EL
ECLIPSE
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó
que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo
había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica
se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí,
sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España
distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos
Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que
confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de
indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo
ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como
el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino,
de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido
un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas
palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo
por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento
de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba
un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse
de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la
vida.
—Si me matáis —les dijo— puedo
hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé
sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño
consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé
Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios
(brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los
indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa,
una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses
solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían
previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
Augusto Monterroso
El
Ilustre Amor
1797
En el aire
fino, mañanero, de abril, avanza oscilando por la Plaza Mayor la
pompa fúnebre del quinto Virrey del Río de la Plata. Magdalena
la espía hace rato por el entreabierto postigo, aferrándose
a la reja de su ventana.
Traen al muerto desde la que fue su residencia del Fuerte, para exponerle
durante los oficios de la Catedral y del convento de las monjas capuchinas.
Dicen que viene muy bien embalsamado, con el hábito de Santiago
por mortaja, al cinto el espadín. También dicen que se le
ha puesto la cara negra.
A Magdalena le late el corazón locamente. De vez en vez se lleva
el pañuelo a los labios. Otras, no pudiendo dominarse, abandona
su acecho y camina sin razón por el aposento enorme, oscuro. El
vestido enlutado y la mantilla de duelo disimulan su figura otoñal
de mujer que nunca ha sido hermosa. Pero pronto regresa a la ventana y
empuja suavemente el tablero. Poco falta ya. Dentro de unos minutos el
séquito pasará frente a su casa.
Magdalena se retuerce las manos. ¿Se animará, se animará
a salir?
Ya se oyen los latines con claridad. Encabeza la marcha el deán,
entre los curas catedralicios y los diáconos cuyo andar se acompasa
con el lujo de las dalmáticas. Sigue el Cabildo eclesiástico,
en alto las cruces y los pendones de las cofradías. Algunos esclavos
se han puesto de hinojos junto a la ventana de Magdalena.
Por encima de sus cráneos motudos, desfilan las mazas del Cabildo.
Tendrá que ser ahora. Magdalena ahoga un grito, abre la puerta
y sale.
Afuera, la Plaza inmensa, trémula bajo el tibio sol, está
inundada de gente. Nadie quiso perder las ceremonias. El ataúd
se balancea como una barca sobre el séquito despacioso. Pasan ahora
los miembros del Consulado y los de la Real Audiencia, con el regente
de golilla. Pasan el Marqués de Casa Hermosa y el secretario de
Su Excelencia y el comandante de Forasteros. Los oficiales se turnan para
tomar, como si fueran reliquias, las telas de bayeta que penden de la
caja. Los soldados arrastran cuatro cañones viejos. El Virrey va
hacia su morada última en la Iglesia de San Juan.
Magdalena se suma al cortejo llorando desesperadamente. El sobrino de
Su Excelencia se hace a un lado, a pesar del rigor de la etiqueta, y le
roza un hombro con la mano perdida entre encajes, para sosegar tanto dolor.
Pero Magdalena no calla. Su llanto se mezcla a los latines litúrgicos,
cuya música decora el nombre ilustre: "Excmo. Domino Pedro
Melo de Portugal et Villena, militaris ordinis Sancti Jacobi..."
El Marqués de Casa Hermosa vuelve un poco la cabeza altiva en pos
de quién gime así. Y el secretario virreinal también,
sorprendido. Y los cónsules del Real Consulado. Quienes más
se asombran son las cuatro hermanas de Magdalena, las cuatro hermanas
jóvenes cuyos maridos desempeñan cargos en el gobierno de
la ciudad.
-¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Qué tendrá Magdalena?
-¿Cómo habrá venido aquí, ella que nunca deja
la casa?
Las otras vecinas lo comentan con bisbiseos hipócritas, en el rumor
de los largos rosarios.
-¿Por qué llorará así Magdalena?
A las cuatro hermanas ese llanto y ese duelo las perturban. ¿Qué
puede importarle a la mayor, a la enclaustrada, la muerte de don Pedro?
¿Qué pudo acercarla a señorón tan distante,
al señor cuyas órdenes recibían sus maridos temblando,
como si emanaran del propio Rey? El Marqués de Casa Hermosa suspira
y menea la cabeza. Se alisa la blanca peluca y tercia la capa porque la
brisa se empieza a enfriar.
Ya suenan sus pasos en la Catedral, atisbados por los santos y las vírgenes.
Disparan los cañones reumáticos, mientras depositan a don
Pedro en el túmulo que diez soldados custodian entre hachones encendidos.
Ocupa cada uno su lugar receloso de precedencias. En el altar frontero,
levántase la gloria de los salmos.
El deán comienza a rezar el oficio.
Magdalena se desliza quedamente entre los oidores y los cónsules.
Se aproxima al asiento de dosel donde el decano de la Audiencia finge
meditaciones profundas. Nadie se atreve a protestar por el atentado contra
las jerarquías. ¡Es tan terrible el dolor de esta mujer!
El deán, al tornarse con los brazos abiertos como alas, para la
primera bendición, la ve y alza una ceja. Tose el Marqués
de Casa Hermosa, incómodo. Pero el sobrino del Virrey permanece
al lado de la dama cuitada, palmeándola, calmándola.
Sólo unos metros escasos la separan del túmulo. Allá
arriba, cruzadas las manos sobre el pecho, descansa don Pedro, con sus
trofeos, con sus insignias.
-¿Qué le acontece a Magdalena?
Las cuatro hermanas arden como cuatro hachones.
Chisporrotean, celosas.
-¿Qué diantre le pasa? ¿Ha extraviado el juicio?
¿O habrá habido algo, algo muy íntimo, entre ella
y el Virrey? Pero no, no, es imposible... ¿cuándo?
Don Pedro Melo de Portugal y Villena, de la casa de los duques de Braganza,
caballero de la Orden de Santiago, gentilhombre de cámara en ejercicio,
primer caballerizo de la Reina, virrey, gobernador y capitán general
de las Provincias del Río de la Plata, presidente de la Real Audiencia
Pretorial de Buenos Aires, duerme su sueño infinito, bajo el escudo
que cubre el manto ducal, el blasón con las torres y las quinas
de la familia real portuguesa. Indiferente, su negra cara brilla como
el ébano, en el oscilar de las antorchas.
Magdalena, de rodillas, convulsa, responde a los "Dominus vobis cum".
Las vecinas se codean:
¡Qué escándalo! Ya ni pudor queda en esta tierra...
¡Y qué calladito lo tuvo!
Pero, simultáneamente, infíltrase en el ánimo de
todos esos hombres y de todas esas mujeres, como algo más recio,
más sutil que su irritado desdén, un indefinible respeto
hacia quien tan cerca estuvo del amo.
La procesión ondula hacia el convento de las capuchinas de Santa
Clara, del cual fue protector Su Excelencia. Magdalena no logra casi tenerse
en pie. La sostiene el sobrino de don Pedro, y el Marqués de Casa
Hermosa, malhumorado, le murmura desflecadas frases de consuelo. Las cuatro
hermanas jóvenes no osan mirarse.
¡Mosca muerta! ¡Mosca muerta! ¡Cómo se habrá
reído de ellas, para sus adentros, cuando le hicieron sentir, con
mil alusiones agrias, su superioridad de mujeres casadas, fecundas, ante
la hembra seca, reseca, vieja a los cuarenta años, sin vida, sin
nada, que jamás salía del caserón paterno de la Plaza
Mayor! ¿Iría el Virrey allí? ¿Iría
ella al Fuerte?
¿Dónde se encontrarían?
-¿Qué hacemos? -susurra la segunda.
Han descendido el cadáver a su sepulcro, abierto junto a la reja
del coro de las monjas. Se fue don Pedro, como un muñeco suntuoso.
Era demasiado soberbio para escuchar el zumbido de avispas que revolotea
en torno de su magnificencia displicente.
Despídese el concurso. El regente de la Audiencia, al pasar ante
Magdalena, a quien no conoce, le hace una reverencia grave, sin saber
por qué. Las cuatro hermanas la rodean, sofocadas, quebrado el
orgullo. También los maridos, que se doblan en la rigidez de las
casacas y ojean furtivamente alrededor.
Regresan a la gran casa vacía. Nadie dice palabra. Entre la belleza
insulsa de las otras, destácase la madurez de Magdalena con quemante
fulgor. Les parece que no la han observado bien hasta hoy, que sólo
hoy la conocen. Y en el fondo, en el secretísimo fondo de su alma,
hermanas y cuñados la temen y la admiran. Es como si un pincel
de artista hubiera barnizado esa tela deslucida, agrietada, remozándola
para siempre.
Claro que de estas cosas no se hablará. No hay que hablar de estas
cosas. Magdalena atraviesa el zaguán de su casa, erguida, triunfante.
Ya no la dejará. Hasta el fin de sus días vivirá
encerrada, como un ídolo fascinador, como un objeto raro, precioso,
casi legendario, en las salas sombrías, esas salas que abandonó
por última vez para seguir el cortejo mortuorio de un Virrey a
quien no había visto nunca.
Manuel
Mujica Láinez
Los pocillos
Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además
importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de
Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese
día el comentario de cajón había sido que podía
combinarse la taza de un color con el platillo de otro. "Negro con
rojo queda fenomenal", había sido el consejo estético
de Enriqueta. Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había
decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.
"El
café ya está pronto. ¿Lo sirvo?", preguntó
Mariana. La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos
en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José
Claudio contestó: "Todavía no. Esperá un ratito.
Antes quiero fumar un cigarrillo." Ahora sí ella miró
a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos
ojos no parecían de ciego.
La mano de
José Claudio empezó a moverse, tanteando el sofá.
"¿Qué buscás?", preguntó ella. "El
encendedor." "A tu derecha." La mano corrigió el
rumbo y halló el encendedor. Con ese temblor que da el continuado
afán de búsqueda, el pulgar hizo girar varias veces la ruedita,
pero la llama no apareció. A una distancia ya calculada, la mano
izquierda trataba infructuosamente de registrar la aparición del
calor. Entonces Alberto encendió un fósforo y vino en su
ayuda. "¿Por qué no lo tirás?" dijo, con
una sonrisa que, como toda sonrisa para ciegos, impregnaba también
las modulaciones de la voz. "No lo tiro porque le tengo cariño.
Es un regalo de Mariana."
Ella abrió
apenas la boca y recorrió el labio inferior con la punta de la
lengua. Un modo como cualquier otro de empezar a recordar. Fue en marzo
de 1953, cuando él cumplió 35 años y todavía
veía. Habían almorzado en casa de los padres de José
Claudio, en Punta Gorda, habían comido arroz con mejillones, y
después se habían ido a caminar por la playa. El le había
pasado un brazo por los hombros y ella se había sentido protegida,
probablemente feliz o algo semejante. Habían regresado al apartamento
y él la había besado lentamente, morosamente, como besaba
antes. Habían inaugurado el encendedor con un cigarrillo que fumaron
a medias. Ahora el encendedor ya no servía. Ella tenía poca
confianza en los conglomerados simbólicos, pero, después
de todo, ¿qué servía aún de aquella época?
"Este
mes tampoco fuiste al médico", dijo Alberto.
"No."
"¿Querés
que te sea sincero?"
"Claro."
"Me
parece una idiotez de tu parte."
"¿Y
para qué voy a ir? ¿Para oirle decir que tengo una salud
de roble, que mi hígado funciona admirablemente, que mi corazón
golpea con el ritmo debido, que mis intestinos son una maravilla? ¿Para
eso querés que vaya? Estoy podrido de mi notable salud sin ojos."
La época
anterior a la ceguera, José Claudio nunca había sido especialista
en la exteriorización de sus emociones, pero Mariana no se ha olvidado
de cómo era ese rostro antes de adquirir esta tensión, este
resentimiento. Su matrimonio había tenido buenos momentos, eso
no podía ni quería ocultarlo. Pero cuando estalló
el infortunio, él se había negado a valorar su amparo, a
refugiarse en ella. Todo su orgullo se concentró en un silencio
terrible, testarudo, un silencio que seguía siendo tal, aún
cuando se rodeara de palabras. José Claudio había dejado
de hablar de sí.
"De
todos modos debería ir", apoyó Mariana. "Acordate
de lo que siempre te decía Menéndez."
"Cómo
no, que me acuerdo: Para Usted No Está Todo Perdido. Ah, y otra
frase famosa: La Ciencia No Cree en Milagros.
Yo tampoco
creo en milagros." "¿Y por qué no aferrarte a
una esperanza? Es humano."
