltaba más! respondió groseramente la joven, ¡ir
a la fuente!
—Deseo
que vayáis, repuso la madre, ¡y de inmediato!
Ella fue,
pero siempre refunfuñando. Tomó el más hermoso jarro
de plata de la casa. No hizo más que llegar a la fuente y vio salir
del bosque a una dama magníficamente ataviada que vino a pedirle
de beber: era la misma hada que se había aparecido a su hermana,
pero que se presentaba bajo el aspecto y con las ropas de una princesa,
para ver hasta dónde llegaba la maldad de esta niña.
—¿Habré
venido acaso, le dijo esta grosera mal criada, para daros de beber? ¡justamente,
he traído un jarro de plata nada más que para dar de beber
a su señoría! De acuerdo, bebed directamente, si queréis.
—No
sois nada amable, repuso el hada, sin irritarse; ¡está bien!
ya que sois tan poco atenta, os otorgo el don de que a cada palabra que
pronunciéis, os salga de la boca una serpiente o un sapo.
La madre
no hizo más que divisarla y le gritó:
—¡Y
bien, hija mía!
—¡Y
bien, madre mía! respondió la malvada echando dos víboras
y dos sapos.
—¡Cielos!,
exclamó la madre, ¿qué estoy viendo? ¡Su hermana
tiene la culpa, me las pagará! y corrió a pegarle.
La pobre
niña arrancó y fue a refugiarse en el bosque cercano. El
hijo del rey, que regresaba de la caza, la encontró y viéndola
tan hermosa le preguntó qué hacía allí sola
y por qué lloraba.
—¡Ay!,
señor, es mi madre que me ha echado de la casa.
El hijo del
rey, que vio salir de su boca cinco o seis perlas y otros tantos diamantes,
le rogó que le dijera de dónde le venía aquello.
Ella le contó toda su aventura.
El hijo del
rey se enamoró de ella, y considerando que semejante don valía
más que todo lo que se pudiera ofrecer al otro en matrimonio, la
llevó con él al palacio de su padre, donde se casaron.
En cuanto
a la hermana, se fue haciendo tan odiable, que su propia madre la echó
de la casa; y la infeliz, después de haber ido de una parte a otra
sin que nadie quisiera recibirla, se fue a morir al fondo del bosque.
MORALEJA
Las riquezas, las joyas, los diamantes
son del ánimo influjos favorables,
Sin embargo los discursos agradables
son más fuertes aun, más gravitantes.
OTRA MORALEJA
La honradez cuesta cuidados,
exige esfuerzo y mucho afán
que en el momento menos pensado
su recompensa recibirán.
Charles
Perrault
La
vida
La vida canta en nuestros silencios
y sueña en nuestro sopor. Aún cuando estamos vencidos y
tristes, la Vida está entronizada en lo alto. Y cuando lloramos,
la Vida sonríe a la luz del día, y es libre aún cuando
arrastramos nuestras cadenas. Muchas veces la nombramos con nombres amargos,
pero sólo cuando nos sentimos amargos y oscuros.
Y la juzgamos inútil y vacía, pero sólo cuando el
alma vaga por lugares desolados y el corazón esta ebrio de excesiva
preocupación por sí mismo.
La Vida es profunda y alta y distante; y aunque vuestra vasta visión
apenas alcance a sus pies, ella está cerca; y aunque sólo
el aliento de vuestro aliento llegue a su corazón, la sombra de
vuestra sombra cruza su rostro y el eco del más débil de
vuestros gritos se convierte en su pecho en otoño y primavera.
Y la vida está velada y oculta, así como está oculto
y velado vuestro ser más íntimo. Pero cuando la Vida habla,
todos los vientos se vuelven palabras; y cuando vuelve a hablar, las sonrisas
en nuestros labios y las lágrimas en nuestros ojos se hacen palabras
también. Cuando ella canta, los sordos oyen y quedan cautivados;
y cuando viene andando, los ciegos la ven y se quedan pasmados, y la siguen
maravillados y atónitos.
Khalil
Gibran
Un
mensaje imperial
"El Emperador, tal va una parábola, os ha
mandado, humilde sujeto, quien sois la insignificante sombra arrinconándose
en la más recóndita distancia del sol imperial, un mensaje;
el Emperador desde su lecho de muerte os ha mandado un mensaje para vos
únicamente. Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a la
cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje,
que ha ordenado al mensajero se lo repita en el oído. Luego, con
un movimiento de cabeza, ha confirmado estar correcto. Sí, ante
los congregados espectadores de su muerte -toda pared obstructora ha sido
tumbada, y en las espaciosas y colosalmente altas escaleras están
en un círculo los grandes príncipes del Imperio- ante todos
ellos, él ha mandado su mensaje. El mensajero inmediatamente embarca
su viaje; un poderoso, infatigable hombre; ahora empujando con su brazo
diestro, ahora con el siniestro, taja un camino a través de la
multitud; si encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo
del sol repica de luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino
así se le facilita. Mas las multitudes son tan vastas; sus números
no tienen fin. Si tan sólo pudiera alcanzar los amplios campos,
cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda
alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños
en tu puerta. Pero, en vez, cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún
todavía traza su camino tras las cámaras del profundo interior
del palacio; nunca llegará al final de ellas; y si lo lograra,
nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar
durante su camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada
se lograría en ello; todavía tiene que cruzar las cortes;
y tras las cortes, el segundo palacio externo; y una vez más, más
escaleras y cortes; y de nuevo otro palacio; y así por miles de
años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera, tras la última
puerta del último palacio -pero nunca, nunca podría llegar
eso a suceder-, la capital imperial, centro del mundo, caería ante
él, apretada a explotar con sus propios sedimientos. Nadie podría
luchar y salir de ahí, ni siquiera con el mensaje de un hombre
muerto. Mas os sentáis tras la ventana, al caer la noche, y os
lo imagináis, en sueños.
Franz
Kafka
A
la una de la mañana
Poema en Prosa
¡Solo
por fin! Ya no se oye más que el rodar de algunos coches rezagados
y derrengados. Por unas horas hemos de poseer el silencio, si no el reposo.
¡Por fin desapareció la tiranía del rostro humano,
y ya sólo por mí sufriré!
¡Por
fin! Ya se me consiente descansar en un baño de tinieblas. Lo primero,
doble vuelta al cerrojo. Me parece que esta vuelta de llave ha de aumentar
mi soledad y fortalecer las barricadas que me separan actualmente
del mundo.
¡Vida
horrible! ¡Ciudad horrible!
Recapitulemos
el día: ver a varios hombres de letras, uno de los cuales me preguntó
si se puede ir a Rusia por vía de tierra -sin duda tomaba por isla
a Rusia-; disputar generosamente con el director de una revista, que,
a cada objeción, contestaba:
«Este
es el partido de los hombres honrados»;
lo cual implica
que los demás periódicos están redactados por bribones;
saludar a unas veinte personas, quince de ellas desconocidas; repartir
apretones de manos, en igual proporción, sin haber tomado la precaución
de comprar unos guantes; subir, para matar el tiempo, durante un chaparrón,
a casa de cierta corsetera, que me rogó que le dibujara un traje
de Venustre; hacer la rosca al director de un teatro, para que, al despedirme,
me diga:
«Quizá
lo acierte dirigiéndose a Z...;
es, de todos
mis autores, el más pesado, el más tonto y el más
célebre; con él podría usted conseguir algo.
Háblele,
y allá veremos»; alabarme -¿por qué?- de varias
acciones feas
que jamás cometí y negar cobardemente algunas otras fechorías
que llevó
a cabo con gozo, delito de fanfarronería, crimen de respetos humanos;
negar a un amigo cierto favor fácil y dar una recomendación
por escrito
a un tunante cabal. ¡Uf! ¿Se acabó?
Descontento
de todos, descontento de mí, quisiera rescatarme y cobrar un poco
de orgullo en el silencio y en la soledad de la noche.
Almas de
los que amé, almas de los que canté, fortalecedme, sostenedme,
alejad de mí la mentira y los vahos corruptores del mundo; y vos,
Señor,
Dios mío,
concededme la gracia de producir algunos versos buenos,
que a mí mismo me prueben que no soy el último de los hombres,
que no soy inferior a los que desprecio.
Charles
Baudelaire
El
otro yo
Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones
se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido
cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba
en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa:
tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se
enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba
en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía
sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo
era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan
vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se
quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies
y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho
se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo.
En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después
se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada,
pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para
el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría
ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando
salió a la calle con el propósito de lucir su nueva y completa
vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno
de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas.
Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no
notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a
escuchar que comentaban: «Pobre Armando. Y pensar que parecía
tan fuerte y saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír
y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo
que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica
melancolía, porque toda la melancolía se la había
llevado el Otro Yo.
Mario Benedetti
La
espera
El coche
lo dejó en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No habían
dado las nueve de la mañana; el hombre notó con aprobación
los manchados plátanos, el cuadrado de tierra al pie de cada uno,
las decentes casas de balconcito, la farmacia contigua, los desvaídos
rombos de la pinturería y ferretería. Un largo y ciego paredón
de hospital cerraba la acera de enfrente; el sol reverberaba, más
lejos, en unos invemáculos. E1 hombre pensó que esas cosas
(ahora arbitrarias y casuales y en cualquier orden, como las que se ven
en los sueños) serían con el tiempo, si Dios quisiera, invariables,
necesarias y familiares. En la vidriera de la farmacia se leía
en letras de loza: Breslauer, los judíos estaban desplazando a
los italianos, que habían desplazado a los criollos. Mejor así;
el hombre prefería no alternar con gente de su sangre.
El cochero le ayudó a bajar el baúl; una mujer de aire distraído
o cansado abrió por fin la puerta. Desde el pescante el cochero
le devolvió una de las monedas, un vintén oriental que estaba
en su bolsillo desde esa noche en el hotel de Melo. E1 hombre le entregó
cuarenta centavos, y en el acto sintió: "Tengo la obligación
de obrar de manera que todos se olviden de mí. He cometido dos
errores: he dado una moneda de otro país y he dejado ver que me
importa esa equivocación".
Precedido por la mujer, atravesó el zaguán y el primer patio.
La pieza que le habían reservado daba, felizmente, al segundo.
La cama era de hierro, que el artífice había deformado en
curvas fantásticas, figurando ramas y pámpanos; había,
asimismo, un alto ropero de pino, una mesa de luz, un estante con libros
a ras del suelo, dos sillas desparejas y un lavatorio con su palangana,
su jarra, su jabonera y un botellón de vidrio turbio. Un mapa de
la provincia de Buenos Aires y un crucifijo adornaban las paredes; el
papel era carmesí, con grandes pavos reales repetidos, de cola
desplegada. La única puerta daba al patio. Fue necesario variar
la colocación de las sillas para dar cabida al baúl. Todo
lo aprobó el inquilino; cuando la mujer le preguntó cómo
se llamaba, dijo Villari, no como un desafío secreto, no para mitigar
una humillación que, en verdad, no sentía, sino porque ese
nombre lo trabajaba, porque le fue imposible pensar en otro. No lo sedujo,
ciertamente, el error literario de imaginar que asumir el nombre del enemigo
podía ser una astucia. El señor Villari, al principio, no
dejaba la casa; cumplidas unas cuantas semanas, dio en salir, un rato,
al oscurecer. Alguna noche entró en el cinematógrafo que
había a las tres cuadras. No pasó nunca de la última
fila; siempre se levantaba un poco antes del fin de la función.
Vio trágicas historias del hampa; éstas, sin duda, incluían
errores, éstas, sin duda, incluían imágenes que también
lo eran de su vida anterior; Villari no las advirtió porque la
idea de una coincidencia entre el arte y la realidad era ajena a él.
Dócilmente trataba de que le gustaran las cosas; quería
adelantarse a la intención con que se las mostraban. A diferencia
de quienes han leído novelas, no se veía nunca a sí
mismo como un personaje del arte.
No le llegó jamás una carta, ni siquiera una circular, pero
leía con borrosa esperanza una de las secciones del diario. De
tarde, arrimaba a la puerta una de las sillas y mateaba con seriedad,
puestos los ojos en la enredadera del muro de la inmediata casa de altos.
Años de soledad le habían enseñado que los días,
en la memoria, tienden a ser iguales, pero que no hay un día, ni
siquiera de cárcel o de hospital, que no traiga sorpresas, que
no sea al trasluz una red de mínimas sorpresas. En otras reclusiones
había cedido a la tentación de contar los días y
las horas, pero esta reclusión era distinta, porque no tenía
término, salvo que el diario, una mañana, trajera la noticia
de la muerte de Alejandro Villari. También era posible que Villari
ya hubiera muerto y entonces esta vida era un sueño. Esa posibilidad
lo inquietaba, porque no acabó de entender si se parecía
al alivio o a la desdicha; se dijo que era absurda y la rechazó.
En días lejanos, menos lejanos por el curso del tiempo que por
dos o tres hechos irrevocables, había deseado muchas cosas, con
amor sin escrúpulo; esa voluntad poderosa, que había movido
el odio de los hombres y el amor de alguna mujer; ya no quería
cosas particulares: sólo quería perdurar, no concluir. El
sabor de la yerba, el sabor del tabaco negro, el creciente filo de sombra
que iba ganando el patio, eran suficientes estímulos.
Había en la casa un perro lobo, ya viejo. Villari se amistó
con él. Le hablaba en español, en italiano y en las pocas
palabras que le quedaban del rústico dialecto de su niñez.
Villari trataba de vivir en el mero presente, sin recuerdos ni previsiones;
los primeros le importaban menos que las últimas. Oscuramente creyó
intuir que el pasado es la sustancia de que el tiempo está hecho;
por ello es que éste se vuelve pasado en seguida. Su fatiga, algún
día, se pareció a la felicidad; en momentos así,
no era mucho más complejo que el perro.
Una noche lo dejó asombrado y temblando una íntima descarga
de dolor en el fondo de la boca. Ese horrible milagro recurrió
a los pocos minutos y otra vez hacia el alba. Villari, al día siguiente,
mandó buscar un coche que lo dejó en un consultorio dental
del barrio del Once. Ahí le arrancaron la muela. En ese trance
no estuvo más cobarde ni más tranquilo que otras personas.
Otra noche, al volver del cinematógrafo, sintió que lo empujaban.
Con ira, con indignación, con secreto alivio, se encaró
con el insolente. Le escupió una injuria soez; el otro, atónito,
balbuceó una disculpa. Era un hombre alto, joven, de pelo oscuro,
y lo acompañaba una mujer de tipo alemán; Villari, esa noche,
se repitió que no los conocía. Sin embargo, cuatro o cinco
días pasaron antes que saliera a la calle.
Entre los libros del estante había una Divina Comedia, con el viejo
comentario de Andreoli. Menos urgido por la curiosidad que por un sentimiento
de deber, Villari acometió la lectura de esa obra capital; antes
de comer, leía un canto, y luego, en orden riguroso, las notas.
No juzgó inverosímiles o excesivas las penas infernales
y no pensó que Dante lo hubiera condenado al último círculo
donde los dientes de Ugolino roen sin fin la nuca de Ruggieri.
Los pavos reales del papel carmesí parecían destinados a
alimentar pesadillas tenaces, pero el señor Villari no soñó
nunca con una glorieta monstruosa hecha de inextricable: pájaros
vivos. En los amaneceres soñaba un sueño de fondo igual
y de circunstancias variables. Dos hombres y Villari entraban con revólveres
en la pieza y lo agredían al salir del cinematógrafo o eran,
los tres a un tiempo, el desconocido que lo había empujado, o lo
esperaban tristemente en el patio y parecían no conocerlo. Al fin
del sueño, él sacaba el revólver del cajón
de la inmediata mesa de luz (y es verdad que en ese cajón guardaba
un revólver) y lo descargaba contra los hombres. El estruendo del
arma lo despertaba, pero siempre era un sueño y en otro sueño
tenía que volver a matarlos.
Una turbia mañana del mes de julio, la presencia de gente desconocida
(no el ruido de la puerta cuando la abrieron) lo despertó. Altos
en la penumbra del cuarto, curiosamente simplificados por la penumbra
(siempre en los sueños de temor habían sido más claros),
vigilantes, inmóviles y pacientes, bajos los ojos como si el peso
de las armas los encorvara Alejandro Villari y un desconocido lo habían
alcanzado, por fin. Con una seña les pidió que esperaran
y se dio vuelta contra la pared, como si retomara el sueño. ¿Lo
hizo para despertar la misericordia de quienes lo mataron, o porque es
menos duro sobrellevar un acontecimiento espantoso que imaginarlo aguardarlo
sin fin, o -y esto es quizá lo más verosímil- para
que los asesinos fueran un sueño, como ya lo habían sido
tantas veces, en el mismo lugar, a la misma hora?
En esa magia estaba cuando lo borró la descarga.
Jorge Luis Borges
Confesiones de una mujer
Amigo mío, me ha pedido usted que le cuente los recuerdos más
vivos de mi existencia. Soy muy vieja, sin parientes, sin hijos; puedo,
pues, libremente confesarme con usted. Prométame sólo que
jamás desvelará mi nombre.
He sido muy amada, usted lo sabe; y a menudo amé
yo también. Era muy hermosa; puedo decirlo hoy, cuando ya nada
queda. El amor era para mí la vida del alma, como el aire es la
vida del cuerpo. Hubiera preferido morir a existir sin ternura, sin un
pensamiento siempre clavado en mí. Las mujeres pretenden con frecuencia
no amar sino una sola vez con todo el poder de su corazón; con
frecuencia me ocurrió que amaba tan violentamente que me parecía
imposible que aquellos transportes finalizasen. Y sin embargo se extinguían
siempre de una forma natural, como un fuego falto de leña.
Le contaré hoy la primera de mis aventuras, en
la que yo fui muy inocente, aunque determinó las otras.
La horrible venganza de ese espantoso farmacéutico
de Le Pecq me ha recordado el terrible drama al cual asistí muy
a mi pesar.
Estaba casada desde hacía un año, con un
hombre rico, el conde Hervé de Ker..., un bretón de vieja
cepa al cual, por supuesto, no amaba. El amor, el verdadero, necesita,
o por lo menos así lo creo, libertad y obstáculos al mismo
tiempo. El amor impuesto, sancionado por la ley, bendecido por el sacerdote,
¿es amor? Un beso legal nunca vale lo que un beso robado.
Mi marido era de elevada estatura, elegante y todo un
gran señor de aspecto. Pero carecía de inteligencia. Hablaba
de un modo terminante, emitía opiniones cortantes como cuchillos.
Se le notaba una mente llena de ideas preconcebidas, infundidas en él
por sus padres que a su vez las habían recibido de sus antepasados.
No vacilaba jamás, daba sobre todo una opinión inmediata
y limitada, sin el menor embarazo y sin comprender que pudieran existir
otros modos de ver. Se notaba que aquella cabeza estaba cerrada, que por
ella no circulaban ideas, esas ideas que renuevan y sanean un espíritu
como el viento que atraviesa una casa cuyas puertas y ventanas se abren.
El castillo donde vivíamos se encontraba en plena
región desierta. Era un gran edificio triste, enmarcado por árboles
enormes cuyo musgo hacía pensar en las blancas barbas de los ancianos.
El parque, un verdadero bosque, estaba rodeado por un profundo foso de
esos que llaman salto de lobo; y al final, del lado del páramo,
teníamos dos grandes estanques llenos de cañas y de hierbas
flotantes. Entre los dos, a orillas de un arroyo que los unía,
mi marido había mandado construir una pequeña choza para
tirar sobre los patos salvajes.
Teníamos, amén de nuestros criados normales,
un guarda, una especie de bruto adicto a mi marido hasta la muerte, y
una doncella, casi una amiga, locamente ligada a mí. Yo la había
traído de España cinco años antes. Era una niña
abandonada. Se la hubiera tomado por una gitana a causa de su tez morena,
de sus ojos oscuros, de sus cabellos profundos como un bosque y siempre
encrespados en torno a la frente. Contaba entonces dieciséis años,
pero aparentaba veinte.
Comenzaba el otoño. Cazábamos mucho, unas
veces en las propiedades de los vecinos, otras en la nuestra; y yo me
fijé en un joven, el barón de C..., cuyas visitas al castillo
se volvían singularmente frecuentes. Después dejó
de venir, y no pensé más en él; pero me di cuenta
de que mi marido cambiaba de actitud conmigo.
Parecía taciturno, preocupado, ya no me abrazaba;
y aunque casi no entraba en mi dormitorio, que yo había exigido
separado del suyo con el fin de vivir un poco sola, a menudo oía,
de noche, unos pasos furtivos que llegaban hasta mi puerta y se alejaban
tras unos minutos.
Como mi ventana estaba en la planta baja, a menudo creí
también oír merodeos en la sombra, en torno al castillo.
Se lo dije a mi marido, que me miró fijamente durante unos segundos
y después respondió:
-No es nada, es el guarda.
Ahora bien, una noche, cuando acabábamos de cenar,
Hervé, que parecía muy alegre, contra su costumbre, con
una alegría socarrona, me preguntó:
-¿Le gustaría a usted pasar tres horas al
acecho para matar un zorro que viene por las noches a comerse mis gallinas?
Me quedé sorprendida; vacilaba; pero como él
me examinaba con singular obstinación, acabé respondiendo:
-Claro que sí, amigo mío.
Tengo que decirle que yo cazaba como un hombre lobos y
jabalíes. Conque era muy natural que me propusiera aquel acecho.
Pero mi marido de repente adoptó un aire extrañamente
nervioso; y durante toda la velada estuvo agitado, levantándose
y volviéndose a sentar febrilmente.
Hacía las diez me dijo de pronto:
-¿Está usted preparada?
Me levanté. Y cuando él me trajo mi escopeta,
pregunté:
-¿Hay que cargar con bala o con posta?
Pareció sorprendido, y después prosiguió:
-¡Oh!, sólo con posta, bastará, puede
estar segura.
Después, tras unos segundos, agregó con
singular tono:
-¡Puede usted alabarse de su sangre fría!
Me eché a reír:
-¿Yo? ¿Por qué? ¡Sangre fría
para ir a matar un zorro! Pero, ¡qué ideas tiene usted, amigo
mío!
Y henos aquí en marcha, sin hacer ruido, a través
del parque. Toda la casa dormía. La luna llena parecía teñir
de amarillo el viejo edificio oscuro cuyo tejado de pizarra relucía.
Las dos torrecillas que lo flanqueaban ostentaban en su cima dos placas
de luz, y ningún ruido turbaba el silencio de aquella noche clara
y triste, dulce y pesada, que parecía muerta. Ni el menor soplo
de aire, ni un grito de un sapo, ni un gemido de lechuza; un lúgubre
entorpecimiento se había abatido sobre todo.
Cuando estuvimos bajo los árboles del parque me
asaltó su frescura, y un olor a hojas caídas. Mi marido
no decía nada, pero escuchaba, espiaba, parecía olfatear
en las sombras, poseído de pies a cabeza por la pasión de
la caza.
Pronto llegamos al borde de los estanques.
Su cabellera de juncos permanecía inmóvil,
ningún soplo la acariciaba; pero por el agua corrían movimientos
apenas sensibles. A veces un punto se agitaba en la superficie, y de allí
partían leves círculos, semejantes a arrugas luminosas,
que se agrandaban sin fin.
Cuando llegamos a la choza donde debíamos emboscarnos,
mi marido me dejó pasar delante, después armó lentamente
su escopeta y el chasquido seco de las piezas me produjo un extraño
efecto. Me sintió temblar y me preguntó:
-¿Es, acaso, que ya le basta a usted con esta prueba?
Pues márchese.
Respondí, muy sorprendida:
-Nada de eso, no he venido para regresar. ¿Está
usted de broma esta noche?
Murmuró:
-Como usted quiera.
Y permanecimos inmóviles.
Al cabo de una media hora, como nada turbaba la pesada
y clara tranquilidad de aquella noche de otoño, dije, en voz baja:
-¿Está usted seguro de que pasa por aquí?
Hervé tuvo una sacudida, como si lo hubiera mordido,
y, con la boca pegada a mi oído:
-Estoy seguro, escuche.
Y volvió a reinar el silencio.
Creo que empezaba a amodorrarse cuando mi marido me apretó
el brazo; y su voz silbante, cambiada, pronunció:
-¿No le ve usted, allá abajo, entre los
árboles?
Por mucho que miraba, yo no distinguía nada. Y
lentamente Hervé apuntó, mientras me miraba fijamente a
los ojos. Yo misma estaba preparada para disparar, cuando de pronto, a
treinta pasos de nosotros, apareció a plena luz un hombre que avanzaba
a pasos rápidos, con el cuerpo inclinado, como si viniera huyendo.