"¿De
veras?" Habló por el costado del cigarrillo.
Se había
escondido en sí mismo. Pero Mariana no estaba hecha para asistir,
simplemente para asistir, a un reconcentrado. Mariana reclamaba otra cosa.
Una mujercita para ser exigida con mucho tacto, eso era. Con todo, había
bastante margen para esa exigencia; ella era dúctil. Toda una calamidad
que él no pudiese ver; pero esa no era la peor desgracia. La peor
desgracia era que estuviese dispuesto a evitar, por todos los medios a
su alcance, la ayuda de Mariana. El menospreciaba su protección.
Y Mariana hubiera querido -sinceramente, cariñosamente, piadosamente-
protegerlo.
Bueno, eso
era antes; ahora no. El cambio se había operado con lentitud. Primero
fue un decaimiento de la ternura. El cuidado, la atención, el apoyo,
que desde el comienzo estuvieron rodeados de un halo constante de cariño,
ahora se habían vuelto mecánicos. Ella seguía siendo
eficiente, de eso no cabía duda, pero no disfrutaba manteniéndose
solícita. Después fue un temor horrible frente a la posibilidad
de una discusión cualquiera. El estaba agresivo, dispuesto siempre
a herir, a decir lo más duro, a establecer su crueldad sin posible
retroceso. Era increíble cómo hallaba a menudo, aún
en las ocasiones menos propicias, la injuria refinadamente certera, la
palabra que llegaba hasta el fondo, el comentario que marcaba a fuego.
Y siempre desde lejos, desde muy atrás de su ceguera, como si ésta
oficiara de muro de contención para el incómodo estupor
de los otros.
Alberto se
levantó del sofá y se acercó al ventanal.
"Que
otoño desgraciado", dijo, "¿Te fijaste?"
La pregunta era para ella.
"No",
respondió José Claudio. "Fijate vos por mí."
Alberto la
miró. Durante el silencio, se sonrieron. Al margen de José
Claudio, y sin embargo, apropósito de él. De pronto Mariana
supo que se había puesto linda. Siempre que miraba a Alberto se
ponía linda. El se lo había dicho por primera vez la noche
del 23 de abril del año pasado, hacía exactamente un año
y ocho días: una noche en que José Claudio le había
gritado cosas muy feas, y ella había llorado, desalentada, torpemente
triste, durante horas y horas, es decir, hasta que había encontrado
el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura. ¿De
dónde extraería Alberto esa capacidad para entender a la
gente? Ella estaba con él, o simplemente lo miraba, y sabía
de inmediato que él la estaba sacando del apuro. "Gracias",
había dicho entonces. Y todavía ahora la palabra llegaba
a sus labios directamente desde su corazón, sin razonamientos intermediarios,
sin usura. Su amor hacia Alberto había sido en sus comienzos gratitud,
pero eso (que ella veía con toda nitidez) no alcanzaba a depreciarlo.
Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco
provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le
había agradecido que él, tan brillante, tan lúcido,
tan sagaz, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. Había
fallado en lo otro, en eso de provocar la gratitud, y había fallado
tan luego en la ocasión más absurdamente favorable, es decir,
cuando él parecía necesitarla más.
A Alberto,
en cambio, le agradecía el impulso inicial, la generosidad de ese
primer socorro que la había salvado de su propio caos, y, sobre
todo, ayudado a ser fuerte. Por su parte, ella había provocado
su gratitud, claro que sí. Porque Alberto era un alma tranquila,
un respetuoso de su hermano, un fanático del equilibrio, pero también,
y en definitiva, un solitario. Durante años y años, Alberto
y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa,
que se detenía con espontánea discreción en los umbrales
del tuteo y sólo en contadas ocasiones dejaba entrever una solidaridad
algo más profunda. Acaso Alberto envidiara un poco la aparente
felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que
él consideraba encantadora. En realidad, no hacía mucho
que Mariana había obtenido a confesión de que la imperturbable
soltería de Alberto se debía a que toda posible candidata
era sometida a una imaginaria y desventajosa comparación.
"Y ayer
estuvo Trelles", estaba diciendo José Claudio, "a hacerme
la clásica visita adulona que el personal de la fábrica
me consagra una vez por trimestre. Me imagino que lo echarán a
la suerte y el que pierde se embroma y viene a verme."
"También
puede ser que te aprecien", dijo Alberto, "que conserven un
buen recuerdo del tiempo en que los dirigías, que realmente estén
preocupados por tu salud. No siempre la gente es tan miserable como te
parece de un tiempo a esta parte."
"Qué
bien. Todos los días se aprende algo nuevo." La sonrisa fue
acompañada de un breve resoplido, destinado a inscribirse en otro
nivel de ironía.
Cuando Mariana
había recurrido a Alberto en busca de protección, de consejo,
de cariño, había tenido de inmediato la certidumbre de que
a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba
tan necesitado de amparo como ella misma, de que allí, todavía
tensa de escrúpulos y quizás de pudor, había una
razonable desesperación de la que ella comenzó a sentirse
responsable. Por eso, justamente, había provocado su gratitud,
por no decírselo con todas las letras, por simplemente dejar que
él la envolviera en su ternura acumulada de tanto tiempo atrás,
por sólo permitir que él ajustara a la imprevista realidad
aquellas imágenes de ella misma que había hecho transcurrir,
sin hacerse ilusiones, por el desfiladero de sus melancólicos insomnios.
Pero la gratitud pronto fue desbordada. Como si todo hubiera estado dispuesto
para la mutua revelación, como si sólo hubiera faltado que
se miraran a los ojos para confrontar y compensar sus afanes, a los pocos
días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos
menudearon. Mariana sintió de pronto que su corazón se había
ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.
"Ahora
sí podés calentar el café", dijo José
Claudio, y Mariana se inclinó sobre la mesita ratona para encender
el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo
había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos
así, formando un triángulo.
Después
se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró
lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla.
Qué delicia, Dios mío. La mano empezó a moverse suavemente
y los dedos largos, afilados, se introdujeron por entre el pelo. La primera
vez que Alberto se había animado a hacerlo, Mariana se había
sentido terriblemente inquieta, con los músculos anudados en una
dolorosa contracción que le había impedido disfrutar de
la caricia. Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar.
Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie
de protección divina.
Sentado frente
a ellos, José Claudio respiraba normalmente, casi con beatitud.
Con el tiempo, la caricia de Alberto se había convertido en una
especie de rito y, ahora mismo, Mariana estaba en condiciones de aguardar
el movimiento próximo y previsto. Como todas las tardes, la mano
acarició el pescuezo, rozó apenas la oreja derecha, recorrió
lentamente la mejilla y el mentón. Finalmente se detuvo sobre los
labios entreabiertos. Entonces ella, como todas las tardes, besó
silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos.
Cuando los abrió, el rostro de José Claudio era el mismo.
Ajeno, reservado, distante. Para ella, sin embargo, ese momento incluía
siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de
ser, ya que en el ejercicio de esa caricia púdica, riesgosa, insolente,
ambos habían llegado a una técnica tan perfecta como silenciosa.
"No
lo dejes hervir", dijo José Claudio.
La mano de
Alberto se retiró y Mariana volvió a inclinarse sobre la
mesita. Retiró el mechero, apagó la llamita con la tapa
de vidrio, llenó los pocillos directamente desde la cafetera.
Todos los
días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería
el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para
ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido,
pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña,
apretada sonrisa. Se encontró además, con unas palabras
que sonaban más o menos así: "No, querida. Hoy quiero
tomar en el pocillo rojo."
Mario Benedetti
Me
encanta Dios
Me encanta Dios. Es un viejo magnífico
que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces
se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente.
Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con
las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma,
o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero
esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande
se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña,
que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte:
para que la vida - no tú ni yo - la vida, sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang...
Pero ¿que importa si el universo se expande interminablemente o
se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mi me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien
el tránsito en el camino de las hormigas. y es tan juguetón
y travieso que el otro día descubrí que ha hecho frente
al ataque de los antibióticos con ¡bacterias mutantes!
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos
de plomo de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera
increíble.
Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando
pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales
de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero
esto es mentira. Es la tierra que cambia- y se agita y crece- cuando Dios
se aleja.
Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis
padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos,
la mujer mas amada, el perrito y la pulga, la piedra mas antigua, el pétalo
mas tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo
de luz, el manantial que soy.
A mi me gusta, a mi me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.
Jaime Sabines
La
Casa de Asterión
Sé
que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez
de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo)
son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también
es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están
abiertas día y noche a los hombres y también a los animales.
Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí
ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la
soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de
la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.)
Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa.
Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero.
¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré
que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer
he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el
temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas,
como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido
llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que
me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba;
unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros
juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano
fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia
lo quiera.
El hecho es que soy
único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros
hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el
arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida
en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás
he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa
no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque
las noches y los días son largos.
Claro que
no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro
por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo
a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me
buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme.
A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y
la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces
ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero
de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo
que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias
le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos
en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta
o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás
cómo el sótano se bifurca.
A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he
imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas
las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro
lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce
[son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es
del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a
fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías
de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas
y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche
me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares
y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos
cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado
sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y
el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve
años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de
todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de
piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos.
Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron,
quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería
de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos
profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría
mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que
vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído
alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá
me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo
será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un
hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O
será como yo?
El sol de la mañana
reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio
de sangre.
-¿Lo creerás,
Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
Jorge Luis Borges
Los
amigos
En
ese juego todo tenía que andar rápido. Cuando el Número
Uno decidió que había que liquidar a Romero y que el Número
Tres se encargaría del trabajo, Beltrán recibió la
información pocos minutos más tarde. Tranquilo pero sin
perder un instante, salió del café de Corrientes y Libertad
y se metió en un taxi. Mientras se bañaba en su departamento,
escuchando el noticioso, se acordó de que había visto por
última vez a Romero en San Isidro, un día de mala suerte
en las carreras. En ese entonces Romero eta un tal Romero, y él
un tal Beltrán; buenos amigos antes de que la vida los metiera
por caminos tan distintos. Sonrió casi sin ganas, pensando en la
cara que pondría Romero al encontrárselo de nuevo, pero
la cara de Romero no tenía ninguna importancia y en cambio había
que pensar despacio en la cuestión del café, y del auto.
Era curioso que al Número Uno se le hubiera ocurrido hacer matar
a Romero en el café de Cochabamba y Piedras, y a esa hora; quizá,
si había que creer en ciertas informaciones, el Número Uno
ya estaba un poco viejo. De todos modos, la torpeza de la orden le daba
una ventaja: podía sacar el auto del garaje, estacionarlo con el
motor en marcha por el lado de Cochabamba, y quedarse esperando a que
Romero llegara como siempre a encontrarse con los amigos a eso de las
siete de la tarde. Si todo salía bien evitaría que Romero
entrase en el café, y al mismo tiempo que los del café vieran
o sospecharan su intervención. Era cosa de suerte y de cálculo,
un simple gesto (que Romero no dejaría de ver, porque era un lince),
y saber meterse en el tráfico y pegar la vuelta a toda máquina.
Si los dos hacían las cosas como era debido -y Beltrán estaba
tan seguro de Romero como de él mismo- todo quedaría despachado
en un momento. Volvió a sonreír pensando en la cara del
Número Uno cuando más tarde, bastante más tarde,
lo llamara desde algún teléfono público para informarle
de lo sucedido.
Vistiéndose despacio, acabó el atado de
cigarrillos y se miró un momento al espejo. Después sacó
otro atado del cajón, y antes de apagar las luces comprobó
que todo estaba en orden. Los gallegos del garaje le tenían el
Ford como una seda. Bajó por Chacabuco, despacio, y a las siete
menos diez se estacionó a unos metros de la puerta del café,
después de dar dos vueltas a la manzana esperando que un camión
de reparto le dejara el sitio. Desde donde estaba era imposible que los
del café lo vieran. De cuando en cuando apretaba un poco el acelerador
para mantener el motor caliente; no quería fumar, pero sentía
la boca seca y le daba rabia.
A las siete menos cinco vio venir a Romero por la vereda
de enfrente; lo reconoció enseguida por el chambergo gris y el
saco cruzado. Con una ojeada a la vitrina del café, calculó
lo que tardaría en cruzar la calle y llegar hasta ahí. Pero
a Romero no podía pasarle nada a tanta distancia del café,
era preferible dejarlo que cruzara la calle y subiera a la vereda. Exactamente
en ese momento, Beltrán puso el coche en marcha y sacó el
brazo por la ventanilla. Tal como había previsto, Romero lo vio
y se detuvo sorprendido.