Me quedé tan estupefacta que lancé un violento
grito; pero antes de que pudiera volverme, ante mis ojos pasó una
llama, una detonación me aturdió, y vi al hombre rodar por
el suelo como un lobo que recibe una bala.
Lancé agudos clamores, espantada, asaltada por
la locura; y entonces una mano furiosa, la de Hervé, me asió
por la garganta. Fui derribada, y después alzada en sus robustos
brazos. Corrió, llevándome en vilo, hacia el cuerpo tendido
sobre la hierba, y me arrojó sobre él, violentamente, como
si hubiera querido romperme la cabeza.
Me sentí perdida; iba a matarme; y ya alzaba sobre
mi frente su tacón, cuando a su vez fue sujetado y derribado, sin
que yo hubiese entendido aún lo que estaba ocurriendo.
Me alcé bruscamente y vi, de rodillas sobre él,
a Paquita, mi criada, que, aferrada a él como un gato furioso,
crispada, enloquecida, le arrancaba la barba, el bigote y la piel del
rostro.
Después, como asaltada bruscamente por otra idea,
se levantó y, arrojándose sobre el cadáver, lo estrechó
entre sus brazos, besándolo en los ojos, en la boca, abriendo con
sus labios los labios muertos, buscando en ellos un hálito, y la
profunda caricia de los amantes.
Mi marido, en pie, la miraba. Comprendió y, cayendo
a mis pies:
-¡Oh! perdón, querida mía; sospeché
de ti y he matado al amante de esta muchacha; mi guarda me ha engañado.
Yo, por mi parte, miraba los extraños besos de
aquel muerto y aquella viviente; y los sollozos de ella, y sus sobresaltos
de amor desesperado.
Y en ese momento comprendí que le sería
infiel a mi marido.
Guy
de Maupassant
Un
cuento memorable
-Esa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía
se asemeja a Mme. Lamort -dijo.
-No es posible,
pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro
del tranvía en nada se asemeja a Mme. Lamort. Todo lo contrario:
es Mme. Lamort quien se asemeja a esa de negro. Resumiendo: no solo no
hay tranvías en París sino que nunca en mi vida he visto
a Mme. Lamort, ni siquiera en retrato.
-Usted coincide
conmigo -dijo-, porque tampoco yo conozco a Mme. Lamort.
-Quién
es usted? Deberíamos presentarnos.
-Mme. Lamort
-dijo-. ¨Y usted?
-Mme. Lamort.
-Su nombre
no deja de recordarme algo -dijo.
-Trate de
recordar antes de que llegue el tranvía.
-Pero si
acaba de decir que no hay tranvías en París -dijo.
-No los había
cuando lo dije, pero nunca se sabe que va a pasar.
-Entonces
esperémoslo puesto que lo estamos esperando.
Alejandra Pizarnik
Nota
para un cuento fantástico
En Wisconsin
o en Texas o en Alabama los chicos juegan a la guerra y los dos bandos
son el Norte y el Sur. Yo sé (todos lo sabemos) que la derrota
tiene una dignidad que la ruidosa victoria no merece, pero también
sé imaginar que ese juego, que abarca más de un siglo y
un continente, descubrirá algún día el arte divino
de destejer el tiempo o, como dijo Poetr Damiano, de modificar el pasado.
Si ello acontece,
si en el decurso de los largos juegos el Sur humilla al Norte, el hoy
gravitará sobre el ayer y los hombres de Lee serán vencedores
en Gettysburg en los primeros días de julio de 1863 y la mano de
Donne podrá dar fin a su poema sobre las transmigraciones de un
alma y el viejo hidalgo Alonso Quijano conocerá el amor de Dulcinea
y los ocho mil sajones de Hastings derrotarán a los normandos,
como antes derrotaron a los noruegos, y Pitágoras no reconocerá
en un pórtico de Argos el escudo que usó cuando era Euforbo.
Jorge Luis Borges
El
paseo repentino
Cuando por
la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa;
se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa
iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego
de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el
tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando
uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría
el asombro de todos; cuando ya la escalera está oscura y la puerta
de calle trancada; y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa
de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece en seguida
vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace
después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber
dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con
que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra,
dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta
libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta
sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad
determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que
la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar
y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo,
y cuando uno va así corriendo por las largas calles, entonces uno,
por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo
hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de
tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue
en su verdadera estatura.
Todo esto
se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche
uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.
Franz
Kafka
La
lluvia y los hongos
¿Sinceridad?
Cuidado con la palabrita. Por lo pronto, querida, no era éste nuestro
convenio de hace cuatro horas. ¿Recordás lo que dijimos?
No existe el pasado. Claro que es difícil abolirlo. Pero reconocé
que hubiera sido lindo quedarnos con nuestra imagen de hoy, vos y yo en
aquel zaguán oscuro, provisoriamente resguardados del aguacero,
vos y yo mirándonos, vos y yo sintiendo que de pronto circulaba
entre ambos la corriente milagrosa, vos y yo inscribiéndonos tácitamente
en el compromiso de venir aquí, o a cualquier habitación
tan sórdida como ésta, para repetir, como siempre con fundadas
esperanzas, la búsqueda del amor.
Después
de todo, ¿qué crees que es la sinceridad? ¿Que yo
te diga lo que te gusta y vos me digas lo que me revienta? Cuidado con
la palabrita. La sinceridad (cuando es sincera, porque también
hay una sinceridad falluta) siempre nos llevará a odiamos un poco.
Ahora me da lástima verte así, tan indefensa, tan iluminada.
¿Querés apagar la luz? Conviene que te cubras, por lo menos.
Además, ya no llueve. A lo mejor, tenés razón. Terminada
la lluvia, el pasado vuelve a nacer, como los hongos. ¿Querés
que empiece por la infancia con padres, con libros y sin ternura? No,
esa parte es más bien tediosa. ¿O querés que empiece
por la zona de amistad? Ya sé, estarás pensando: cuántas
ventajas para el hombre, Dios mío (porque vos decís a menudo
diosmío), no cultivan la virginidad ni tienen los pies fríos
ni soportan la menstruación, y, como si eso fuera poco, poseen
la necesaria ingenuidad para creerse amigos, nosotras en cambio sabemos
a qué atenemos: nos encontramos, nos reímos con cierto escándalo,
nos besamos simbólicamente con los labios en el aire, decimos pestes
de las cuñadas, de las primas, de las presuntas amigas ausentes,
comparamos detalles de nuestros novios, amantes o maridos, intercambiamos
falsas confidencias y besamos otra vez el aire antes de separamos con
la misma sorna, con la misma envidia contenida. Sí, estarás
pensando eso, y quizá tengas un poco de razón. Pero la verdad
es que a mí no me ha hecho feliz la amistad. Simplemente compruebo.
Tuve exactamente tres amigos. Ya ves que no es tan fácil. Sólo
tres. El primero se quedó con un sobre que contenía mi sueldo
y nunca más supe de él. Con el segundo me tomé a
golpes, y las cicatrices respectivas (ésta del pómulo, otra
en su hombro derecho) nos impiden olvidarlo todo. En cuanto al tercero,
me quitó una novia. No, esa vez yo no estaba realmente enamorado.
Lo importante vino después. Fue la única ocasión
en que me sentí vivir en pleno, como un animal nuevo y despierto,
ágil, sensible, aunque horriblemente preocupado. Estaba, cómo
explicarte, deslumbrado ante esos inesperados matices de posesión
y de ternura que descubría en los menos comunicables de mis pensamientos.
Pasaba como un fantasma por mi empleo, por la calle, por mi casa. Estaba
enamorado como puede estarlo un chico de su maestra, o de la amiga de
su hermana mayor. ¿Cómo era ella? Bah, era inculta, primaria,
pero tenía una sabiduría instintiva que la hacía
intocable, una sensibilidad que convertía en perfecto. todo cuanto
hacía. Hablaba sin gran elocuencia, un poco a balbuceos, pero poseía
la elocuencia más dificil: la de las actitudes. Frente al problema
más intrincado, su actitud era siempre irreprochable. Tenía
un increíble olfato de lo que estaba bien. Un desequilibrio que
a la postre me resultó intolerable. Ella me quería, estoy
seguro, pero había una suerte de juego mezclado a su amor. Yo tenía
una horrible conciencia de no ser tomado en serio. Pero mi amor, llamémosle
así, tampoco era limpio.
Estaba, cómo te diré, contaminado de respeto. Y así
no se puede, claro. Quizá ella tenía la horrible sensación
de ser tomada en serio. Nunca se sabe. De todos modos, era un desequilibrio.
Un día no pude más y la golpeé. Tuve que hacerlo.
La golpeé, la humillé, la obligué a cometer acciones
que eran denigrantes en nuestra relación. Tenía que verla
alguna vez en una postura horrible, en una actitud absurda, reprochable.
Ya sé que es dificil de comprender, no precisa que me mires así.
No lo conseguí, claro. Porque ella pudo resistir. ¿No te
digo que la obligué? En ese momento pensé que lo había
conseguido. Estaba allí, asombrada y despreciable, y yo podía
mirarla sin respeto, como si hubiera verdaderamente prostituido su pasado.
Pero al día siguiente ella adoptó de nuevo la única
actitud irreprochable, la única que podía purificar la inmundicia
de la víspera. ¿Todavía no comprendes? Abrió
el gas. La maté, claro. ¿Querías decir eso? Fui el
culpable, el único, ¿te das cuenta? Y ahora, por favor,
hablemos de otra cosa. De tus amores, por ejemplo.
Mario Benedetti
La
salvación
Ésta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos.
El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más
allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo
de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó
su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras
abundaba en explicaciones técnica y disfrutaba de la embriaguez
del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector
una sombra amenazadora. Comprendió la causa. "¿Cómo
un ser tan ínfimo" - sin duda estaba pensando el tirano -
"es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?".
Entonces
un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado
por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría.
"Por humildes que sean" - dijo indicando el pájaro -
"hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros".
Adolfo
Bioy Casares
Remedios
la bella
Uno de los
personajes más fascinantes de Macondo. Remedios es una mujer bellísima
y extraña, elemental y pura, que vive como ajena a la vida ordinaria.
Su belleza enciende el deseo de los hombres, pero aquellos que intentan
consumarlo mueren de forma inesperada. Veamos el poético final
de la historia de tan insólita mujer.
La suposición
de que Remedios, la bella, poseía poderes de muerte, estaba entonces
sustentada por cuatro hechos irrebatibles. Aunque algunos hombres ligeros
de palabra se complacían en decir que bien valía sacrificar
la vida por una noche de amor con tan conturbadora mujer, la verdad fue
que ninguno hizo esfuerzos por conseguirlo. Tal vez, no sólo para
rendirla sino también para conjurar sus peligros, habría
bastado con un sentimiento tan primitivo, y simple como el amor, pero
eso fue lo único que no se le ocurrió a nadie.
Úrsula no volvió a ocuparse de ella. En otra época,
cuando todavía no renunciaba al propósito de salvarla para
el mundo, procuró que se interesara por los asuntos elementales
de la casa. "Los hombres piden más de lo que tú crees",
le decía enigmáticamente. "Hay mucho que cocinar, mucho
que barrer, mucho que sufrir por pequeñeces, además de lo
que crees." En el fondo se engañaba a sí misma tratando
de adiestrarla para la felicidad doméstica,, porque estaba convencida
de que, una vez satisfecha la pasión, no había un hombre
sobre la tierra capaz de soportar así fuera por un día una
negligencia que estaba más allá de toda comprensión.
El nacimiento del último José Arcadio, y su inquebrantable
voluntad de educarlo para Papa, terminaron por hacerla desistir de sus
preocupaciones por la bisnieta. La abandonó a su suerte, confiando
que tarde o temprano ocurriera un milagro, y que en este mundo donde había
de todo hubiera también un hombre con suficiente cachaza para cargar
con ella. Ya desde mucho antes, Amaranta había renunciado a toda
tentativa de convertirla en una mujer útil. Desde las tardes olvidadas
del costurero, cuando la sobrina apenas se interesaba por darle vuelta
a la manivela de la máquina de coser, llegó a la conclusión
simple de que era boba. "Vamos a tener que rifarte", le decía,
perpleja ante su impermeabilidad a la palabra de los hombres.