La primera bala le dio entre los ojos, después
Beltrán tiró al montón que se derrumbaba. El Ford
salió en diagonal, adelantándose limpio a un tranvía,
y dio la vuelta por Tacuarí. Manejando sin apuro, el Número
Tres pensó que la última visión de Romero había
sido la de un tal Beltrán, un amigo del hipódromo en otros
tiempos.
Julio
Cortázar
Mi
vida con la ola
Cuando
deje aquel mar, una ola se adelanto entre todas. Era esbelta y ligera.
A pesar de los gritos de las otras, que la detenian por el vestido flotante,
se colgo de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle nada,
porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además,
las miradas colericas de las mayores me paralizaron.
Cuando llegamos al
pueblo, le expliqué que no podía ser, que la vida en la
ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de ola que nunca ha
salido del mar. Me miro seria: "Su decisión estaba tomada.
No podia volver." Intente dulzura, dureza, ironía. Ella lloro,
grito, acaricio, amenazo. Tuve que pedirle perdón. Al día
siguiente empezaron mis penas. Cómo subir al tren sin que nos vieran
el conductor, los pasajeros, la policia? Es cierto que los reglamentos
no dicen nada respecto al transporte de olas en los ferrocarriles, pero
esa misma reserva era un indicio de la severidad con que se juzgaría
nuestro acto.
Tras de mucho cavilar
me presente en la estación una hora antes de la salida, ocupé
mi asiento y, cuando nadie me veía, vacié el depósito
de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente, vertí en él
a mi amiga.
El primer
incidente surgió cuando los niños de un matrimonio vecino
declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí
refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acerco otra
sedienta. Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante
me detuvo. La señora tomo un vasito de papel, se acerco al depósito
y abrio la llave . Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse
de un salto entre ella y mi amiga. La señora me miro con asombro.
Mientras pedía disculpas, uno de los niños volvio abrir
el depósito.
Lo cerré con violencia.
La señora
se llevo el vaso a los labios: -Ay el agua esta salada. El niño
le hizo eco. Varios pasajeros se levantaron. El marido llamo al Conductor:
-Este individuo echo sal al agua. El Conductor llamo al Inspector: -Conque
usted echo substancias en el agua? El Inspector llamo al Policia en turno:
-Conque usted echo veneno al agua? El Policia en turno llamo al Capitan:
- Conque usted es el envenenador? El Capitán llamo a tres agentes.
Los agentes me llevaron a un vagón solitario, entre las miradas
y los cuchicheos de los pasajeros.
En la primera estacion me bajaron y a empujones me arrastraron a la cárcel.
Durante dias no se me hablo, excepto durante los largos interrogatorios.
Cuando contaba mi caso nadie me creia, ni siquiera el carcelero, que movia
la cabeza, diciendo: "El asunto es grave, verdaderamente grave. No
había querido envenenar a unos niños?" Una tarde me
llevaron ante el Procurador. -Su asunto es difícil -repitió-.
Voy a consignarlo al Juez Penal. Así paso un año. Al fin
me juzgaron. Como no hubo víctimas, mi condena fue ligera. Al poco
tiempo, llego el dia de la libertad. El Jefe de la Prisión me llamo:
-Bueno, ya esta libre. Tuvo suerte. Gracias a que no hubo desgracias.
Pero que no se vuelva a repetir, por que la proxima le costara caro...
Y me miro con la misma mirada seria con que todos me veian.
Esa misma
tarde tome el tren y luego de unas horas de viaje incómodo llegue
a México. Tome un taxi y me dirigí a casa. Al llegar a la
puerta de mi departamento oí risas y cantos. Sentí un dolor
en el pecho, como el golpe de la ola de la sorpresa cuando la sorpresa
nos golpea en pleno pecho: mi amiga estaba alli, cantando y riendo como
siempre. -Cómo regresaste? -Muy fácil: en el tren. Alguien,
después de cerciorarse de que sólo era agua salada, me arrojo
en la locomotora. Fue un viaje agitado: de pronto era un penacho blanco
de vapor, de pronto caía en lluvia fina sobre la máquina.
Adelgace mucho. Perdí muchas gotas. Su presencia cambio mi vida.
La casa de pasillos obscuros y muebles empolvados se lleno de aire, de
sol, de rumores y reflejos verdes y azules, pueblo numeroso y feliz de
reverberaciones y ecos.
Cuántas
olas es una ola o como puede hacer playa o roca o rompeolas un muro, un
pecho, una frente que corona de espumas! Hasta los rincones abandonados,
los abyectos rincones del polvo y los detritus fueron tocados por sus
manos ligeras. Todo se puso a sonreir y por todas partes brillaban dientes
blancos.
El sol entraba con gusto en las viejas habitaciones y se quedaba en casa
por horas, cuando ya hacia tiempo que habia abandanado las otras casas,
el barrio, la ciudad, el país. Y varias noches, ya tarde, las escandalizadas
estrellas lo vieron salir de mi casa, a escondidas. El amor era un juego,
una creacion perpetua. Todo era playa, arena, lecho de sábanas
siempre frescas. Si la abrazaba, ella se erguia, increiblemente esbelta,
como tallo liquido de un chopo; y de pronto esa delgadez florecia en un
chorro de plumas blancas, en un penacho de risas de caian sobre mi cabeza
y mi espalda y me cubrian de blancuras. O se extendia frenta a mi, infinita
como el horizonte, hasta que yo también me hacia horizonte y silencio.
Plena y sinuosa, me elvolvia como una musica o unos labios inmensos. Su
presencia era un ir y venir de caricias, de rumores, de besos.
Entraba en sus aguas, me ahogaba a medias y en un cerrar de ojos me encontraba
arriba, en lo alto del vertigo, misteriosamente suspendido, para caer
despues como una piedra , y sentirme suavemente depositado en lo seco,
como una pluma. Nada es comparable a dormir mecido en las aguas, si no
es despertar golpeado por mil alegres latigos ligeros, por arremetidas
que se retiran riendo.
Pero jamás
llegue al centro de su ser. Nunca toque el nudo del ay y de la muerte.
Quiza en las olas no existe ese sitio secreto que hace vulnerable y mortal
a la mujer, ese pequeño boton electrico donde todo se enlaza, se
crispa y se yergue, para luego desfallecer . Su sensibilidad, como las
mujeres, se propagaba en ondas, solo que no eran ondas concentricas, sino
excentricas, que se extendian cada vez mas lejos, hasta tocar otros astros.
Amarla era prolongarse en contactos remotos, vibrar con estrellas lejanas
que no sospechamos.
Pero su centro... no, no tenia centro, sino un vacio parecido al de los
torbellinos, que me chupaba y me asfixiaba.
Tendido el
uno al lado de otro , cambiabamos confidencias, cuchicheos, risas. Hecha
un ovillo, caia sobre mi pecho y alli se desplegaba como una vegetacion
de rumores. Cantaba a mi oido, caracola. Se hacia humilde y transparente,
echada a mis pies como un animalito, agua mansa. Era tan limpìda
que podia leer todos sus pensamientos. Ciertas noches su piel se cubria
de fosforecencias y abrazarla era abarazar un pedazo de noche tatuada
de fuego. Pero se hacia tambien negra y amarga. A horas inesperadas mugia,
suspiraba, se retorcia.
Sus gemidos despertaban a los vecinos. Al oirla el viento del mar se ponia
a rascar la puerta de la casa o deliraba en voz alta por alas azoteas.
Los dias nublados la irritaban; rompia muebles, decia malas palabras,
me cubria de insultos y de una espuma gris y verdosa. Escupia, lloraba,
juraba, profetizaba. Sujeta a la luna, las estrellas, al influjo de la
luz de otros mundos, cambiaba de humor y de semblante de una manera que
a mi me parecia fantastica, pero que era tal como la marea.
Empezo a quejarse
de soledad. Llene la casa de caracolas y conchas, pequeños barcos
veleros, que en sus dias de furia hacia naufragar (junto con los otros,
cargados de imagenes, que todas las noches salian de mi frente y se hundia
en sus feroces o graciosos torbellinos). Cuantos pequeños tesoros
se perdieron en ese tiempo! Pero no le bastaban mis barcos ni el canto
silencioso de las caracolas. Confieso que no sin celos los veia nadar
en mi amiga, acariciar sus pechos, dormir entre sus piernas, adornar su
cabellera con leves relampagas de colores. Entre todos aquellos peces
habia unos particularmente repulsivos y feroces, unos pequeños
tigres de acuario, grandes ojos fijos y bocas hendidas y carniceras. No
se por que aberracion mi amiga se complacia en jugar con ellos, mostrandoles
sin rubor una preferencia cuyo significado prefiero ignorar. Pasaba largas
horas encerrada con aquellas horribles criaturas.
Un día no pude
mas; eche abajo la puerta y me arroje sobre ellos. Agiles y fantasmales,
se me escapaban entre als manos mientras ella reia y me golpeaba hasta
derribarme. Senti que me ahogaba. Y cuando estaba a punto de morir, morado
ya, me deposito en la orilla y empezo a besarme, y humillado. Y al mismo
tiempo la voluptuosidad me hizo cerrar los ojos. Porque su voz era dulce
y me hablaba de la muerte deliciosa de loas ahogados.
Cuando volvi en mi,
empece a temerla y a odiarla. Tenia descuidados mis asuntos. Empece a
frecuentar los amigos y reanude viejas y queridas relaciones. Encontre
a una amiga de juventud. Haciendole jurar que me guardaria el secreto,
le conte mi vida con la ola. Nada conmueve tanto a las mujeres como la
posibildad de salvar a un hombre.
Mi redentora
empleo todas sus artes, pero, qué podia una mujer, dueña
de un número limitado de almas y cuerpos, frente a mi amiga, siempre
cambiante - y siempre identica a si misma en su metamorfosis incesantes?
Vino el invierno. El cielo se volvio gris. La niebla cayo sobre la ciudad.
Lovia una llovizna helada. Mi amiga gritaba todas las noches. Durante
el día se aislaba, quieta y siniestra, mascullando una sola silaba,
como una vieja que rezonga en un rincon. Se puso fria; dormir con ella
era tirar toda la noche y sentir como se helaba paulatinamente la sangre,
los huesos, los pensamientos. Se volvio impenetrable, revuelta. Yo salia
con frecuencia y mis ausencias eran cada vez mas prolongadas. Ella, en
su rincón, aullaba largamente. Con dientes acerados y lengua corrosiva
roia los muros, desmoronaba las paredes. Pasaba las noches en vela, haciendome
reproches. Tenía pesadillas, deliraba con el sol, con un gran trozo
de hielo, navegando bajo cielos negros en noches largas como meses. Me
injuriaba. Maldecía y reía; llenaba la casa de carcajadas
y fantasmas.
Llamaba a los monstruos de las profundidades, ciegos, rapidos y obtusos.
Cargada de electricidad, carbonizaba lo que rozaba. Sus dulces brazos
se volvieron cuerdas asperas que me estrangulaban. Y su cuerpo verdoso
y elástico, era un látigo implacable, que golpeaba, golpeaba,
golpeaba.
Huí.
los horribles peces reían con risa feroz. Allà en las montañas,
entre los altos pinos y los despeñaderos, respire el aire frio
y fino como un pensamiento de libertad. Al cabo de un mes regresé.
Estaba decidido.
Había hecho tanto frío que encontré sobre el marmol
de la chimenea, junto al fuego extinto, una estatua de hielo. No me conmovió
su aborrecida belleza. Le eché en un gran saco de lona y salí
a la calle, con la dormida a cuestas. En un restaurante de las afueras
la vendí a un cnatinero amigo, que inmediantamente empezó
a picarla en pequeños trozos, que depositó cuidadosamente
en las cubetas donde se enfrían las botellas.
Octavio
Paz
La
salvación
Ésta
es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor
paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá
del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda
de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última
obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones
técnica y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió
en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió
la causa. "¿Cómo un ser tan ínfimo" - sin
duda estaba pensando el tirano - "es capaz de lo que yo, pastor de
pueblos, soy incapaz?".
Entonces
un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado
por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría.
"Por humildes que sean" - dijo indicando el pájaro -
"hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros".
Adolfo Bioy Casares
Celebración
de la fantasía
Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había
despedido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las
ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo,
se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía
darle la lapicera que tenía, por que la estaba usando en no sé
que aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito
en la mano.
Súbitamente,
se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado
de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que
yo les dibujara bichos en sus manitas cuarteadas de mugre y frío,
pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor
y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas
y no faltaba los que pedían un fantasma o un dragón.
Y
entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas
de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra
en su muñeca:
-Me
lo mandó un tío mío, que vive en Lima -dijo
-Y
anda bien -le pregunté
-Atrasa
un poco -reconoció.
Eduardo
Galeano
Remedios
la bella
Uno
de los personajes más fascinantes de Macondo. Remedios es una mujer
bellísima y extraña, elemental y pura, que vive como ajena
a la vida ordinaria. Su belleza enciende el deseo de los hombres, pero
aquellos que intentan consumarlo mueren de forma inesperada. Veamos el
poético final de la historia de tan insólita mujer.
La suposición
de que Remedios, la bella, poseía poderes de muerte, estaba entonces
sustentada por cuatro hechos irrebatibles. Aunque algunos hombres ligeros
de palabra se complacían en decir que bien valía sacrificar
la vida por una noche de amor con tan conturbadora mujer, la verdad fue
que ninguno hizo esfuerzos por conseguirlo. Tal vez, no sólo para
rendirla sino también para conjurar sus peligros, habría
bastado con un sentimiento tan primitivo, y simple como el amor, pero
eso fue lo único que no se le ocurrió a nadie.
Úrsula no volvió a ocuparse de ella. En otra época,
cuando todavía no renunciaba al propósito de salvarla para
el mundo, procuró que se interesara por los asuntos elementales
de la casa. "Los hombres piden más de lo que tú crees",
le decía enigmáticamente. "Hay mucho que cocinar, mucho
que barrer, mucho que sufrir por pequeñeces, además de lo
que crees." En el fondo se engañaba a sí misma tratando
de adiestrarla para la felicidad doméstica,, porque estaba convencida
de que, una vez satisfecha la pasión, no había un hombre
sobre la tierra capaz de soportar así fuera por un día una
negligencia que estaba más allá de toda comprensión.
El nacimiento del último José Arcadio, y su inquebrantable
voluntad de educarlo para Papa, terminaron por hacerla desistir de sus
preocupaciones por la bisnieta. La abandonó a su suerte, confiando
que tarde o temprano ocurriera un milagro, y que en este mundo donde había
de todo hubiera también un hombre con suficiente cachaza para cargar
con ella. Ya desde mucho antes, Amaranta había renunciado a toda
tentativa de convertirla en una mujer útil. Desde las tardes olvidadas
del costurero, cuando la sobrina apenas se interesaba por darle vuelta
a la manivela de la máquina de coser, llegó a la conclusión
simple de que era boba. "Vamos a tener que rifarte", le decía,
perpleja ante su impermeabilidad a la palabra de los hombres.
Más tarde, cuando Úrsula se empeñó en que
Remedios, la bella, asistiera a misa con la cara cubierta con una mantilla,
Amaranta pensó que aquel recurso misterioso resultaría tan
provocador, que muy pronto habría un hombre lo bastante intrigado
como para buscar con paciencia el punto débil de su corazón.
Pero cuando vio la forma insensata en que despreció a un pretendiente
que por muchos motivos era más apetecible que un príncipe,
renunció a toda esperanza. Fernanda no hizo siquiera la tentativa
de comprenderla. Cuando vio a Remedios, la bella, vestida de reina en
el carnaval sangriento, pensó que era una criatura extraordinaria.
Pero cuando la vio comiendo con las manos, incapaz de dar una respuesta
que no fuera un prodigio de simplicidad, lo único que lamentó
fue que los bobos de familia tuvieran una vida tan larga. A pesar de que
el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo
que Remedios, la bella, era en realidad el ser más lúcido
que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento
con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la
buena de Dios. Remedios, la bella, se quedó vagando por el desierto
de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños
sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin
horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una
tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas
de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había
empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la bella, estaba
transparentada por una palidez intensa.
-¿Te
sientes mal? -le preguntó.
Remedios,
la bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo,
hizo una sonrisa de lástima.
-Al contrario
-dijo-, nunca me he sentido mejor.
Acabó
de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz
le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó
en toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los
encajes de sus pollerones y trató de agarrarse de la sábana
para no caer, en el instante en que Remedios, la bella, empezaba a elevarse.
Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para
identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las
sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la bella, que le
decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de
las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella
el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través
del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella
para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los
más altos pájaros de la memoria.
Gabriel García Márquez
Acuérdate
Acuérdate
de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquel que
dirigía las pastorelas y que murió recitando el "rezonga,
ángel maldito" cuando la época de la influencia. De
esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de
él. Acuérdate que le decíamos el Abuelo por aquello
de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy
juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían
la Arremangada, y la otra, que era requetealta y que tenía los
ojos zarcos; y que hasta se decía que ni era suya y que por más
señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que
armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación
soltaba su ataque de hipo, que parecía como si se estuviera riendo
y llorando a la vez, hasta que la sacaban afuera y le daban tantita agua
con azúcar y entonces se calmaba.
Ésa
acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera
que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el
molino de linaza de los Teódulos.
Acuérdate.
Acuérdate
que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida
en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice
que tuvo su dinero pero se lo acabó en los entierros, pues todos
los hijos se le morían de recién nacidos y siempre les mandaba
cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre músicas
y coros de monaguillos que cantaban "hosannas" y "glorias"
y la canción esa de "ahí te mando; Señor, otro
angelito". De eso se quedó pobre, porque le. resultaba caro
cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del
velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron
pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último
parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.
La
debes haber conocido, pues era realegadora y cada rato andaba en pleito
con las marchantas en la plaza del mercado porque le querían dar
muy caro los jitomates; pegaba de gritos y decía que la estaban
robando. Después, ya de pobre, se le veía rondando entre
la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que
otro cañuto de caña "para que se les endulzara la boca
a sus hijos".
Tenía
dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron.
Después
no se supo ya de ella.
Ese
Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos
meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las
trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y
nosotros se las comprábamos cuando lo más fácil era
ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba
del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que
compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía
a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en la bolsa:
canicas ágatas, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de
esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy
lejos.
Nos
traficaba a todos, acuérdate.
Era
cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió menso a los
pocos días de casado y que Natalia, su mujer, para mantenerse,
tuvo que poner un puesto de tepache en la garita del camino real, mientras
Nachito se vivía tocando canciones todas desafinadas en una mandolina
que le prestaban en la peluquería de don Refugio, nosotros íbamos
con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache, que siempre le.
quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca
teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos,
porque todos al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera
a cobrarnos.
Quizá
entonces se volvió malo, o quizá ya era de nacimiento.
Lo
expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron
con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de
los lavaderos, metidos en un aljibe seco.
Lo
sacaron de las orejas por la puerta grande entre la risión de todos,
pasándolo por en medio de una fila de muchachos y muchachas para
avergonzarlo.
Y
él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándonos
a todos con la mano y como diciendo: "Ya me las pagarán caro."
Y
después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada
raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto;
un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido
de coyote.
Sólo
que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.
Dicen
que su tío Fidencio, el del trapiche, le arrimó una paliza
que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se
fue del pueblo.
Lo
cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta
por aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza
de armas, sentado en una banca con la carabina entre las piernas y mirando
con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie.
Y
si uno lo miraba, él se hacía el desentendido como si no
conociera a la gente.
Fue
entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina.
Al
Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito
después de las ocho y cuando todavía estaban tocando las
campanas el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos, y la
gente que estaba en la iglesia rezando el rosario salió a la carrera
y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba
con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con
el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso,
como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí
se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina
y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del
jardín, donde se estuvo tendido.
Allí
lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes
estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al
padre cura, pero que él no se la dio.
Lo
detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar
llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró
la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que
más le gustaba para que lo ahorcaran.
Tú
te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela
y lo conociste como yo.
Juan
Rulfo
El
extraño
Infeliz
es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza.
Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos
y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras
de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de
árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que
agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo
que los dioses me destinaron... a mí, el aturdido, el frustrado,
el estéril, el arruinado; sin embargo, me siento extrañamente
satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos
cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el
otro.
No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente
horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la
mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de
los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y
por doquier se percibía un olor maldito, como de pilas de cadáveres
de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía
encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio;
tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban
por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba
el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi
en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado
muro poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo.
Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades; sin embargo, no
puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente
salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo
que, quienquiera que me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente
viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona
viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y
deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de
grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra
cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba
estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales
que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros
mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro
alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado
en todos esos años voces humanas..., ni siquiera la mía;
ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada
nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo
una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en
el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de
las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros.
Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos
y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había
leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres,
en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté
de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras
se hacían más densas y el aire más impregnado de
crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente
por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre
silencio.
Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba
y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra
soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer
inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre
en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior
e ignoto.
Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor
era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado
jamás el día.
A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños
de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí
en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía
un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso
era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso
y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos.
Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que
por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se
disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado,
me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué
no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado
hacia abajo. Se me antojó que la noche había caído
de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en
busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera
y arriba y calcular a qué altura me encontraba.
De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a
ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí
que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía
haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé
la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo
que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre,
aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer;
hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto
donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando
la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso
avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos
iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión
había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía
a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre
inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara
de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto
tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé
en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra,
oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la
esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas
ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la
pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera
el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído.
Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron
amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles
cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba
y más me preguntaba qué extraños secretos podía
albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo
subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco
de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa
a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta
estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos
los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, me invadió
el éxtasis más puro jamás conocido; a través
de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata
de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta,
brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena,
a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas
visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.
Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí
rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja;
pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y
en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía
muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras
un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor a precipitarme
desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió
a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el
de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes
podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las
extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama
en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente
en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles
vistas desde una altura imponente, se extendía a mi alrededor,
al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en
compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas,
y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba
fantasmagóricamente a la luz de la luna.
Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome
por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones.
Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía
en ella ese frenético anhelo de luz; ni siquiera el pasmoso descubrimiento
de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba,
si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba
resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No
sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían
ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía
mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido
recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin
rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino,
otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas
en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en
tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar
a nado un rápido río cuyos restos de mampostería
agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué
a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de
hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante
familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades.
Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres
que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían
nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé
con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas,
inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de
la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una
de ellas, miré al interior y vi un grupo de personas extrañamente
vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás
había oído la voz humana, apenas sí podía
adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones
que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran
absolutamente ajenas.
Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente
iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de
esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó
en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más
aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado
de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un
inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba
los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más
espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y
del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los
que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos
y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando
los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento
de ganar alguna de las numerosas puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez
más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a
temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin
que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío,
pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar
una presencia... un amago de movimiento del otro lado del arco dorado
que conducía a otra habitación, similar a la primera. A
medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia
con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido
que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó
casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible
intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que,
por obra de su mera aparición, había convertido una alegre
reunión en una horda de delirantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía,
pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal
y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud
y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino;
la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería
ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o
al menos había dejado de serlo-, y, sin embargo, con enorme horror
de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían,
una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas
y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más
aún.
Estaba casi paralizado, poro no tanto como para no hacer un débil
esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás
que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo
sin voz y sin nombre.
Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los
miraba fijamente, se negaban a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras
el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté
de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado
que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo,
el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome,
di unos pasos hacia adelante para no caer.
Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la
proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi
la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no
obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que
se acercaba más y más, cuando de pronto mis dedos tocaron
la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del
arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan
en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron
caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.
Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más
allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí
el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible,
la impía abominación que se erguía ante mí,
mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.
Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura,
y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante
olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo
se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre
sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché
a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné
al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré
que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté,
ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles.
Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de
la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka,
en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo.
Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre
las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría,
salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide;
y, sin embargo, en mi nueva y salvaje libertad agradezco casi la amargura
de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un
extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún
son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia
esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí
mis dedos y toqué la fría e inexorable superficie de pulido
espejo.
H.P. Lovecraft
El
puente
Yo era rígido
y frío, yo estaba tendido sobre un precipicio; yo era un puente.
En un extremo estaban las puntas de los pies; al otro, las manos, aferradas;
en el cieno quebradizo clavé los dientes, afirmándome. Los
faldones de mi chaqueta flameaban a mis costados. En la profundidad rumoreaba
el helado arroyo de las truchas.
Ningún turista se animaba hasta estas alturas intransitables, el
puente no figuraba aún en ningún mapa.