Más tarde, cuando Úrsula se empeñó en que
Remedios, la bella, asistiera a misa con la cara cubierta con una mantilla,
Amaranta pensó que aquel recurso misterioso resultaría tan
provocador, que muy pronto habría un hombre lo bastante intrigado
como para buscar con paciencia el punto débil de su corazón.
Pero cuando vio la forma insensata en que despreció a un pretendiente
que por muchos motivos era más apetecible que un príncipe,
renunció a toda esperanza. Fernanda no hizo siquiera la tentativa
de comprenderla. Cuando vio a Remedios, la bella, vestida de reina en
el carnaval sangriento, pensó que era una criatura extraordinaria.
Pero cuando la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una respuesta
que no fuera un prodigio de simplicidad, lo único que lamentó
fue que los bobos de familia tuvieran una vida tan larga.
A pesar de que el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo
y repitiendo que Remedios, la bella, era en realidad el ser más
lúcido que había conocido jamás, y que lo demostraba
a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron
a la buena de Dios. Remedios, la bella, se quedó vagando por el
desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus
sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus
comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos,
hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín
sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de
la casa. Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió
que Remedios, la bella, estaba transparentada por una palidez intensa.
-¿Te
sientes mal? -le preguntó.
Remedios,
la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo,
hizo una sonrisa de lástima.
-Al contrario
-dijo-, nunca me he sentido mejor.
Acabó
de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz
le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó
en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los
encajes de sus pollerones y trató de agarrarse de la sábana
para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse.
Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para
identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las
sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le
decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de
las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella
el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través
del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella
para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los
más altos pájaros de la memoria.
Gabriel
García Márquez
Destino
de las explicaciones
En algún lugar debe haber un basural donde están amontonadas
las explicaciones. Una sola cosa inquieta en este justo panorama: lo que
pueda ocurrir el día en que alguien consiga explicar también
el basural.
Julio
Cortázar
Un
golpe a la puerta del cortijo
Fué un caluroso día de verano. Mi hermana y yo pasábamos
frente a la puerta de un cortijo que estaba en el camino de regreso a
casa. No sé si golpeó esa puerta por travesura o distracción.
no sé si tan solo amenazó con el puño sin llegar
a tocarla siquiera. Cien metros mas adelante, junto al camino real que
giraba a la izquierda, empezaba el pueblo. No lo conocíamos, pero
al cruzar frente a la casa que estaba inmediatamente después de
la primera, salieron de ahí unos hombres haciéndonos unas
señas amables o de advertencia; estaban asustados, encogidos de
miedo. Señalaban hacia el cortijo y nos hacían recordar
el golpe contra la puerta. Los dueños nos denunciarían e
inmediatamente comenzaría el sumario. Yo permanecía calmo,
tranquilizaba a mi hermana. Posiblemente ni siquiera había tocado,
y si en realidad lo había hecho, nadie podría acusarla por
eso. Intenté hacer entender esto a las personas que nos rodeaban;
me escuchaban pero absteniéndose de emitir juicio alguno. Después
dijeron que no sólo mi hermana sino también yo sería
acusado.
Yo asentía sonriente con la cabeza. Todos volvíamos nuestra
vista atrás, hacia el cortijo., tan atentamente como si se tratara
de una lejana cortina de humo tras la cual fuera a aparecer un incendio.
Lo que pronto vimos, en realidad fue a unos jinetes que entraron por el
portón del cortijo. Una polvareda al levantarse, lo cubrió
todo; solo brillaban las puntas de las enormes lanzas. Apenas la tropa
había desaparecido en el patio, cuando debió, al parecer,
hacer dar vuelta a sus corceles, pues volvió a salir en dirección
nuestra. Aparté a mi hermana de un empellón, yo me encargaría
de poner todo en orden.
Ella no quiso dejarme solo. Le expliqué que para que se viera mejor
vestida ante los señores debía, al menos, cambiarse de ropas.
Por fín me hizo caso e inició el largo camino a casa. Ya
estaban los jinetes junto a nosotros y casi al tiempo de apearse preguntaron
por mi hermana. "No está aquí de momento" fue
la temerosa respuesta, "pero vendrá mas tarde". La contestación
se recibió con indiferencia. Parecía que ante todo, lo importante
era haberme hallado. Destacaban, de entre ellos, el juez, un hombre joven
y vivaz, y su silencioso ayudante llamado Assmann. Me invitaron a pasar
a la taberna campesina. Lentamente, balanceando la cabeza, jugando con
los tiradores, comencé a caminar bajo las miradas severas de los
señores. Aún creía que una sola palabra sería
suficiente para que yo, que vivía en la ciudad, fuese liberado,
incluso con honores, en ese pueblo campesino. Pero luego de atravesar
el umbral de la puerta, pude escuchar al juez que se acercó a recibirme:
"Este hombre me da lástima". Sin duda alguna, no se refería
con esto a mi estado actual sino a lo que me esperaba en el futuro. la
habitación se parecía mas a la celda de una prisión
que a una taberna rural. De las grandes losas de la pared, oscura y sin
adornos, pendía, en alguna parte, una argolla de hierro, y en el
centro de la habitación algo que era medio catre y medio mesa de
operaciones.
Podría
yo respirar otros aires que los de una cárcel?. He aquí
el gran dilema. O, mejor dicho, lo que sería el gran dilema, si
yo tuviera alguna perspectiva de ser dejado en libertad.
Franz
Kafka
Historia
de dos que soñaron
El historiador arábigo El Ixaqui refiere este suceso:
"Cuentan los hombres dignos de fe (pero sólo Alá es
omnisciente y poderoso y misericordioso y no duerme), que hubo en el Cairo
un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que
todas las perdió menos la casa de su padre, y que se vio forzado
a trabajar para ganarse el pan.
Trabajó tanto que el sueño lo rindió una noche debajo
de una higuera de su jardín y vio en el sueño un hombre
empapado que se sacó de la boca una moneda de oro y le dijo: "Tu
fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla."
A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo
viaje y afrontó los peligros de los desiertos., de las naves, de
los piratas, de los idólatras, de los ríos, de las fieras
y de los hombres. Llegó el fin a Isfaján, pero en el recinto
de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir
en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa
y por el Decreto de Dios Todopoderoso, una pandilla de ladrones atravesó
la mexquita y se metió en la casa, y las personas que dormían
se despertaron con el estruendo de los ladrones y pidieron socorro. Los
vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos
de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron
por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella
dieron con el hombre de El Cairo, y le menudearon tales azotes con varas
de bambú que estuvo cerca de la muerte.
A los dos días recobró el sentido en la cárcel,.
El capitán lo mandó buscar y le dijo: "¿Quién
eres y cuál es tu patria?. El otro declaró: "Soy de
la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí."
El capitán le preguntó: "¿Qué te trajo
a Persia?". El otro optó por la verdad y le dijo: "Un
hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján,
porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo
que esa fortuna que prometió deben ser los azotes que tan generosamente
me diste".
"Ante semejantes palabras, el capitán se rió hasta
descubrir las muelas del juicio y acabó por decirle: "Hombre
desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa
en la ciudad de El Cairo en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín
un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego
de la higuera una fuente, y bajo la fuente un tesoro. No he dado el menor
crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, engendro de una
mula con un demonio, has ido errando de ciudad en ciudad, bajo la sola
fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Isfaján. Toma
estas monedas y vete".
"El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de
la fuente de su jardín que era la del sueño del capitán)
desenterró el tesoro. Así Dios le dio bendición y
lo recompensó y exaltó. Dios es el Generoso, el Oculto."
Jorge
Luis Borges
A
la Deriva
El hombre
pisó algo blanduzco, y enseguida sintió la mordedura en
el pie. Saltó adelante, y al volverse, con un juramento vio una
yararacusú que, arrollada sobre si misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de
sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura.
La víbora vio la amenaza y hundió más la cabeza en
el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándose
las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas
de sangre y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía
de los dos puntitos violetas y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente
se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la
picada hacia su rancho.
El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento,
y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que,
como relámpagos, habían irritado desde la herida hasta la
mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica
sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo
juramento.
Llegó por fin al rancho y se echó de brazo sobre la rueda
de trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la
monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada
y a punto de ceder, tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró
en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame
caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió
entre tragos. Pero no había sentido gusto alguna.
-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-.
¡Dame caña!
-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre
tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la
garganta.
-Bueno; esto se pone feo... -murmuró entonces, mirando su pie,
lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del
pañuelo la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y
llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta, que el aliento
parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió
incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con
la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió
a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta
el centro del Paraná. Allí la corriente del río,
que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría
antes de cinco horas a Tacurú-Pacú.
En hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar
hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron
caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito, de sangre esta
vez, dirigió una mirada al sol, que ya trasponía el monte.
La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo
que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrio el pantalon
con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes
manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó
que no podría llegar jamas él solo a Tacurú-Pacú
y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía
mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña,
y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la
picada en cuesta arriba; pero a los veinte metros, exhaustos, quedó
tendido de pecho.
-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oido
en vano-. ¡Compadre Alves! ¡No me niegues este favor! -clamó
de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se
oyó rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su
canoa, y la corriente, atrapándola de nuevo, la llevó velozmente
a la deriva.
El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas
paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río.
Desde las orillas, bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el
bosque, negro también. Adelante, a los costados, atrás,
siempre la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río
arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El
paisaje es agresivo y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer,
sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el
fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con
asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor.
La pierna le dolía apenas, la sed disminuia, y su pecho, libre
ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien,
y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída
del rocio para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas
estaría en Tacurú-Pacú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos.
no sentia ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Vivirá
aún su compadre Gaona, en Tacurú-Pacú?. Acaso viera
tambien a su ex patrón mister Dougald y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto?. el cielo, al poniente, se abría
ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también.
desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre
el río se frescura crepuscular en penetrantes efluvios de azahar
y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en
silencio hacia el Paraguay.
Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente,
girando a ratos sobre si misma ante el borbollón de un remolino.
El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto
en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón
Dougald. ¿Tres años?. Tal vez no, no tanto. ¿Dos
años y nueve meses?. Acaso. ¿Ocho meses y medio?. Eso si,
seguramente.
De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué
sería?. Y la respiración...
Al recibidor de maderas de mister Douglad, Lorenzo Cubilla, lo había
conocido en Puerto Esperanza un Viernes Santo.... ¿Viernes?. Si,
o jueves...El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves.
Y cesó de respirar.
Horacio
Quiroga
El
tren a Burdeos
Una vez tuve
dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto
de niña. Era al volver de Saigón, después del amante
chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba
allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había
dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con
ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente
mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía
de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias
y los pies desnudos en unas sandalias.
No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre
mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias,
las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas
por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas
así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha
toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta
de que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían
dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarlos.
Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían
prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así
bajo, con el hombre a solas, había adormecido a los otros tres
o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos
los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó
todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En
aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo
en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más.
No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados.
Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado
cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él
estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había
un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé
las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta,
salió y volvió con una manta de tren que extendió
encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle
las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan
la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé
dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis
piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo.
Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón,
que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé
mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di.
Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos
sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada
vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce,
tan difícil de soportar como si hubiera gritado.
Hubo un largo
momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso
a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo,
resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje,
estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en
la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.
El ruido
del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos
de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer
dormida.
Volvió.
Acaricia
el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas,
en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que
vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta
a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza,
se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de
la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio
de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó
durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento
estaba vacío.
Marguerite
Duras
La
leyenda de Carlomagno
El emperador
Carlomagno se enamoró, siendo ya viejo, de una muchacha alemana.
Los nobles de la corte estaban muy preocupados porque el soberano, poseído
de ardor amoroso y olvidado de la dignidad real, descuidaba los asuntos
del Imperio. Cuando la muchacha murió repentinamente, los dignatarios
respiraron aliviados, pero por poco tiempo, porque el amor de Carlomagno
no había muerto con ella. El Emperador, que había hecho
llevar a su aposento el cadáver embalsamado, no quería separarse
de él. El arzobispo Turpín, asustado de esta macabra pasión,
sospechó un encantamiento y quiso examinar el cadáver. Escondido
debajo de la lengua muerta encontró un anillo con una piedra preciosa.