Así yo yacía y esperaba; debía esperar. Todo puente
que se haya construido alguna vez, puede dejar de ser puente sin derrumbarse.
Fué
una vez hacia el atardecer -no sé si el primero y el milésimo-,
mis pensamientos siempre estaban confusos, giraban siempre en redondo;
hacia ese atardecer de verano; cuando el arroyo murmuraba oscuramente,
escuché el paso de un hombre. A mí, a mí. Estírate
puente, ponte en estado, viga sin barandales, sostén al que te
ha sido confiado. Nivela imperceptiblemente la inseguridad de su paso;
si se tambalea, date a conocer y, como un dios de la montaña, ponlo
en tierra firme.
Llegó
y me golpeteó con la punta metálica de su bastón,
luego alzó con ella los faldones de mi casaca y los acomodó
sobre mi. La punta del bastón hurgó entre mis cabellos enmarañados
y la mantuvo un largo rato ahí, mientras miraba probablemente con
ojos salvajes a su alrededor. fué entonces -yo soñaba tras
él sobre montañas y valles- que saltó, cayendo con
ambos pies en mitad de mi cuerpo. Me estremecí en medio de un salvaje
dolor, ignorante de lo que pasaba. ¿Quién era? ¿Un
niño? ¿Un sueño? ¿Un salteador de caminos?
¿Un suicida? ¿Un tentador? ¿Un destructor? Me volvi
para poder verlo. ¡El puente se da vuelta! No había terminado
de volverme, cuando ya me precipitaba, me precipitaba y ya estaba desgarrado
y ensartado en los puntiagudos guijarros que siempre me habían
mirado tan apaciblemente desde el agua veloz.
Franz
Kafka
El
corazón delator
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy
nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman
ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos,
en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más
agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra
y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo
puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura,
con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza
por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día.
Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba
colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había
hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba.
Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo
semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada
vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así,
poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme
de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos
no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si
hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con
qué cuidado... con qué previsión... con qué
disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el
viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce,
hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh,
tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande
para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente
cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la
cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán
astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente,
a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera
introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta
verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido
tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente
dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh,
tan cautelosamente!
Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían
las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de
luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas
noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo
cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el
viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas
iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le
hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial
y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven
ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar
que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras
dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre
al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez
de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche,
había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas
lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba
ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera
soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí
entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo
sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara.
Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero
no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente
las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible
distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente,
suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna,
cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo
se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera
no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí
que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando...
tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba
en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace
del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado
sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien
conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando
el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con
su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo
conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo
y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón.
Comprendí que había estado despierto desde el primer leve
ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse
que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es
más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió
una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo
con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque
la Muerte se había aproximado a él, deslizándose
furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia
de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque
no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza
dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin
oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña,
una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado,
con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante
al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de
lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme
mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con
aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía
ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto,
había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es
sólo una excesiva agudeza de los sentidos?
En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y
presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón.
Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón
del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el
redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba.
Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener
con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el
infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada
vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento.
El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más
fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención?
Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche,
en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño
como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo,
me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil.
¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más
fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una
nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino
podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había
sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité
en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más
que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle
encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil
que me había resultado todo.
Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo
con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría
escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir.
El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné
el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé
la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo.
No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo
no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de
hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté
para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía
mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé
el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y
escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones
con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo-
hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que
lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado
precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja,
ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía
tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas
de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con
toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como
oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había
escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún
atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían
comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la
bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado
aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había
ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer
la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente,
acabé conduciéndolos a la habitación del muerto.
Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba
en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación
y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su
fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba
mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de
mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían
convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse
y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación.
Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido
y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía
percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban
sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía
resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta
para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba
haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta
de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí
hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido
aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado
y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto
en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin
embargo, los policías no habían oído nada. Hablé
con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente.
Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta
y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente.
¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes
pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran;
pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué
podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije...
juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado,
raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba
todos los otros y crecía sin cesar.
¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto
los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo.
¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro
que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban
burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y
así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a
aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable
que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo
sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que
gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte...
más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso
que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí...
ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
Edgar
Allan Poe
El
modelo millonario
De nada sirve ser un hombre encantador si uno carece
de fortuna. La vida idílica es un privilegio de los ricos y no
la profesión de los sin trabajo. Los pobres deberían ser
prácticos y prosaicos. Es preferible disponer de una renta permanente
que ser fascinador. Éstas son las grandes verdades de la vida moderna
que Hughie Erskine jamás pudo asimilar. ¡Pobre Hughie! Es
preciso reconocer que, desde el punto de vista intelectual, no tenía
gran importancia. Jamás había dicho una frase brillante
o una palabra mal intencionada en su vida, pero, eso sí, era guapísimo,
con su cabello color castaño y rizado, su perfil clásico
y sus ojos grises. Era tan popular entre los hombres como entre las mujeres
y poseía toda clase de cualidades, excepto la de hacer dinero.
Su padre le había legado su sable de caballería y una Historia
de la Guerra Peninsular, en quince tomos.
Hughie colgó el sable encima de su espejo y colocó la Historia
en una estantería, entre el Ruffs Guide y Bailey's Magazine, y
vivió con doscientas libras de renta que le pasaba una anciana
tía.
Lo había intentado todo. Fue a la Bolsa durante seis meses; pero
¿qué podía hacer una mariposa entre animales de presa
y ataque? Fue comerciante de té por espacio de unos meses más,
pero pronto se cansó del tipo pekoe y del souchong. Luego trató
de vender jerez seco, pero sin éxito; el jerez era demasiado seco.
Y por último se dedicó a no ser nada, es decir, a ser simplemente
un joven delicioso, inútil, de perfil perfecto y ninguna profesión.
Como si no fuera suficiente su desgracia, se enamoró. La muchacha
que amaba se llamaba Laura Merton, hija de un coronel retirado que había
perdido la paciencia y el estómago en la India, sin conseguir volver
a encontrar ni una cosa ni otra. Laura adoraba al joven, y él estaba
siempre dispuesto a besar la punta de sus zapatos. Formaban la pareja
más hermosa de Londres, aunque entre los dos no reunían
ni un penique.
El coronel sentía gran afecto por Hughie, pero no quería
ni oír hablar de compromiso.
- Ven a verme, hijo mío, cuando tengas diez mil libras tuyas, y
entonces veremos - solía decirle, y Hughie se sentía tristísimo
en aquellas ocasiones y necesitaba de Laura para consolarse.
Una mañana, camino de Holland Park, donde vivían los Merton,
entró a visitar a un amigo suyo, Alan Trevor. Éste era pintor.
La verdad es que, hoy día, pocos escapan a esta fiebre. Pero él
era además un artista, y los artistas son más bien escasos.
Personalmente era un tipo raro y arisco, pecoso y con una barba roja y
enmarañada. No obstante, tan pronto cogía un pincel, se
transformaba en un verdadero maestro y sus cuadros eran solicitadísimos.
Al principio se había sentido atraído por Hughie, aunque
hay que reconocerlo, solamente por su encanto personal.
- Las únicas personas que un pintor debería conocer son
aquellas que fueran tontas y bellas - solía decir -, esas cuya
contemplación produce un placer artístico y cuya conversación
es un descanso intelectual.
Los hombres deliciosos y las mujeres coquetas gobiernan el mundo, o, por
lo menos, deberían gobernarlo.
No obstante, cuando conoció del todo a Hughie, terminó queriéndole
también por su carácter alegre, impulsivo y generoso, permitiéndole
la entrada permanente en su estudio.
Cuando Hughie entró aquel día se encontró con Trevor
dando los últimos toques a un cuadro maravilloso, representando
a un mendigo en tamaño natural. El mendigo en persona estaba de
pie en una tarima en un rincón del estudio. Era un viejo consumido,
con un rostro de pergamino arrugado y una expresión lastimera.
Sobre sus hombros llevaba una capa parda de paño burdo, llena de
desgarrones y agujeros; sus claveteados zapatones estaban llenos de parches,
y con una mano se apoyaba en un garrote, mientras con la otra alargaba
su deformado sombrero en actitud de pedir limosna.
- ¡Qué soberbio modelo! - murmuró Hughie estrechando
la mano de su amigo.
- ¿Soberbio? - repitió Trevor exaltado -. ¡Ya puedes
decirlo! Uno no se encuentra todos los días con mendigos de este
tipo. Una trouvaille, mon cher, un Velázquez en carne y hueso.
¡Cielos, qué boceto habría sacado Rembrandt de este
hombre!
- ¡Pobrecillo! - se compadeció Hughie -. ¡Qué
desgraciado parece! Aunque me figuro que para vosotros los pintores su
rostro representa una fortuna.
- Claro - contestó Trevor -; no vais a desear que un mendigo tenga
el aspecto feliz, ¿verdad?
- ¿Cuánto gana un modelo por sesión? - preguntó
Hughie sentándose cómodamente en un diván.
- Un chelín por hora.
- ¿Y cuánto cobras por el cuadro, Alan?
- ¡Oh!, por éste, dos mil.
- ¿Libras?
- No, guineas. Los pintores, los poetas y los médicos cobramos
siempre por guineas.
- Pues creo que el modelo debería tener un tanto por ciento - rió
Hughie -, ya que trabaja tanto como tú.
- ¡Tonterías, tonterías! Fíjate en el trabajo
que representa solamente extender el color y estar todo el día
de pieante un caballete. Puedes decir lo que quieras, Hughie, pero yo
te aseguro que en ciertos momentos el arte llega a alcanzar la dignidad
de un trabajo manual. Pero, por favor, no me hables; estoy muy ocupado.
Fúmate un cigarrillo y estáte quieto.
Un momento después entró el criado para decir a Trevor que
el hombre de los marcos quería hablar con él.
- No te marches, Hughie - le dijo antes de salir vuelvo enseguida.
El viejo mendigo aprovechó la ausencia de Trevor para sentarse
un momento en un banquillo de madera que tenía detrás. Tenía
un aspecto tan abatido y miserable que Hughie se compadeció de
él y rebuscó en sus bolsillos para ver qué dinero
tenía. Sólo encontró un soberano y calderilla. «Pobrecillo
- se dijo -; todavía lo necesita más que yo, aunque, claro,
esto representará ir a pie durante quince días.» Y,
cruzando el estudio, deslizó el soberano en la mano del mendigo.
El viejo se estremeció y una leve sonrisa iluminó sus resecos
labios.
- Gracias, señor - dijo -. Gracias.
Al poco rato llegó Trevor, y Hughie se despidió, un poco
azorado por lo que acababa de hacer.
Pasó el día con Laura, soportó una amable regañina
por su liberalidad y tuvo que volver a pie a su casa.
Aquella misma noche entró en el Palette Club alrededor de las once
y se encontró a Trevor en el salón de fumar, ante un vaso
de vino del Rin y seltz.
- Hola, Alan, ¿pudiste terminar el cuadro? - preguntó encendiendo
un cigarrillo.
- ¡Terminado y con marco, muchacho! - contestó Trevor -.
Y, a propósito, has hecho una conquista: el viejo modelo que viste
se ha encariñado contigo. Tuve que contarle toda tu vida y milagros...,
quién eres, dónde vives, qué renta tienes, qué
proyectos...
- ¡Pero, Alan - exclamó Hughie -, de seguro que me lo encontraré
esperándome en la puerta de casa! ¡Bueno, estás hablando
en broma, pobrecillo! ¡Ojalá pudiera hacer algo por él!
Encuentro espantoso que uno pueda llegar a ser tan desgraciado. Tengo
montañas de ropa vieja en mi casa... ¿Crees que le vendría
bien que se la diera? Puede que sí; lo que llevaba puesto estaba
hecho trizas.
- Pero esos harapos le sentaban maravillosamente - objetó Trevor
-. No le pintaría vestido de frac por ningún precio. Lo
que tú llamas harapos, yo lo llamo fantasía. Lo que a ti
te parece pobreza, yo lo llamo pintoresquismo. Sin embargo, le hablaré
de tu ofrecimiento.
- Alan - dijo Hughie gravemente -, vosotros los pintores no tenéis
corazón.
- El corazón de un artista está en su cabeza; además,
nosotros tenemos la obligación de representar el mundo tal como
lo vemos, no reformarlo según sabemos de él. A chacun son
metier. Y ahora, dime: ¿qué tal está Laura?
El viejo modelo estaba interesadísimo por ella.
- ¡No me digas que le has hablado de ella!
- Claro que sí. Está enterado de todo lo referente al inflexible
coronel, a la preciosa Laura y a las diez mil libras.
- ¿Contaste al mendigo mis asuntos particulares? - exclamó
Hughie con el rostro enrojecido por la ira.
- Hijo mío - dijo Trevor sonriente -, ese viejo mendigo, como tú
le llamas, es uno de los hombres más ricos de Europa. Podría
comprar todo Londres, mañana mismo, sin agotar su cuenta corriente.
Tiene una casa en cada capital, come en vajilla de oro y puede impedir
la guerra de Rusia en el momento que juzgue conveniente.
- ¿Qué demonios quieres decir? - gritó Hughie.
- Lo que te estoy diciendo. El viejo que has visto hoy en el estudio era
el barón Hausberg. Es un gran amigo mío, compra todos mis
cuadros y demás y hace un mes me encargó que le pintara
de mendigo. Que voulez-vous? La fantaisie d'un millionnaire! Y debo decir
que estaba imponente con sus andrajos, o quizá sería mejor
que dijera con los míos; es un traje viejo que adquirí en
España.
- ¡El barón Hausberg! - gimió Hughie -. ¡Dios
santo! ¡Y le di un soberano!
Y se hundió en su sillón, desalentado.
- ¿Que le diste un soberano? - gimió Trevor, e inmediatamente
se echó a reír a carcajadas -. Hijo de mi vida, no volverás
a verlo nunca más. Son affaire c'est l'argent des autres!
- Podías habérmelo advertido, Alan - protestó Hughie
-, en vez de dejar que me portara como un estúpido.
- Pues, en primer lugar, Hughie, jamás hubiera creído que
anduvieras repartiendo limosnas con esa extravagancia. Comprendo que beses
a una modelo bonita, pero que des una moneda de oro a uno tan feo...,
por Dios que no. Además, la verdad es que hoy no estaba en casa
para nadie, y cuando entraste ignoraba si Hausberg quería o no
que se supiera quién era en realidad. Como viste, no iba vestido
para una visita.
- ¡Me habrá tomado por un imbécil!
- ¡Nada de eso! Estaba encantado contigo, y me lo dijo tan pronto
te fuiste; se reía y se frotaba las manos.
No comprendía por qué estaba tan interesado en saber todo
lo referente a ti, pero ahora lo comprendo. Invertirá ese soberano
en tu nombre, y todos los meses te mandará los intereses y además
tendrá una historia magnífica que contar en las cenas.
- Soy un desgraciado - se lamentó Hughie -; lo mejor que puedo
hacer es irme a la cama. Por favor, Alan, no se lo digas a nadie; no me
atrevería a pasearme por High Park.
- ¡Qué tontería! Pero si esto hace honor a tu espíritu
filantrópico, Hughie... Y no te vayas. Fúmate otro cigarrillo
y háblame todo lo que quieras de Laura.
Sin embargo, Hughie no quiso quedarse, sino que se fue a pie hasta su
casa, sintiéndose muy desgraciado y dejando a Alan Trevor muerto
de risa.
A la mañana siguiente, mientras se desayunaba, el criado le entregó
una tarjeta que decía: «Monsieur Gustave Naudin, de la part
de M. le Baron Hausberg.» «Me figuro que habrá venido
a pedirme explicaciones», se dijo Hughie, y ordenó al criado
que le hiciera pasar.
Y entró un anciano caballero con gafas de montura de oro y cabello
gris, que le dijo, con un ligero acento francés:
- ¿Tengo el honor de hablar con monsieur Erskine?
Hughie se inclinó.
- He venido de parte del barón Hausberg - prosiguió -. El
barón...
- Le ruego, señor, que le presente mis más sinceras excusas
- tartamudeó Hughie.
- El barón - anunció el anciano caballero con una sonrisa
- me ha encargado que le entregue esta carta.
Y le ofreció un sobre lacrado. En el sobre estaba escrito: «Un
regalo de boda a Hugh Erskine y a Laura Merton, de parte de un viejo mendigo»,
y dentro había un cheque por diez mil libras esterlinas.
Cuando se casaron, Alan Trevor fue padrino y el barón Hausberg
hizo un discurso durante la comida de bodas.
- Los modelos millonarios - observó Alan - son rarísimos,
pero, ¡por Júpiter, que los millonarios modelo son todavía
más raros!
Oscar Wilde
Recomendaciones
a Sebastián para la compra de un espejo
Mire, Sebastián, es en la calle Juncal. Venga, acérquese;
voy a decirle el número al oído -es mejor que nadie lo sepa,
hay secretos que conviene guardar muy bien-. Bueno. Usted entra en la
boutique y pregunta por la señora Hipólita. Le dirán
que no está. Pero no se aflija, Sebastián. Sugiera que va
de parte de mistress Murphy y ponga cara de inteligente. Le harán
un gesto de complicidad y lo llevarán a la trastienda.
Abrirán una puertecita escondida entre los brillantes vestidos
que cuelgan, inmóviles pero vivos, de una increíble cantidad
de perchas doradas. Podrá entonces ingresar al cuarto de los espejos.
La señora Hipólita, que adora a los muchachos desgarbados
como usted, le ofrecerá un cigarrillo. Acéptelo, Sebastián,
acéptelo y aspírelo con delectación, porque sin duda
será un cigarrillo egipcio con una pizquita de opio.
Después contemple atentamente la colección de espejos, emitiendo
de vez en cuando una interjección oportuna y discreta. Nada de
exclamaciones altisonantes, a pesar del asombro. Y tenga en cuenta que
en ningún momento hay que pronunciar la palabra "mágico",
porque se supone que usted ya sabe que todos los espejos lo son, y en
especial los de la señora Hipólita.
Fíjese en ése, Sebastián. Sí, en ése,
el ovalado con marco de plata. Todos los días, a las seis de la
tarde, refleja a Rachel en su estupenda interpretación de "Phédre".
Es magnífico, ¿eh? O aquel otro, tan profundo en el misterio
de si azogue, tan rico en las volutas rococó que lo rodean. No
niego que es maravilloso. Pero no se lo aconsejo, porque al sonar las
doce campanadas de la medianoche muestra a un oficial de húsares
de Grodno asesinado por su novia vampiro. ¡Brrr! Mejor es el que
está a su derecha; menos morboso y sumamente eficiente. Hasta educativo:
imagínese: a las seis de la mañana deja ver a las damas
mendocinas bordando una bandera. Es un espejo quizás demasiado
madrugador, claro, pero tan patriótico como un discurso de fiesta
cívica. En fin... hay que reconocer que la señora Hipólita
tiene una colección fabulosa. Espejos teatrales, pasionales, históricos...
También tiene los que reflejan el futuro, pero solo los muestra
previa presentación del certificado de buena salud, porque una
vez tuvo problemas con el profesor N. El pobre era cardíaco y...
bueno, usted sabe el resto, salió en todos los diarios.
Lo importante es que usted, Sebastián, puede comprar el espejo
que más le interese. Los precios son exorbitantes, es cierto, pero
no cualquiera puede darse el lujo de poseer cosas así. Además,
si sonríe usted como lo está haciendo justamente ahora,
no dudo que la señora Hipólita le hará una rebaja
o le dará felicidades. Es una mujer muy tierna, muy sensible, muy
maternal a veces. Aunque tan arrugada que... pero eso no viene al caso.
Elija el espejo que prefiera. Deje su dirección, y mañana
mismo lo enviarán a su casa.
¿Un consejo? No lo coloque en el living ni en el escritorio ni
en ningún lugar por donde pase mucha gente, porque sus amigos son
muy convencionales, muy burgueses, y el espejo puede reflejar algo irritante,
impropio para la gente decente. Suponga que se le ocurra comprar el espejo
de Paolo y Francesca...
¿Qué diría su abuelita materna, Sebastián,
que va a misa todos los domingos? No, hay que tener cuidado, hay que ser
respetuoso de las convicciones y de la moral de los demás. Yo le
sugeriría (y perdóneme el atrevimiento), que ponga el espejo
en el altillo, con otros trastos viejos. Más todavía: que
lo cubra con algún paño opaco. Y otra cosa aún, la
más importante de todas: con los espejos de la señora Hipólita
es imprescindible ser puntual. Puntualísimo. Si no llega usted
a la hora exacta, no verá el espectáculo.
Ni Rachel declamando, ni húsar sangrando, ni damas mendocinas bordando,
ni Paolo y Francesca fornicando (perdón otra vez, hay palabras
que realmente no suenan muy bien). Si llega tarde sólo verá
su propia cara, la misma de siempre, Sebastián, tan angulosa, tan
mística. Pero eso es lo de menos. Lo grave sucede cuando la curiosidad
lo impulsa a apurarse y lo obliga a llegar demasiado temprano, para averiguar
cómo prepara el espejo su "mise en scène". Eso
puede ser fatal, porque los espejos no toleran la curiosidad.
Y sucederá que, al arrancar el paño que lo cubre y enfrentarlo,
se encontrará usted con que está vacío, con que no
refleja nada, con que su imagen en el espejo no existe y por lo tanto,
claro, usted tampoco. Es una platónica verdad. Al no verse en el
espejo, sin duda se llevará usted las manos a la cabeza, en un
gesto de terror y asombro. Pero como usted no existe, descubrirá
que no tiene manos ni cabeza.
Intentará salir corriendo pero tampoco le será posible,
pobre Sebastián, pues tampoco tendrá piernas.
Y se quedará por siempre allí, atrapado en un espejo vacío
que alguna vez retornará a la colección de la eterna señora
Hipólita y reflejará, para otro cliente como usted, joven
y desgarbado, la imagen ascética de Sebastián, oh Sebastián
pálido de terror, sólo durante un minuto y a la hora en
que se pone el sol.
Eduardo Gudiño Kieffer
Los
Tarmas
En realidad no es tarma, sino terme, con e, porque el nombre nos viene
de esas hormigas, los termes, que no dejan nada cuando pasan.
Pero yo no sé por qué todos nos llaman así: los tarmas.
Uno llega a tarma sin saber cómo. Es difícil explicarlo.
Ahora, después de tantos años, me parece que por cualquier
camino: la desilusión o el esgunfio; la costumbre o el contagio.
Pero siempre hay que tener algo adentro. Con eso se nace y no hay nada
que hacer. Por ejemplo, ahí está el caso de Tuderi.
El pobrecito no tiene cuna y no va a aprender nunca, por más que
se le enseñe.
En el caso de Margarita se explica fácil. A mi vieja le gustó
porque le traía zozobra.
"No sé por qué te sigo -me decía-, a lo mejor
porque soy una estúpida, pero me gustás porque me traés
zozobra".
En cambio a mí, me organiza la vida. Solo yo sé lo que significa
levantarse a la mañana y saber lo que uno
tiene que hacer, tener un plan y una obligación, y al mismo tiempo
ser libre y saber que cada día será distinto. A veces pienso
en los infelices obreros, en los vigilantes, en los pobres corredores,
y entonces sonrío.
Seamos sinceros. No todo son rosas. Pero Margarita dice que para elegir
algo siempre hay que renunciar a algo, y yo, que hace años que
estoy en la lucha, sé que tiene razón. Y sé muchas
cosas más: sé que ahora nunca más podremos volver
a empezar, que los años se han ido, sé que estamos fuera
del tiempo y que el tiempo es irrevocable. Sé todo eso, sé
que ya es demasiado tarde, que estoy en la pendiente, que los chicos van
a ser muy desdichados. Sé muchas cosas más, pero tengo la
vida organizada.
A la mañana, temprano, Margarita me trae el café y los diarios
prestados. La primera fase de la organización
es copiar las defunciones para poder ir bien vestidos. Todos los tarmas
vamos muy bien vestidos, porque, como dice Margarita: "En este país,
cuando uno va bien vestido tiene talento". Por eso apenas termino
de copiar un apellido de alta alcurnia corro a la casa del muerto para
ser de los primeros.
Durante el viaje practico. Mi memoria está bien ejercitada, eso
sí. No como Tuderi, que siempre confunde los apellidos y más
de una vez se las vio negras. Yo no. Cuando estoy frente al portero le
largo todos los nombres y todos los apellidos sin que me falte ninguno.
Debo aclarar que los porteros son la porquería más grande
que puso Dios sobre la tierra. Nos huelen enseguida y tienen un alma de
ratas. Como no tienen cuna, son serviles y melindrosos. Son feminoides
con la propiedad. Defienden las cosas que hasta el amo desdeña.