No bien el anillo estuvo en manos de Turpín, Carlomagno se apresuró
a dar sepultura al cadáver y volcó su amor en la persona
del arzobispo. Para escapar de la embarazosa situación, Turpín
arrojó el anillo al lago de Constanza. Carlomagno se enamoró
del lago Constanza y no quiso alejarse nunca más de sus orillas.
Italo
Calvino
Pigmalión
En la antigua
Grecia existió hace mucho tiempo un poeta llamado Pigmalión
que se dedicaba a construir estatuas tan perfectas que sólo les
faltaba hablar.
Una vez terminadas,
él les enseñaba muchas de las cosas que sabía: literatura
en general, poesía en particular, un poco de política, otro
poco de música y, en fin, algo de hacer bromas y chistes y salir
adelante en cualquier conversación.
Cuando el
poeta juzgaba que ya estaban preparadas, las contemplaba satisfecho durante
unos minutos y como quien no quiere la cosa, sin ordenárselo ni
nada, las hacía hablar.
Desde ese
instante las estatuas se vestían y se iban a la calle y en la calle
o en la casa hablaban sin parar de cuanto hay.
El poeta
se complacía en su obra y las dejaba hacer, y cuando venían
visitas se callaba discretamente (lo cual le servía de alivio)
mientras su estatua entretenía a todos, a veces a costa del poeta
mismo, con las anécdotas más graciosas.
Lo bueno
era que llegaba un momento en que las estatuas, como suele suceder, se
creían mejores que su creador, y comenzaban a maldecir de él.
Discurrían
que si ya sabían hablar, ahora sólo les faltaba volar, y
empezaban a hacer ensayos con toda clase de alas, inclusive las de cera,
desprestigiadas hacía poco en una aventura infortunada.
En ocasiones
realizaban un verdadero esfuerzo, se ponían rojas, y lograban elevarse
dos o tres centímetros, altura que, por supuesto, las mareaba,
pues no estaban hechas para ella.
Algunas,
arrepentidas, desistían de esto y volvían a conformarse
con poder hablar y marear a los demás.
Otras, tercas,
persistían en su afán, y los griegos que pasaban por allí
las imaginaban locas al verlas dar continuamente aquellos saltitos que
ellas consideraban vuelo.
Otras más
concluían que el poeta era el causante de todos sus males, saltaran
o simplemente hablaran, y trataban de sacarle los ojos.
A veces el
poeta se cansaba, les daba una patada en el culo, y ellas caían
en forma de pequeños trozos de mármol.
Augusto
Monterroso
Un
teólogo en la muerte
Los ángeles
me comunicaron que cuando falleció Melanchton le fue suministrada
en el otro mundo una casa ilusoriamente igual a la que había tenido
en la tierra. (A casi todos los recién venidos a la eternidad les
ocurre lo mismo y por eso creen que no han muerto.) Los objetos domésticos
eran iguales: la mesa, el escritorio con sus cajones, la biblioteca. En
cuanto Melanchton se despertó en ese domicilio, reanudó
sus tareas literarias como si no fuera un cadáver y escribió
durante unos días sobre la justificación por la fe. Como
era su costumbre, no dijo una palabra sobre la caridad. Los ángeles
notaron esa omisión y mandaron personas a interrogarlo. Melanchton
les dijo:
-He demostrado
irrefutablemente que el alma puede prescindir de la caridad y que para
ingresar en el cielo basta la fe.
Esas cosas
las decía con soberbia y no sabía que ya estaba muerto y
que su lugar no era el cielo. Cuando los ángeles oyeron este discurso,
lo abandonaron. A las pocas semanas, los muebles empezaron a afantasmarse
hasta ser invisibles, salvo el sillón, la mesa, las hojas de papel
y el tintero. Además, las paredes del aposento se mancharon de
cal, y el piso, de un barniz amarillo. Su misma ropa ya era mucho más
ordinaria. Seguía, sin embargo, escribiendo, pero como persistía
en la negación de la caridad, lo trasladaron a un taller subterráneo,
donde había otros teólogos como él. Ahí estuvo
unos días y empezó a dudar de su tesis y le permitieron
volver. Su ropa era de cuero sin curtir, pero trató de imaginarse
que lo anterior había sido una mera alucinación y prosiguió
elevando la fe y denigrando la caridad. Un atardecer, sintió frío.
Entonces recorrió la casa y comprobó que los demás
aposentos ya no correspondían a los de su habitación en
la tierra. Alguno contenía instrumentos desconocidos; otro se había
achicado tanto que era imposible entrar; otro no había cambiado,
pero sus ventanas y puertas daban a grandes médanos. La pieza del
fondo estaba llena de personas que lo adoraban y que le repetían
que ningún teólogo era tan sapiente como él. Esa
adoración le agradó, pero como alguna de esas personas no
tenía cara y otras parecían muertas, acabó por aborrecerlas
y desconfiar.
Entonces determinó escribir un elogio de la caridad, pero las páginas
escritas hoy aparecían mañana borradas. Eso le aconteció
porque las componía sin convicción.
Recibía
muchas visitas de gente recién muerta, pero sentía vergüenza
de mostrarse en un alojamiento tan sórdido. Para hacerles creer
que estaba en el cielo, se arregló con un brujo de los de la pieza
del fondo, y éste los engañaba con simulacros de esplendor
y de serenidad. Apenas las visitas se retiraban reaparecían la
pobreza y la cal, y a veces un poco antes.
Las últimas
noticias de Melanchton dicen que el brujo y uno de los hombres sin cara
lo llevaron hacia los médanos y que ahora es como un sirviente
de los demonios.
Manuel
Swedenborg
Un
paciente en disminución
El señor Ga había sido tan asiduo, tan dócil y prolongado
paciente del doctor Terapéutica que ahora ya era sólo un
pie. Extirpados sucesivamente los dientes, las amígdalas, el estómago,
un riñón, un pulmón, el bazo, el colon, ahora llegaba
el valet del señor Ga a llamar al doctor Terapéutica para
que atendiera el pie del señor Ga, que lo mandaba llamar.
El doctor
Terapéutica examinó detenidamente el pie y “meneando
con grave modo” la cabeza resolvió:
-Hay demasiado
pie, con razón se siente mal: le trazaré el corte necesario,
a un cirujano.
Macedonio
Fernández
El
sueño del Rey
-Ahora está
soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabes?
-Nadie lo
sabe.
-Sueña
contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería
de ti?
-No lo sé.
-Desaparecerías.
Eres una figura de su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías
como una vela.
Lewis Carroll
Mi
vida con la ola
Cuando deje
aquel mar, una ola se adelanto entre todas. Era esbelta y ligera. A pesar
de los gritos de las otras, que la detenian por el vestido flotante, se
colgo de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada, porque
me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además, las
miradas colericas de las mayores me paralizaron.
Cuando llegamos
al pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida en
la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca
ha salido del mar. Me miro seria: "Su decisión estaba tomada.
No podia volver." Intente dulzura, dureza, ironía. Ella lloro,
grito, acaricio, amenazo. Tuve que pedirle perdón. Al día
siguiente empezaron mis penas. Cómo subir al tren sin que nos vieran
el conductor, los pasajeros, la policia? Es cierto que los reglamentos
no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero
esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría
nuestro acto.
Tras de mucho
cavilar me presente en la estación una hora antes de la salida,
ocupé mi asiento y, cuando nadie me veía, vacié el
depósito de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vertí
en él a mi amiga.
El primer
incidente surgió cuando los niños de un matrimonio vecino
declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí
refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acerco otra
sedienta. Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante
me detuvo. La señora tomo un vasito de papel, se acerco al depósito
y abrio la llave . Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse
de un salto entre ella y mi amiga. La señora me miro con asombro.
Mientras pedía disculpas, uno de los niños volvio abrir
el depósito. Lo cerré con violencia.
La señora
se llevo el vaso a los labios: -Ay el agua esta salada. El niño
le hizo eco. Varios pasajeros se levantaron. El marido llamo al Conductor:
-Este individuo echo sal al agua. El Conductor llamo al Inspector: -Conque
usted echo substancias en el agua? El Inspector llamo al Policia en turno:
-Conque usted echo veneno al agua? El Policia en turno llamo al Capitan:
- Conque usted es el envenenador? El Capitán llamo a tres agentes.
Los agentes me llevaron a un vagón solitario, entre las miradas
y los cuchicheos de los pasajeros. En la primera estacion me bajaron y
a empujones me arrastraron a la cárcel. Durante dias no se me hablo,
excepto durante los largos interrogatorios. Cuando contaba mi caso nadie
me creia, ni siquiera el carcelero, que movia la cabeza, diciendo: "El
asunto es grave, verdaderamente grave. No había querido envenenar
a unos niños?" Una tarde me llevaron ante el Procurador. -Su
asunto es difícil -repitió-. Voy a consignarlo al Juez Penal.
Así paso un año. Al fin me juzgaron. Como no hubo víctimas,
mi condena fue ligera. Al poco tiempo, llego el dia de la libertad. El
Jefe de la Prisión me llamo: -Bueno, ya esta libre. Tuvo suerte.
Gracias a que no hubo desgracias. Pero que no se vuelva a repetir, por
que la proxima le costara caro... Y me miro con la misma mirada seria
con que todos me veian.
Esa misma
tarde tome el tren y luego de unas horas de viaje incómodo llegue
a México. Tome un taxi y me dirigí a casa. Al llegar a la
puerta de mi departamento oí risas y cantos. Sentí un dolor
en el pecho, como el golpe de la ola de la sorpresa cuando la sorpresa
nos golpea en pleno pecho: mi amiga estaba alli, cantando y riendo como
siempre. -Cómo regresaste? -Muy fácil: en el tren. Alguien,
después de cerciorarse de que sólo era agua salada, me arrojo
en la locomotora. Fue un viaje agitado: de pronto era un penacho blanco
de vapor, de pronto caía en lluvia fina sobre la máquina.
Adelgace mucho. Perdí muchas gotas. Su presencia cambio mi vida.
La casa de pasillos obscuros y muebles empolvados se lleno de aire, de
sol, de rumores y reflejos verdes y azules, pueblo numeroso y feliz de
reverberaciones y ecos.
Cuántas
olas es una ola o como puede hacer playa o roca o rompeolas un muro, un
pecho, una frente que corona de espumas! Hasta los rincones abandonados,
los abyectos rincones del polvo y los detritus fueron tocados por sus
manos ligeras. Todo se puso a sonreir y por todas partes brillaban dientes
blancos. El sol entraba con gusto en las viejas habitaciones y se quedaba
en casa por horas, cuando ya hacia tiempo que habia abandanado las otras
casas, el barrio, la ciudad, el país. Y varias noches, ya tarde,
las escandalizadas estrellas lo vieron salir de mi casa, a escondidas.
El amor era un juego, una creacion perpetua. Todo era playa, arena, lecho
de sábanas siempre frescas. Si la abrazaba, ella se erguia, increiblemente
esbelta, como tallo liquido de un chopo; y de pronto esa delgadez florecia
en un chorro de plumas blancas, en un penacho de risas de caian sobre
mi cabeza y mi espalda y me cubrian de blancuras. O se extendia frenta
a mi, infinita como el horizonte, hasta que yo también me hacia
horizonte y silencio. Plena y sinuosa, me elvolvia como una musica o unos
labios inmensos. Su presencia era un ir y venir de caricias, de rumores,
de besos. Entraba en sus aguas, me ahogaba a medias y en un cerrar de
ojos me encontraba arriba, en lo alto del vertigo, misteriosamente suspendido,
para caer despues como una piedra , y sentirme suavemente depositado en
lo seco, como una pluma. Nada es comparable a dormir mecido en las aguas,
si no es despertar golpeado por mil alegres latigos ligeros, por arremetidas
que se retiran riendo.
Pero jamás
llegue al centro de su ser. Nunca toque el nudo del ay y de la muerte.
Quiza en las olas no existe ese sitio secreto que hace vulnerable y mortal
a la mujer, ese pequeño boton electrico donde todo se enlaza, se
crispa y se yergue, para luego desfallecer . Su sensibilidad, como las
mujeres, se propagaba en ondas, solo que no eran ondas concentricas, sino
excentricas, que se extendian cada vez mas lejos, hasta tocar otros astros.
Amarla era prolongarse en contactos remotos, vibrar con estrellas lejanas
que no sospechamos. Pero su centro... no, no tenia centro, sino un vacio
parecido al de los torbellinos, que me chupaba y me asfixiaba.