Quieren sobresalir y no saben, no pueden. Les falta cuna, y la única
forma de sentirse alguien que conocen es humillando a la gente. Gozan
cuando nos descubren, les brillan los ojos, se apasionan, parece que hubieran
esperado toda su vida, que hubieran nacido nada más que para ese
momento... Mejor ni hablar de eso. Las mucamas, los mayordomos y los parientes
interesados son también peligrosos, pero tienen más roce
y, después de todo (modestia aparte), no por nada uno llega a tarma.
Una vez que pasé la barrera del sonido, viene la definitiva: atacar
a la viuda. Aquí todo tiene que estar muy bien medido, desde sacarse
el sombrero con un sobrio ademán hasta solicitar los efectos de
ese "filántropo" o "ese filántropo que se
nos fue", según los casos. Siempre digo "filántropo"
y no "finado". Como el pobre Tuderi, que más de una vez
se le escapó "finadito", y otra, en que quiso hacerse
el fino, dijo "difunto". Menos mal que tiene esa cara de infeliz
que da lástima y a veces trabaja bien los silencios y no hay nada
que hacer, como
dice Margarita: "No tendrá talento, viejo, pero el dolor llama
al dolor".
Pero lo mejor con las viudas es una solemnidad discreta. No exagerar,
ir derecho al grano como un cartero y enseguida invocar a "Don Orione",
"Asociación El Centavo", "Pequeño Cotolengo
de María", "ALPI", "Los Traperos de Emaús",
"Ayúdame", cualquier cosa. Enseguida preparar los nercas
y luego todos los nombres y apellidos completos, y después los
silencios. Los silencios son importantísimos. A la gente le estorba
y quiere salir enseguida del silencio. Entonces uno queda como juez, aunque
no juzgue nada y con tal que se vaya le dan cualquier cosa. Pero lo fundamental
es saber mecharlos con los nombres del muerto y con los trajes que no
usaba y había prometido a la Asociación, y ver bien si conviene
decir "pobre", "increíble", "qué
injusto es el destino" o "él lo hubiera querido así".
"Un filántropo como él", no falla casi nunca.
En cambio: "Un hombre como él, siempre ayudando a los desamparados",
a veces resulta y a veces no.
Muchas veces la viuda dejó de llorar para mirarme sorprendida cuando
dije esto. Pero siempre lo más efectivo es seguir diciendo filántropo,
rematarla con "yo comprendo su dolor, señora" y callarse.
Entonces la mujer se tapa la cara con un pañuelito y ordena que
me hagan el paquete. Me quedo con los trajes que me van bien.
Los demás se los vendo a los rusos de Libertad. Dos mañanas
por semana, Margarita hace lo mismo con las muertas. Pero a Margarita
no hay quien la iguale. Consigue cualquier cosa. Hace llorar, se posesiona,
hasta sufre. Consuela a las hermanas, le sirven café, besa a los
chicos, se emociona de verdad. Una vez llegó a casa llorando con
un taxi lleno de ropa. Toda la tragedia de la ruta ocho en ropa. Una "papa"
increíble a la que nadie se hubiese animado. El vestuario completo
del juez, casi todo el ajuar de la señora, el guardarropa de los
hijos.
Está bien que fue una donación apresurada. Un pobre pariente
comedido, de esos que nunca cortan ni pinchan. Nos reímos mucho
con Margarita imaginando la maroma que se habrá venido después.
Pero la cuestión es que nos surtimos de lo lindo, y Martín
y Alex tienen dos preciosos uniformes del colegio inglés para rato.
Es que Margarita es incomparable. A veces pienso cuánto la quiero
y pienso adónde podría haber llegado con esa capacidad,
con esa gracia, ese porte y esa clase que tiene. Pero, en fin, como dice
Margarita: "No mires para atrás, viejo, porque te vas a convertir
en una estatua de sal".
Una vez resuelta la organización del vestido, hay que resolver
la entrada a las conferencias de prensa y organizar la comida. Primero
leemos todos los diarios, anotamos el lugar y preparamos los nercas. Después
voy yo y abro el camino.
Cuando el chancho de la puerta está medio abatatado recibiendo
a tres o más invitados, aprovecho la confusión de las tarjetas
y me meto con mucha dignidad, eso sí, pero casi corriendo hasta
que llego a la mitad del salón. En la mitad del salón estoy
salvado. Allí están las mesas mejor atendidas, los capos,
las personalidades más graneadas y todos los que quieren hacerse
notar (y que si son vivos se ponen de nuestra parte cuando el peligro
acecha o se viene la maroma). En la mitad del salón es más
fácil desprenderse del miserable portero gritándole chusma,
peronista, mersa, cachi y palurdo. Allí siempre se puede encontrar
a Natalio, Tuderi, los Anglada, Crespi o algún tarma conocido que
va a venir en mi ayuda cuando el peligro aceche.
Para estos casos, Crespi es mandado a hacer. Alto, de pelo blanco, muy
fino, todo un caballerazo él. Su sola presencia impone respeto.
Trata a los porteros con un desprecio olímpico. No grita nunca.
"Hágame el favor y no moleste más al doctor, insolente",
les dice y los tironea apenas de las solapas del uniforme. "Tiene
un minuto para desaparecer", les dice cuando todos miran. Y se pone
a controlar el reloj. Enseguida me presenta al jefe de relaciones públicas,
me pregunta cómo andan los petisos de polo y se pone a hablar de
la servidumbre europea. ¡Es un señor este Crespi! ¡Y
un gran amigo! Margarita y yo lo queremos muchísimo. Crespi me
ha salvado algunas veces, pero por suerte yo, salvo dos o tres rebotes
nefastos, no tuve mayores dificultades para la entrada, y eso que por
principio no me gusta hacer exhibición de los nercas, como Natalio.
Yo siempre los dejo como última carta, por más que el peligro
aceche.
Los tarmas tenemos nercas de las publicaciones más disparatadas,
y casi todas inexistentes. El de Tuderi, por ejemplo, está firmado
por mí y por Crespi. Yo firmé como presidente y Crespi como
secretario. Tuvimos que recomendarle una imprenta porque el pobrecito
(pese a que es un gran muchacho) no se da maña y le falta cuna.
Varias veces se lo llevó el conserje hasta la salida. Tuvimos que
enseñarle cómo tomarlo del brazo y salir con dignidad, hablándole
como si fuera un amigo, palmeándole la espalda cuando todos miran,
tratando de dar la impresión de que llevamos del brazo, condescendientemente,
a un subordinado.
Pero acudir al nerca es como llamar a la Policía. Como reconocerse
cornudo. Es casi admitir la derrota. Confieso con dolor que algunas veces
tuve que hacerlo. No había otro remedio para evitar el rebote nefasto.
Pero yo siempre entro. Bueno, casi siempre. Yo y todos los tarmas. Ciertos
maîtres del Plaza, del Alvear y del City nos respetan porque los
hacemos quedar bien y a veces los gerentes nos buscan para hacer número
cuando se trata de un acontecimiento.
Una vez que entré, lo demás resulta más fácil.
Saludar, presentarse, sí, pero sobre todo mucha lata y saber mecharla.
Como dice Margarita, "el estilo es el hombre, viejo". Y cada
uno tiene su forma. Yo siempre hablo de "mi campito de General Villegas",
que hasta ahora resulta bastante bien. "Un campito nomás,
quince mil hectáreas", empiezo siempre (mejor dicho, aquí
me callo, trabajo un poco con los silencios). Después sigo con
las propuestas. "Me han hecho tantas propuestas -digo- que no sé
qué hacer... La cría del cebú podría ser interesante
(silencio chico). Aunque últimamente me han entusiasmado con ese
bendito complejo de ladrillos refractarios... Pero mire, en definitiva,
qué quiere que le diga, doctor, los recuerdos de familia son como
esos camafeos que ya no se usan y sin embargo uno...".
Y aquí corto para dejar un poco de misterio. Nunca conviene cargar
las tintas, y de paso ayudo al fotógrafo. Los fotógrafos.
Nuestros únicos amigos. Es un trabajo que hago con gusto. Formo
los grupos, sonrío, hago chistes. Verdaderamente les tiendo un
ala. Nunca digo "vamos a sacarnos una foto", sino, "vengan,
inmortalicémonos". Nunca lo llamo "fotógrafo"
sino "señor periodista". A los tipos ordinarios, a los
de medio pelo y a los que quieren hacerse los cancheros, se los conoce
enseguida porque gritan: "A ver, jefe, una foto"; nosotros siempre
decimos: "Una nota, por favor".
Por eso entre los fotógrafos y los tarmas hay una comunión
de ideales. Ellos como nosotros también trabajan sin que nadie
los llame, de "asalto". Pero aun "los oficiales",
"los exclusivos" y "los contratados" ven en nosotros
un factor de ventas. Por eso siempre les vemos cara conocida y ellos siempre
nos recuerdan; no saben bien si cuando el presidente Arosemena o en la
recepción al ministro de Ghana. Por fin los "periodistas"
nos ubican.
"Sí, fue cuando el presidente Arosemena", y nos preguntan
si como en aquella oportunidad nos llevan el juego completo de tomas al
estudio y nosotros contestamos "por supuesto, como siempre".
Cuando ya alguien pagó, desaparezco a saludar al "agregado",
que casi siempre es Natalio, que está devorando los canapés
a cuatro manos y contándole anécdotas graciosísimas
al jefe de medios de Graficque Propaganda.
Éste es el momento de comer. Primero reemplazo a Natalio en la
conversación dándole tiempo a tragar y después viene
mi turno.
Entonces ya no queda nada. La devastación comienza. De ahí
nos viene el nombre. Cuando los negros están achispados por el
whisky, hacemos desaparecer todo lo que vemos.
No sé por qué nunca falta algún retardado que me
mira mientras como. Esto es de cajón. Entonces pongo cara de asco
y me le acerco con el plato en la mano para hacerle probar que las masas
están rancias. El retardado nunca sabe lo que decir, y para hacerse
el machito llama al mozo. Aquí aprovecho para elogiarle el lunch,
el servicio, y devolverle el plato en que alguno de la cocina "se
ha descuidado". Cuando vuelve con las masas nuevas, pruebo una, le
hago probar otra al retardado y ahora sí estamos de acuerdo los
dos en que estas masas son una locura. Y cuando el mozo se aleja mirándolo
al otro con bronca, yo lo palmeo y lo felicito.
Porque nosotros siempre felicitamos, sonreímos y festejamos. Aprobamos
lo que todos dicen y los miramos con atención a todos. Hacemos
siempre "qué cosa" con la cabeza y fingimos expectación,
aunque nos cuenten pavadas.
Por eso, si el cóctel se torna familiar, si los negros elevan el
tono de las risas, si ya se hablan de visitarse, si hemos logrado crear
ese clima donde todo es grato y es posible, y las mujeres de los mediopelo
y las señoras de los pobrecitos empleados sin cuna se sienten alguien
y todos creen que han dejado de ser grasas y los ejecutivos sin clase
se olvidan por un momento de la pedantería para reírse,
si ya todos están lanzados, entonces llega el momento de recordar
de pronto que la señora debe estar por cerrar la boutique.
-Se la compré para que tenga con qué entretenerse -les explico.
-¿Quieren conocerla? -les pregunto-. Ahora mismo la llamo.
-¡Sí! ¡Sí! -saltan los grasas entusiasmados.
Entonces marco el número de la pensión sin comida, y cuando
Margarita me atiende, le digo:
-¿Có te va, Márgara? Estoy en la recepción.
¿Por qué no te venís?... Mirá, cerrá
y venite que esto está divino. ¿Estás con los chicos?...
Pero traélos, Márgara, traélos.
-¿Qué tal se yanta, viejo? -me pregunta Margarita.
-¡Sí!... Una gente de lo más maravillosa, increíble
-le contesto yo-. Bueno, bueno, venite pronto.
Te esperamos.
Y cuando entra Margarita luciendo ese modelo exclusivo de la muerta, llevando
a Martín y Alex tomados de la mano, es como si entrara una reina
con dos príncipes.
Margarita entra y es como si todo se iluminara con una luz distinta. Sobria
y precisa, perfecta. Majestuosa. ¡Adónde no hubiera llegado
Margarita!
"Lo principal, viejo -me dice siempre Margarita-, es no provocar
envidia en las mujeres". Y a los cinco minutos todas son sus amigas
y se la disputan. Le quieren contar su vida, se sinceran, se descubren,
le cuentan si le meten los cuernos al marido, si la mucama sabe o no sabe,
si la ayuda o la extorsiona, si el marido le mete los cuernos a ella,
los abortos, todo.