Tendido el
uno al lado de otro , cambiabamos confidencias, cuchicheos, risas. Hecha
un ovillo, caia sobre mi pecho y alli se desplegaba como una vegetacion
de rumores. Cantaba a mi oido, caracola. Se hacia humilde y transparente,
echada a mis pies como un animalito, agua mansa. Era tan limpìda
que podia leer todos sus pensamientos. Ciertas noches su piel se cubria
de fosforecencias y abrazarla era abarazar un pedazo de noche tatuada
de fuego. Pero se hacia tambien negra y amarga. A horas inesperadas mugia,
suspiraba, se retorcia. Sus gemidos despertaban a los vecinos. Al oirla
el viento del mar se ponia a rascar la puerta de la casa o deliraba en
voz alta por alas azoteas. Los dias nublados la irritaban; rompia muebles,
decia malas palabras, me cubria de insultos y de una espuma gris y verdosa.
Escupia, lloraba, juraba, profetizaba. Sujeta a la luna, las estrellas,
al influjo de la luz de otros mundos, cambiaba de humor y de semblante
de una manera que a mi me parecia fantastica, pero que era tal como la
marea.
Empezo a
quejarse de soledad. Llene la casa de caracolas y conchas, pequeños
barcos veleros, que en sus dias de furia hacia naufragar (junto con los
otros, cargados de imagenes, que todas las noches salian de mi frente
y se hundia en sus feroces o graciosos torbellinos). Cuantos pequeños
tesoros se perdieron en ese tiempo! Pero no le bastaban mis barcos ni
el canto silencioso de las caracolas. Confieso que no sin celos los veia
nadar en mi amiga, acariciar sus pechos, dormir entre sus piernas, adornar
su cabellera con leves relampagas de colores. Entre todos aquellos peces
habia unos particularmente repulsivos y feroces, unos pequeños
tigres de acuario, grandes ojos fijos y bocas hendidas y carniceras. No
se por que aberracion mi amiga se complacia en jugar con ellos, mostrandoles
sin rubor una preferencia cuyo significado prefiero ignorar. Pasaba largas
horas encerrada con aquellas horribles criaturas.
Un día
no pude mas; eche abajo la puerta y me arroje sobre ellos. Agiles y fantasmales,
se me escapaban entre als manos mientras ella reia y me golpeaba hasta
derribarme. Senti que me ahogaba. Y cuando estaba a punto de morir, morado
ya, me deposito en la orilla y empezo a besarme, y humillado. Y al mismo
tiempo la voluptuosidad me hizo cerrar los ojos. Porque su voz era dulce
y me hablaba de la muerte deliciosa de loas ahogados.
Cuando volvi
en mi, empece a temerla y a odiarla. Tenia descuidados mis asuntos. Empece
a frecuentar los amigos y reanude viejas y queridas relaciones. Encontre
a una amiga de juventud. Haciendole jurar que me guardaria el secreto,
le conte mi vida con la ola. Nada conmueve tanto a las mujeres como la
posibildad de salvar a un hombre.
Mi redentora
empleo todas sus artes, pero, qué podia una mujer, dueña
de un número limitado de almas y cuerpos, frente a mi amiga, siempre
cambiante - y siempre identica a si misma en su metamorfosis incesantes?
Vino el invierno. El cielo se volvio gris. La niebla cayo sobre la ciudad.
Lovia una llovizna helada. Mi amiga gritaba todas las noches. Durante
el día se aislaba, quieta y siniestra, mascullando una sola silaba,
como una vieja que rezonga en un rincon. Se puso fria; dormir con ella
era tirar toda la noche y sentir como se helaba paulatinamente la sangre,
los huesos, los pensamientos. Se volvio impenetrable, revuelta. Yo salia
con frecuencia y mis ausencias eran cada vez mas prolongadas. Ella, en
su rincón, aullaba largamente. Con dientes acerados y lengua corrosiva
roia los muros, desmoronaba las paredes. Pasaba las noches en vela, haciendome
reproches. Tenía pesadillas, deliraba con el sol, con un gran trozo
de hielo, navegando bajo cielos negros en noches largas como meses. Me
injuriaba. Maldecía y reía; llenaba la casa de carcajadas
y fantasmas. Llamaba a los monstruos de las profundidades, ciegos, rapidos
y obtusos. Cargada de electricidad, carbonizaba lo que rozaba. Sus dulces
brazos se volvieron cuerdas asperas que me estrangulaban. Y su cuerpo
verdoso y elástico, era un látigo implacable, que golpeaba,
golpeaba, golpeaba.
Huí.
los horribles peces reían con risa feroz. Allà en las montañas,
entre los altos pinos y los despeñaderos, respire el aire frio
y fino como un pensamiento de libertad. Al cabo de un mes regresé.
Estaba decidido. Había hecho tanto frío que encontré
sobre el marmol de la chimenea, junto al fuego extinto, una estatua de
hielo. No me conmovió su aborrecida belleza. Le eché en
un gran saco de lona y salí a la calle, con la dormida a cuestas.
En un restaurante de las afueras la vendí a un cnatinero amigo,
que inmediantamente empezó a picarla en pequeños trozos,
que depositó cuidadosamente en las cubetas donde se enfrían
las botellas.
Octavio
Paz
Un
canario como regalo
El tren pasó
rápidamente junto a una larga casa de piedra roja con jardín,
y, en él, cuatro gruesas palmeras, a la sombra de cada una de las
cuales había una mesa. Al otro lado estaba el mar. El tren penetró
en una hendidura cavada en la roca rojiza y la arcilla, y el mar sólo
podía verse entonces interrumpidamente y muy abajo, contra las
rocas.
-Lo compré
en Palermo -dijo la dama norteamericana-. Sólo estuvimos en tierra
una hora. Era un domingo por la mañana. El hombre quería
que le pagara en dólares y le di un dólar y medio. En realidad
canta admirablemente.
Hacía
mucho calor en el tren y en el coche-salón. No entraba ni un soplo
de brisa por la ventanilla abierta. La dama norteamericana bajó
la persiana de madera y ya no pudo verse más el mar, ni siquiera
de vez en cuando. Al otro lado estaban los vidrios, luego el corredor,
detrás una ventanilla abierta y fuera de ella árboles polvorientos,
un camino asfaltado y extensos viñedos rodeados de grises colinas.
Al llegar
a Marsella veíamos el humo de muchas chimeneas. El tren disminuyó
la velocidad y entró en una vía, entre las muchas que llevaban
a la estación. Se detuvo veinte minutos en Marsella y la dama norteamericana
compró un ejemplar de The Daily Mail y media botella de agua mineral
Evian. Paseó un poco a lo largo del andén de la estación,
pero sin alejarse mucho de los escalones del vagón, debido a que
en Cannes, donde el tren se detuvo doce minutos, partió de pronto
sin advertencia alguna, y ella pudo subir justamente a tiempo. La dama
norteamericana era un poco sorda y temió que se dieran las habituales
señales de partida del convoy y ella no pudiera oírlas.
El tren partió
y no sólo podían verse las playas de maniobras y el humo
de las grandes chimeneas, sino también, hacia atrás, la
propia ciudad de Marsella y el puerto, con sus colinas grises en el fondo
y los últimos destellos del sol en el mar. Mientras oscurecía,
el tren pasó cerca de una granja incendiada. Había automóviles
detenidos en el camino y desde dentro del edificio de la granja se sacaban
al campo ropas de cama y otras cosas. Había mucha gente contemplando
cómo ardía la casa. Era ya de noche cuando el tren llegó
a Aviñón. La gente dejó el convoy. En los quioscos,
los franceses que volvían a París compraban los periódicos
del día. En el andén había soldados negros. Llevaban
uniforme castaño, eran altos y sus rostros brillaban bajo la luz
eléctrica. El tren dejó Aviñón y los negros
quedaron allí, de pie. Un sargento blanco, de baja estatura, estaba
con ellos.
Dentro del
coche-cama el camarero había bajado las tres literas de la pared
y ya estaban preparadas para dormir. La dama norteamericana no durmió
durante la noche porque el tren era un rapide que iba a gran velocidad
y ella temía durante la noche. La cama de la dama norteamericana
era la que estaba más cerca de la ventanilla. El canario de Palermo,
con una manta extendida sobre la jaula, estaba fuera del camarote, en
el corredor que llevaba al lavabo. Fuera del compartimiento había
una luz azulada. Durante toda la noche el tren viajó muy velozmente
y la dama norteamericana se despertaba esperando un accidente.
Por la mañana,
el tren se hallaba cerca de París y después que la dama
norteamericana salió del lavabo, muy norteamericana, muy saludable
y muy de edad mediana, a pesar de no haber dormido, quitó la manta
de la jaula y la colgó al sol, volviendo al vagón restaurante
para desayunar. Cuando volvió al coche-cama las literas habían
sido levantadas de nuevo y transformadas en asientos, el canario estaba
acicalándose las plumas al sol, que entraba por la ventanilla abierta,
y el tren estaba mucho más cerca de París.
-Ama el sol
-dijo la dama norteamericana-. Ahora, dentro de un momento, cantará.
El canario
siguió arreglándose las plumas y espulgándose.
-Siempre
me han gustado los pájaros -dijo la dama norteamericana-. Lo llevo
a casa para mi niña. Ahí está... ahora canta.
El canario
pió y las plumas de la garganta permanecieron inmóviles.
Bajó el pico y comenzó a espulgarse de nuevo. El tren cruzó
un río y pasó a través de un bosque muy cuidado.
El tren pasó por muchos de los pueblos de las afueras de París.
Había tranvías en los pueblos y grandes cartelones de propaganda
de la Belle Jardiniere, Dubonnet y Pernod, en los muros y paredes cerca
de los cuales pasaba el tren. Todos los lugares por donde éste
pasaba tenían el aspecto de no haberse despertado todavía.
Durante unos minutos no escuché a la dama norteamericana, que estaba
hablándole a mi esposa.
-¿Su
esposo es también norteamericano? -preguntó la dama.
-Sí
-dijo mi mujer-. Ambos somos norteamericanos.
-Creí
que eran ingleses.
-¡Oh,
no!
-Será
tal vez porque llevo tirantes. -Había empezado a decir «tiradores»,
pero cambié la palabra al salir de mi boca, para mantener mi lenguaje
de acuerdo con mi aspecto de inglés. La dama norteamericana no
me oyó. Realmente era completamente sorda; leía en los labios
y yo no la había mirado al hablar. Miraba afuera, por la ventanilla.
Continuó hablando con mi esposa.
-Me alegro
de que sean norteamericanos. Los hombres norteamericanos son los mejores
maridos -estaba diciendo la dama norteamericana-. Por eso dejamos el continente,
¿sabe usted? Mi hija se enamoró de un hombre en Vevey -se
detuvo-. Estaban locos, sencillamente -se detuvo de nuevo-. La saqué
de allí, por supuesto.
-¿Logró
soportarlo? -preguntó mi mujer.
-No lo creo
-dijo la dama norteamericana-. No quería comer nada y no dormía.
Me empeñé en consolarla, pero parece no tener interés
por nada. No le importa nada, pero yo no podía dejarla casar con
un extranjero. -Hizo una pausa-. Alguien, un buen amigo mío, me
dijo una vez: «Ningún extranjero puede ser un buen marido
para una norteamericana».
-No -dijo
mí esposa-; supongo que no.
La dama norteamericana
admiró el abrigo de viaje de mi esposa y luego supimos que la dama
norteamericana había adquirido sus propias ropas durante veinte
años en la misma maison de couture de la rue Saint Honoré.
Tenían sus medidas y una vendeuse que la conocía y sabía
sus gustos, elegía sus vestidos y los enviaba a los Estados Unidos.
Las ropas llegaban a una oficina de correos cercana al lugar donde ella
vivía, en la ciudad de Nueva York, y los derechos de importación
no eran nunca exorbitantes, porque abrían las cajas allí
mismo, en la sucursal de correos, para revisarlas y siempre eran sencillas,
sin encajes doradas ni adornos que hicieran aparecer los vestidos como
muy caros. Antes de la vendeuse actual, llamada Théresé,
había otra llamada Amélie. En total sólo trabajaron
esas dos en los últimos veinte afros. La couturière era
siempre la misma. Los precios, sin embargo, habían aumentado. Ahora
tenían también las medidas de su hija. Ya era bastante crecida
y no existía muchas probabilidades de que cambiaran con el tiempo.
El tren estaba
ahora llegando a París. Las fortificaciones habían sido
derribadas, pero la hierba no había crecido. Había muchos
vagones en las vías: coches restaurante de madera oscura y coches-cama,
que partirían para Italia a las cinco de esa misma tarde, si ese
tren sale todavía a las cinco; los coches tenían carteles
que decían: París-Roma; otros de dos pisos, que iban y volvían
de los suburbios y en los que, a ciertas horas, los asientos de amibos
pisos estaban llenos de gente y pasaban cerca de las blancas paredes y
de las ventanas de las casas. Nadie se había desayunado todavía.
-Los norteamericanos
son los mejores maridos -decía la dama norteamericana a mi esposa.
Yo estaba bajando las maletas-. Los hombres norteamericanos son los únicos
con quienes una se puede casar en todo el mundo.
-¿Cuánto
tiempo hace que dejó usted Vevey? -preguntó mi mujer.
-Hará
dos años este otoño. A ella le llevo este canario.
-¿El
hombre de quien estaba enamorada su hija era suizo?
-Sí
-dijo la dama norteamericana-. Era de una familia muy buena de Vevey.
Estudiaba ingeniería. Se conocieron en Vevey, solían dar
largos paseos juntos.
-Conozco
Vevey -dijo mi esposa-. Pasamos allí nuestra luna de miel.
-¿Sí?
¡Debe haber sido maravilloso! Yo no tenía, por supuesto,
la menor idea de que se había enamorado de él.
-Es un lugar
muy bonito -dijo mi esposa.
-Sí
-dijo la dama norteamericana-. ¿Verdad que es magnifico? ¿Dónde
se alojaron ustedes?
-En el Trois
Couronnes.
-Es un gran
hotel -dijo la dama norteamericana.
-Sí
-replico mi esposa-. Teníamos una habitación preciosa y
en otoño el lugar era adorable.
-¿Estaban
ustedes allí en otoño?
-Sí
-dijo mi esposa.
Pasábamos
en ese momento al lado de tres vagones que habían sufrido algún
accidente. Estaban hechos astillas y con los techos hundidos.
-Miren -dije-.
Debe haber sido un accidente.
La dama norteamericana
miró y vio el último vagón.
-Toda la
noche tuve miedo de que ocurriera alguna cosa así -dijo-. A veces
tengo horribles presentimientos. Nunca más viajaré en un
rapide por la noche. Debe haber otros trenes cómodos que no viajen
con tanta rapidez.
El tren entró
en la oscuridad de la Gare du Lyon y se detuvo. Los mozos se acercaron
a las ventanillas. Pronto nos encontramos en la turbia largura de los
andenes y la dama norteamericana se puso en manos de uno de los tres hombres
de la Cook, que dijo:
-Un momento,
señora, buscaré su nombre.
El mozo trajo
un baúl y lo colocó junto al equipaje. Ambos nos despedimos
de la dama norteamericana, cuyo nombre había encontrado el empleado
de la Agencia Cook en una de las hojas escritas a máquina, que
sacó de entre un manojo de éstas y que volvió a poner
en su bolsillo.
Seguimos
al mozo con el baúl, a lo largo del prolongado andén de
cemento que corría al lado del tren. Al final había una
puerta de hierro y un hombre nos tomó los billetes.
Volvíamos
a París para establecernos en residencias separadas.
Ernest
Hemingway
Aguafuerte
De una casa cercana salía un ruido metálico y acompasado.
En un recinto estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras,
muy negras, trabajaban unos hombres en la forja. Uno movía el fuelle
que resoplaba, haciendo crepitar el carbón, lanzando torbellinos
de chispas y llamas como lenguas pálidas, áureas, azulejas,
resplandecientes. Al brillo del fuego en que se enrojecían largas
barras de hierro, se miraban los rostros de los obreros con un reflejo
trémulo. Tres yunques ensamblados en toscas armazones resistían
el batir de los machos que aplastaban el metal candente, haciendo saltar
una lluvia enrojecida. Los forjadores vestían camisas de lana de
cuellos abiertos y largos delantales de cuero. Alcanzábaseles a
ver el pescuezo gordo y el principio del pecho velludo, y salían
de las mangas holgadas los brazos gigantescos, donde, como en los de Anteo,
parecían los músculos redondas piedras de las que deslavan
y pulen los torrentes. En aquella negrura de caverna, al resplandor de
las llamaradas, tenían tallas de cíclopes. A un lado, una
ventanilla dejaba pasar apenas un haz de rayos de sol. A la entrada de
la forja, como en un marco oscuro, una muchacha blanca comía uvas.
Y sobre aquel fondo de hollín y de carbón, sus hombros delicados
y tersos que estaban desnudos hacían resaltar su bello color de
lis, con un casi imperceptible tono dorado.
Rubén Darío
La
tortuga y Aquiles
Por fin, según el cable, la semana pasada la Tortuga llegó
a la meta.
En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió
perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones.
En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como
una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.
Augusto Monterroso
El
violinista
Era un violinista tan bueno y tan pobre que, cuando tocaba, los ángeles,
con tal de oírlo, bajaban a rascarle la cabeza mientras tenía
las dos manos ocupadas en tocar (gran homenaje por parte de ellos pues
consideran a este mundo muy sucio).
El violinista murió y, enseguida, lo acaparó Dios según
hace siempre con lo mejor del mundo. En el cielo todos son haraganes y
todo se les vuelve juntar las manos y adorar; en cambio, el mundo, es
el lugar del trabajo y del estudio.
El violinista compareció ante Dios. El Pobre estaba neurasténico
a causa de su eternidad y asqueado de las óperas italianas. Wagner
todavía no era conocido debido a una discreta interposición
de Roma.
Dios le pidió un repertorio serio. También gustó
de la técnica brillante que caía justa en su oído
omnipercipiente.
- ¿Qué quieres-le dijo Dios- a cambio de tus sonatas?
El músico respondió:
- Que me
nutran, que me rasquen la cabeza como antes, que me abaniquen con las
alas de los ángeles en verano, y si aquí hay invierno, que
me traigan un pequeño demonio con fuego de ese lugar que es de
mal gusto nombrar aquí en el cielo y en Inglaterra. Que los ángeles
no toquen mi violín pues temo fundadamente que sólo interpretan
bien la “música celestial”. Además lo necesito
para mi propia Gloria. Yo les afinaré el cielo. Amén.
Santiago
Dabove
Pacheco
no fue
Que de dónde sacaba yo esas basuras, me preguntó un día
mi abuela. Que ella me había llenado de historias pero yo como
si nada. Tal vez, se me ocurre ahora, porque eran demasiado redondas.
Uno precisa más bien una idea que se vaya desplegando. ¿Acaso
no decía el finado Chandler que a una novela se la destila? Las
conversaciones ajenas tampoco te aportan mucho. La gente siempre dice
lo mismo. Ni siquiera de un teléfono ligado se puede sacar algo
bueno. Algunas conversaciones parecen calcadas, como las que sostienen
aquellos matrimonios deshechos cuando se reúnen a intercambiar
argumentaciones torcidas en cualquier confitería del centro.
Lo que sobra son esos rumores de baja estofa que pueden oírse en
el colectivo, como aquel de las ratas embandejadas que comenzaron a verse
en las heladeras de los restaurantes chinos. O esa boda famosa que terminó
en un escándalo. No sé si ustedes se acuerdan. Cuando el
cura hizo la pregunta de práctica (que lo dijera o callara para
siempre) un tipo de la última fila saltó como un escorpión,
suponiendo que un escorpión haga eso. Después de tratarla
de reputaza, le gritó de todo a la novia. A continuación
intervino la parentela y hubo una batalla campal en el atrio.
A veces estos rumores adquieren tal virulencia que terminan saliendo en
el diario. A veces el propio diario se encarga de desmentirlos. Eso mismo
sucedió con el casamiento en cuestión. Luego de reseñar
el escándalo, la prensa dio marcha atrás. “No hubo
tal casamiento”, debió admitir el diario. Creo que fue La
Nación. El propio cronista reflexionaba: “¿Desde cuándo
preguntan en una boda si alguien tiene algo que decir?”.
Mientras más suculentos vienen los chismes, más rápido
se desinflan. O resucitan periódicamente. “¿Sabés
que las cloacas de Buenos Aires están llenas de iguanas?”,
oí decir a una chica. Qué me cuentan. Éste es un
rumor reciclado que corrió por Nueva York hace como treinta años.
Ahí también se les dio por desprenderse de sus mascotas.
Sólo que eran caimanes en vez de iguanas. Alguien tiró unas
crías al inodoro, con los efectos descriptos. Hasta hubo una película.
Podría seguir con la lista, pero no vale la pena. Todas esas patrañas
se olvidan en un suspiro. Las cosas realmente buenas jamás se transforman
en chismes. Generalmente mueren con sus propios protagonistas.
Yo escuché algo una vez que quisiera no haber escuchado. Tenía
conflicto y remate, como todo lo que contaba mi abuela. Se podría
resumir en tres líneas, como exigen los buenos dramas. Tal vez
a mí me lleve algo más. Mejor no diré cuándo
fue. Sólo puedo adelantar que vino a través del océano.
Sucedió a bordo de un buque: un típico drama del mar, si
ustedes me lo permiten. Habría que ser Joseph Conrad para contarlo
como es debido. Pero haremos lo que podamos.
Íbamos saliendo por el Río de la Plata en aquel velero que
olía a cerdo viejo y mojado. También olía igual que
mi amigo. Al estilo de mi abuela, que dejaba un ramito de yerbabuena y
poleo entre las sábanas limpias, mi amigo siempre guardaba una
vela del barco en el fondo del placard. Por eso sus camisas hedían
como un remolcador del Riachuelo.
- Yo timoneo- dijo mi amigo-. Vos escribí tranquilo.
Íbamos a la costa uruguaya. Mi amigo pensaba que durante aquel
corto viaje uno daría comienzo, por fin, a su novela marina. Pero
uno estaba mareado. De pronto la radio dijo:
- LPQ Pacheco, LPQ Pacheco.
O algo así. Alguien quería llamar a su casa. Tal vez un
marino mercante. Durante la próxima hora nos volvería locos
con sus reclamos a la emisora de enlace, una estación de la costa
conocida como Pacheco. Si uno deseaba comunicarse desde el océano,
debía pasar por Pacheco. Nuestro propio equipo de radio era lo
único reluciente en ese viejo camello. Treinta años antes
había sido el mejor velero del río. Ahora estaba venido
a menos. Era todo lo que le quedaba a mi amigo, después de haber
perdido el trabajo, su tercera mujer y un departamento en Palermo.
De modo que fuimos dejando atrás la costa de San Isidro, en aquel
setiembre soleado. Se avecinaba una tragedia marina, pero nosotros seguíamos
en el mejor de los mundos. Era un martes por la mañana. Es lindo
navegar entre semana. Conozco miles de historias sobre los floaters, vagabundos
del río que, como uno, salen a navegar en un día laborable.
Un tipo tenía una novia en Colonia, al otro lado del río.
Todos los viernes zarpaba en su velerito para ir a visitarla. Compraba
una bolsa de maní en el puerto y durante la travesía, para
matar el tiempo, iba tejiendo un pulóver. Hay toda clase de gente
en el río.
Entonces eran contados los yatecitos con radio. Había que ser un
magnate o un insolvente como mi amigo para tener semejante cosa. El río
era un lugar amable. Hoy el éter está plagado de gente que
vocifera y putea a medio mundo. Incluso hay una señora que simula
a todo micrófono unos orgasmos geniales. Desde otras radios le
gritan. En el canal de emergencias no cabe una palabra más. Mejor
que nadie requiera auxilio. Si un día se vuelve a hundir el Titanic,
aquí pasará desapercibido.
- LPQ Pacheco- dijo la voz.
Cuando el operador de Pacheco atendió la llamada del buque, le
ordenó pasar al canal 25. Nosotros hicimos lo mismo, disponiéndonos
a escuchar aquella conversación ajena que venía allende
los mares. Pensé en lo maravilloso de llamar desde el océano
Índico a la propia casa de uno, aun para ventilar cosas en público.
- Lo comunico- dijo Pacheco.
Cuando se produjo el contacto casi podía sentirse el resuello de
cada uno. Oímos llamar el teléfono hasta que levantaron
el tubo y un hombre dijo:
- Hola.
Hubo un silencio aterrador. La voz del buque sonó extrañada.
- ¿Quién habla?- dijo.
Otra pausa del carajo. Y entonces, con claridad, se oyó que en
la casa cortaban.
- Cortaron, señor- dijo el operador de Radio Pacheco, súbitamente
amable.
- ¿Cómo que cortaron? ¿Usted llamó al teléfono
tal?
- Sí, señor. A ese número llamé- dijo con
displicencia el operador, quizá medio contento. Y recitó
cada uno de los seis números.
- Habrá sido equivocado…- dijo la voz del buque.
- No, señor- dijo Pacheco.
- Pruebe de nuevo, ¿quiere?
Había un Norte tan suave que apenas lamía el agua. Mi amigo
timoneaba callado, con los ojos sobre las velas. Ahora el operador de
Pacheco había caído en un frenesí de eficiencia.
Volvió a llamar tan rápido que no dio tiempo a nada. El
teléfono sonó cinco veces.
- Hola- dijo una voz de mujer.
- Hola- dijo la voz del buque.
Nosotros ni respirábamos.
- Querido… ¿Cómo estás?
- ¿Quién atendió?- dijo la voz del buque.
- ¿Cómo que quién atendió?
- Atendió un tipo.
- ¡Pero no!- dijo ella-. Habrá sido equivocado.
- El teléfono sonó como en casa.
- Vos estás loco.
- Apareció uno que dijo hola…
- ¡Te juro que…!
- Por favor…
- ¡Ay, querido!
- Prefiero que me cuelguen el tubo a que me tomés por tarado.
- ¡Ni siquiera sonó el teléfono!…- gimió
ella.
Su voz sonaba desesperada. Daban ganas de abrazarla.
- Habrá sido Pacheco- musitó.
Y entonces, como una cobra que ataca, el operador de Pacheco apareció
de nuevo en el aire:
- Pa - che - co - no – fue- declaró.
Cada vez que evoco este diálogo me corre un sudor por el pelo.
Ha pasado bastante tiempo, pero aún me siguen sus voces (Pacheco
no fue). Me la imagino a ella en el cuarto, tumbada sobre la cama, completamente
desnuda, bellísima y arrepentida, enamorada a pesar de todo, con
los ojos llenos de lágrimas. Lo veo al caballero del buque, devolviendo
gentilmente el micrófono al operador vespertino, saliendo de nuevo
afuera con el aplomo de un hombre, tomando su turno en cubierta bajo la
noche estrellada. Lo veo al otro imbécil entre las sábanas,
dejando arder el último pucho, maldiciéndose por lo bajo.
Otras veces me digo que las cosas no fueron así. Que no hubo tal
hombre en la cama. Que nadie colgó el teléfono. Que todo
fue una sucia maniobra del operador de Pacheco. Pero ni yo me lo creo.
Eduardo Belgrano Rawson
Mañana
será otro día
La lluvia había dejado las Ramblas casi vacías y sólo
quedaba gente agrupada en el café encristalado donde, desde meses
atrás, no la dejaban entrar.
La Sonia, de pie en el portal de la casa vacía, vio que la lluvia
pasaba fatigada, amansa llovizna, la vio cesar mientras crecía
el frío del viento, y pensó que aquello era un signo de
buena suerte. Un poco más lejos, del otro lado del ancho paseo,
las luces de la ciudad comenzaban a encenderse. Empezaba la noche y respirando
el aroma tristón de su abrigo mojado, la Sonia pensó que
también empezaba la esperanza. Sonrió, sin creer de verdad,
como una niña a la que le recitaban un cuento ya oído e
inverosímil.
Volvió a tantear la rizada peluca rubia y con gran cuidado- tenía
las uñas muy largas- fue estirando las medias caladas que sostenía
el portaligas.
Volvió a sentir hambre y recordó que tenía un sándwich
de jamón en el bolso. Pero no podía estropear el dibujo
de boca que se había hecho con el rouge y con tanto cuidado. También
recordó que hasta fin de mes estaba en orden con la policía
y se obligó a caminar, acercándose al borde de las aceras
para sonreír a los coches, mover las caderas y detenerse fingiendo
buscar algo en la enorme cartera. Pero nada, nadie, y sin dinero para
probar suerte en los bares donde todavía le dejaban entrar.
Era la noche y después fue la madrugada en el barrio sucio de la
gran ciudad. Y Sonia, ya sin hambre, casi sin esperanzas continuaba caminando
sobre el dolor de los tacones de aguja.
Se repitieron los diálogos breves con los hombres que pasaban.
- Vamos. ¿Vienes?
- Que te den por saco.
- Eso quiero. También yo te puedo dar si quieres enterarte.
Hombres y hombres y su asco por ellos. La luz limpia amenazaba llegar
desde el puerto y las otras se iban apagando. Subió las escaleras
pisando con las caras medias de seda. Abrió la puerta manchada
y encendió la luz del techo. El muchacho, que se sentó en
la cama preguntó con miedo:
- ¿Cómo te fue?
- Como la mierda, nena. Estoy hambriento. Creo que teníamos una
lata de sardinas y quedó pan del desayuno.
El chico, moreno y flaco se levantó de la cama y se puso a revolver
el armario; dijo con voz de mimo y queja:
- Todavía no me besaste.
- Ahora.
Frente al espejo la Sonia se quitó la peluca y se acarició
las mejillas.
- Otra vez barbuda.
Después se desnudó y estuvo mirando los pechos hinchados
con parafina y el sexo que le colgaría tembloroso e inútil
hasta después de las sardinas.
Juan Carlos Onetti
Lucas,
sus compras
En vista de que la Tota le ha pedido que baje a comprar una caja de fósforos,
Lucas sale en piyama porque la canícula impera en la metrópoli,
y se constituye en el café del gordo Muzzio donde antes de comprar
los fósforos decide mandarse un aperital con soda. Va por la mitad
de este noble digestivo cuando su amigo Juárez entra también
en piyama y al verlo prorrumpe que tiene a su hermana con la otitis aguda
y el boticario no quiere venderle las gotas calmantes porque la receta
no aparece y las gotas son una especie de alucinógeno que ya ha
electrocutado a más de cuatro hippies del barrio. A vos te conoce
bien y te las venderá, vení en seguida, la Rosita se retuerce
que no la puedo ni mirar.
Lucas paga, se olvida de comprar los fósforos y va con Juárez
a la farmacia donde el viejo Olivetti dice que no es cosa, que nada, que
se vayan a otro lado y en ese momento su señora sale de la trastienda
con una kodak en la mano y usted, señor Lucas, seguro que sabe
cómo se la carga, estamos de cumpleaños de la nena y dése
cuenta justo se nos acaba el rollo, se nos acaba. Es que tengo que llevarle
fósforos a la Tota, dice Lucas antes de que Juárez le pise
un pie y Lucas se comida a cargar la kodak al comprender que el viejo
Olivetti le va retribuir con las gotas ominosas, Juárez se deshace
en gratitud y sale echando putas mientras la señora agarra a Lucas
y lo mete toda contenta en el cumpleaños, no se va a ir sin probar
la torta de manteca que hizo doña Luisa, que los cumplas muy felices
dice Lucas a la nena que le contesta con un borborigmo a través
de la quinta tajada de torta. Todos cantan el apio verde tuyú y
otro brindis con naranjada, pero la señora tiene una cervecita
bien helada para el señor Lucas que además va a sacar las
fotos porque ahí no tienen mucha cancha, y lucas atenti al pajarito,
ésta con flash y ésta en el patio porque la nena quiere
que también salga el jilguero, quiere.
- Bueno- dice Lucas- yo voy a tener que irme porque resulta que la Tota.
Frase eternamente inconclusa puesto que en la farmacia cunden alaridos
y toda clase de instrucciones y contraórdenes, Lucas corre a ver
y de paso a rajar, y se encuentra con el sector masculino de la familia
Salinsky y en el medio el viejo Salinsky que se ha caído de la
silla y lo traen porque viven al lado y no es cosa de molestar al doctor
si no tiene fractura de coxis o algo peor. El petiso Salinsky que es como
fierro con Lucas, se le agarra del piyama y le dice que el viejo es duro
pero que el porlan del patio es peor, razón por la cual no sería
de excluir una fractura fatal máxime cuando el viejo se ha puesto
verde y ni siquiera atina a frotarse el culo como es su costumbre habitual.
Este detalle contradictorio no se le ha escapado al viejo Olivetti que
pone a su señora al teléfono y en menos de cuatro minutos
hay una ambulancia y dos camilleros, Lucas ayuda a subir al viejo que
vaya a saber por qué le ha pasado los brazos por el pescuezo ignorando
por completo a sus hijos, y cuando Lucas va a bajarse de la ambulancia
los camilleros se la cierran en la cara porque están discutiendo
lo de Boca versus River el domingo, y no es cosa de distraerse con parentescos,
total que Lucas va a parar al suelo con el arranque supersónico,
y el viejo Salinsky desde la camilla jodete pibe, ahora vas a saber cómo
duele.
En el hospital que queda en la otra punta del ovillo Lucas tiene que explicar
el fato, pero eso es algo que lleva su tiempo en un nosocomio y usted
es de la familia, no, en realidad yo, pero entonces qué, espere
que le voy a explicar lo que pasó, está bien pero muestre
sus documentos, es que estoy en piyama, doctor, su piyama tiene dos bolsillos,
de acuerdo pero resulta que la Tota, no me va a decir que este viejo se
llama Tota, quiero decir que yo tenia que comprarle una caja de fósforos
a la tota, y en eso viene Juárez y. Está bien, suspira el
médico, bajále los calzoncillos al viejo, Morgada, usted
se puede ir. Me quedo hasta que la familia y me den plata para un taxi,
dice Lucas, así no voy a tomar el colectivo. Depende, dice el médico,
ahora se usan indumentos de alta fantasía, la moda es tan versátil,
hacéle una radio decúbito, Morgada.
Cuando los Salinsky desembocan de un taxi Lucas les da las noticias y
el petiso le larga la guita justa pero eso sí le agradece cinco
minutos la solidaridad y el compañerismo, de golpe no hay taxis
por ninguna parte y Lucas que ya no puede más se larga calle abajo
pero es raro andar en piyama fuera del barrio, nunca se le había
ocurrido que es propio como estar en pelotas, para peor ni siquiera colectivo
rasposo hasta que al final el 128 y Lucas parado entre dos chicas que
lo miran estupefactas, después una vieja que desde su asiento le
va subiendo los ojos por las rayas del piyama como para apreciar el grado
de decencia de esa vestimenta que poco disimula las protuberancias. Santa
Fe y Canning no llegan nunca y con razón porque Lucas ha tomado
el colectivo que va a Saavedra, entonces bajarse y esperar en una especie
de portero con dos arbolitos y un peine roto, la tota debe estar como
una pantera en un lavarropas, una hora y media madre querida y cuándo
carajo va a venir el colectivo.
A lo mejor ya no viene nunca se dice Lucas con una especie de siniestra
iluminación, a lo mejor esto es algo así como el alejamiento
de almotásim, piensa Lucas culto. Casi no ve llegar a la viejita
desdentada que se le arrima de a poco para preguntarle si por casualidad
no tiene un fósforo.
Julio Cortázar
El
gato de Cheshire
Un loco había volado por debajo del puente y él no podía
ser menos. Al leer la noticia en los periódicos, aún sabiendo
que era una locura, comprendió que tendría que repetir la
hazaña. Para hacerla difícil usó un aeroplano más
grande, voló de noche, fue y volvió. Y ahora, sano y salvo
en su casa, advierte que no ha terminado todavía la hazaña,
falta superar el exhibicionismo, no decir nada a nadie.
Enrique Anderson Imbert
La
marioneta
El marionetista, ebrio, se tambalea mal sostenido por invisibles y precarios
hilos. Sus ojos, en agonía alucinada, no atinan la esperanza de
un soporte. Empujado o atraído por un caos de círculos y
esguinces, trastabilla sobre el desorden de un camerino, eslabona angustias
de inestabilidad, oscila hacia el vértigo de una inevitable caída.
Y en última y frustrada resistencia, se despeña al fin como
muñeco absurdo.
La marioneta –un payaso cuyo rostro de madera asoma, tras el guiño
sonriente, una nostalgia infinita- ha observado el drama de quien le da
transitoria y ajena locomoción. Sus ojos parecen concebir lágrimas
concretas, incapaz de ceder al marionetista la trama de los hilos con
los cuales él adquiere movimiento.
Edmundo
Valadés
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