Lo curioso es que Margarita solamente escucha. Yo, lo máximo que
le oí decir es: "¡Qué miserable!", "¡Peor
que los animales!", "Lleva una doble vida". Eso sí,
a veces se posesiona y llora.
Pero cuando se pone a hablar con esa grave voz de ángel que tiene,
con esa cuna, con esos gestos llenos de nobleza, cuando cruza una mirada
conmigo y yo le hago que sí con la cabeza y ella empieza a contar
la anécdota del barco, la del alumno danés de la Dante Alighieri,
o la del amigo íntimo de Mussolini, entonces la quiero más
que nunca y pienso adónde no hubiera llegado Margarita.
Basta con ver el silencio que se produce. Es total y como de obediencia,
y nunca falta un viejo con la mandíbula floja, un gerente con la
baba caída o algún otro libidinoso que se la come con la
mirada. Sobre todo cuando hace la pausa después del suspenso, recorre
a todos con los ojos, respira y dice: "... Entonces el Duce no le
dice nada y lo deja ir... Pero un buen día llaman a la puerta de
su casa. Cuando va a abrir, se encuentra con un oficial que le entrega
un sobre. Era una carta de Mussolini. Tenía escritas nada más
que dos líneas. Decía así: "O cambiás
de país. O cambiás de camisa"".
Miles de veces he oído contar esto a Margarita. Me sé de
memoria la mínima inflexión de su voz, cada uno de sus gestos,
pero nunca pude sustraerme a la sugestión que crea, a la clase
con que da el remate final, a esa cosa como de sentirse bien que produce.
En cambio, los chicos son tristes. Martín y Alex tienen los ojos
tristes y son tristes hasta cuando comen. Eso sí, son obedientes.
No nos podemos quejar. Saben que nunca tienen que hablar si no es para
responder una pregunta y comer todo lo que aguanten. Tienen cierta cuna
y no hay uno que no nos diga "qué educaditos". Pero son
tristes. A veces los miro y a mí también me invade una profunda
tristeza, porque sé que van a ser muy desdichados. Por ahora no
se dan cuenta y hacen las cosas bastante bien. Saben que tienen que guardar
todo lo que entre en los bolsillos y sonreír. Cualquier cosa que
sirva para vender o cambiar, y sonreír siempre.
Cuando coman, primero sonreír, después masticar; primero
sonreír, después tragar. Saben también que no deben
empezar a comer hasta que papá no se tire de la oreja tres veces
seguidas. Saben que papá tiene un campo en General Villegas, que
mamá es profesora de Italiano y tiene una estanzuela en Cañuelas.
Saben que si hay otros chicos no deben acercarse a ellos, pero cuando
se les acercan, los he visto cómo les cuentan que papá tiene
un bastón de estoque, explicarles lo que es un bastón de
estoque, que era todavía del abuelo y que el abuelo peleó
contra los indios y dejarlos con los ojos redondos como el dos de oro.
En esto Alex sale a la madre. La va de callado, pero cuando habla los
enloquece. Martín, en cambio, es siempre quien tiende el ala y
entre los dos se complementan bastante bien.
Pero desgraciadamente son tristes y temo que lleguen a hacerse desalmados.
Lo que pasa es que están ausentes. Margarita dice que "son
esfinges de pantalón corto", y tiene razón. Yo a veces
los veo comer en medio de todo ese lujo de cartón y pienso en una
calesita que gira y en la que ellos nunca darán vuelta, y me explico
por qué, a pesar de la educación que uno les da, hay asesinos,
ladrones y prostitutas hijos de tarmas, que alguna vez antes de morirse
se quedan parados frente a la vidriera de una juguetería contemplando
un tren o una muñeca con expresión indescifrable...
Cuando termina la fiesta, somos los últimos en irnos, porque hay
que organizar la gran recolección.
Mientras Margarita y los chicos se llevan las flores en enormes brazadas,
yo abro el fuego con el mozo que ya me tengo estudiado desde el principio.
"Mozo", o "señor mozo", o "señor"
(según los casos y la edad), le digo, "permítame que
lo felicite. No. No me diga nada ni me agradezca nada. Quiero felicitarlo
porque usted es muy correcto, muy correcto... Y le voy a decir más:
yo lo estuve observando toda la noche. Hay una cosa que me gustó
mucho de usted y se la voy a decir... (aquí hago un silencio bien
pero bien largo, con una mano en el hombro, y por fin le digo): usted
no parece mozo de acá, parece un mozo a la europea. Sí,
señor. Porque es servicial sin ser servil, no es arrastrado, no
anda mendigando la propina. ¡Usted es un señor y denota cuna,
un señor mozo...!".
Y lo felicito, y entonces tengo que esperar que el mozo me cuente dos
o tres historias de lugares distinguidos, y no porque él esté
acá como simple mozo me vaya a creer yo que no sabe lo que es servir
en lugares aristocráticos y de lugares muy especiales donde había
que ver, olvidar, callar y olvidar. Lo escucho atentamente, le doy el
dulce un rato y, cuando ya está bien preparadito y en confianza,
ataco:
-¡Fíjese qué suerte! Justamente en estos días
pienso dar una fiesta, una fiestita, bah... un party. Una tía abuela
viejita. Cumple setenta y nueve años, ¿qué me dice...?
Tiene una casona en Barrancas, y a mí se me ocurrió que
usted, pero así, por su cuenta, podría hacerse el servicio,
siempre y cuando le convenga la changa.
Y como le conviene, y como a mí me gustaría que mi tía
abuela probase las cositas, me hago preparar un gran paquete con sandwiches
sobrantes, masas de soirée, canapés variados y bombones.
Nunca pude saber por qué todos preguntan:
-¿Castañas de cajú también?
¡Cómo si les costara! ¡Grasas! ¡Pobrecitos sin
cuna! En fin.
-Sí, sí, castañas de cajú también -tengo
que decirles siempre, y alabárselas y hacerme el imbécil.
-¡Qué bien tostadas están! ¿Las tostó
usted, mocito? No, si no es fácil tostar las castañas de
cajú. -Y enseguida que termino de probar una, echo mano a la billetera
y espero que él me diga: "¡Pero, ¿qué
va a hacer, señor?! ¡Por favor! ¡No faltaba más!".
Y ahí vuelvo a hablar de la servidumbre europea y a anotar el teléfono,
que casi siempre es de un almacén de Villa Domínico o por
ahí, y hay que pedir que por favor le avisen. En fin.
Nos vamos siempre cuando ya están por apagar las luces. Caminando
rumbo a la pensión sin comida, caminando para hacer la digestión,
con los chicos adelante y Margarita y yo al paso lerdo, comentando las
cassattas y los amigos, lo demacrado y ojeroso que está el mayor
de los Anglada, la poca clase para leer un discurso que tenía ese
tipo, que esta vez el whisky no era falopado, o lo sucias que estaban
las alfombras.
Éste es uno de los momentos más lindos. Todo nos parece
provechoso y descansado con algo encantador entre las luces de las calles
casi desiertas. O quizá porque es un intervalo y después
vendrá el cambio brusco.
Porque cuando lleguemos a nuestra puerta, lo primero que haremos, antes
de subir, será obsequiar al diariero con un paquetito o algunos
tubos de dentífrico, y recogeremos los diarios en préstamos
y subiremos la escalera y entraremos a esas dos sórdidas piezas
que tienen esa sordidez como de miseria y daremos vuelta la llave de porcelana,
encenderemos esa luz de bilis que viene de una tulipa baja, orlada de
cenefas, colgada desde mil nueve veintidós, y que les da a los
muebles, al color de la madera y a nosotros, un aspecto de cosa ya pasada
y obsoleta, detenida como nuestras vidas. Entonces nos veremos reflejados
apenas en el espejo de luna de esa cómoda que desborda de potes,
banderines, almanaques, menúes de barcos, biromes, ceniceros, una
bola de bronce destornillada de una escalera, cajas de fósforos
cilíndricas, terrones de azúcar de todos los países,
latas chicas de cerveza, cigarrillos sueltos, pomelos arrugados, porciones
de torta, sandwiches mordidos y frascos oscuros que combaten la seborrea
en su origen y estilizadas vasijas de cerámica llenas de apricot,
y noc diez y hamburguesas y agendas y sigmamicina.
Colocaremos las flores arriba de todo esto y mañana Margarita las
venderá. Pero antes de acostarse a dormir, hay que organizarse.
Organizar todo el programa para mañana. Cada uno tiene un diario
ya asignado.
Los chicos también. Los extenderemos sobre la mesa y nos sentaremos
alrededor. Hay que organizar todo.
Hay que copiar todas las direcciones de las gacetillas. Hay que fijarse
bien en los muertos y en las inauguraciones. Hay que buscar, buscar afanosamente.
Una pequeñísima información de prensa no recuadrada
puede ser una "papa". Hay que mirar sin desechar nada. Apurándonos,
es cierto, porque hay que devolver los diarios. Pero de pronto Margarita
da un grito de felicidad:
-¡Mirá, viejo: "papa"!
Y todos corremos a leer por sobre su hombro, porque ha llegado un buque
griego y la cámara de comerciantes griegos dará un banquete
a bordo y las posibilidades de un barco son ilimitadas. La gente desea
llevarse souvenirs de un barco, y eso está bien, y ese motivo y
yo le acaricio la cabeza emocionado y corro a buscar la caja de galletitas
donde Margarita guarda los nercas y pienso en cuánto la quiero
y adónde no hubiera llegado Margarita.
En esos momentos me siento feliz y organizado. La rueda sigue girando.
Alex ha encontrado una demostración de tractores en la pista de
pruebas de General Pacheco. Habrá presentación a la prensa
y agasajo al periodismo. Esto también es muy interesante porque
a los asados la gente concurre en ropa de sport y a veces se desata. Hay
regalos y rifas y todo es muy espacioso, y después de comer nos
llevamos las naranjas sobrantes sin tanto protocolo y casi divertidos.
Nos llevamos también paquetes de carne, fiambre, empanadas, trozos
de lechón y algún cubierto. Los chicos recogen hojas de
eucaliptus y florcitas silvestres, y respiran aire puro. Es como un picnic.
El gran bolso que siempre lleva Margarita revienta de pomelos.
No obstante, hay que seguir buscando. Por las inauguraciones. Las inauguraciones
son un caballito de batalla
y hay más tarmas que en cualquier otra parte. Como siempre, el
lugar resulta muy chico, arrasan con los cigarrillos, las lamparitas eléctricas,
los displays de propagandas. Beben cognac hasta quedarse sin sangre,
y al final revuelven con el pie las flores pisoteadas, las servilletas
de papel y los puchos. Algunos, como el pobrecito Tuderi, muy groseramente;
los Anglada, como agrimensores; Natalio, siempre desesperado; y Crespi,
con ese savoir faire que tiene, siempre simula la pérdida del chevalier
que le obsequiaron en Mónaco, mientras Margarita aprovecha el alboroto
y con delicadeza se llena la cartera de ceniceros, potiches o cucharitas,
con los ojos resplandecientes de zozobra.
Pero ahora ha llegado el fin. La rueda se ha detenido un momento. Hay
que devolver los diarios y descansar. Mañana será un nuevo
día y yo siempre, cuando llega este momento y miro la dulzura en
los ojos maravillosos de Margarita, tengo la visión de que, a la
misma hora, el jefe de relaciones públicas, con el cogote paspado
y las mejillas arreboladas, se hace las gárgaras y comenta con
su enloquecida mujer el éxito de la fiesta, la corrida durante
toda la semana tras los representantes de los diarios, lo delicado y original
que estuvo el obsequio de la rosa en cada copa, cómo habrán
salido en las fotos, que fueron filmados en todos los grupos, que aparecerán
en los diarios y en los noticiosos del cine, y lo contento que habrá
quedado el gerente y la gente importante que buscará su amistad,
y Margarita viene a mí y nos sentamos en la cama.
Los chicos duermen. Margarita desenvuelve el paquete.
Mordemos algunas masas y observamos sin mucho entusiasmo el tubo de dentífrico
que nos han obsequiado; es como si Margarita me adivinara el pensamiento,
porque, apenas nos miramos a los ojos, sonreímos.
Isidoro Blaisten
Silencio
Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado.
En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente
para disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal
nos une al súbitamente improbable día de mañana.
Cómo superar esa paz que nos acecha. Silencio tan grande que la
desesperación tiene vergüenza. Montañas tan altas que
la desesperación tiene vergüenza. Los oídos se afilan,
la cabeza se inclina, el cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún
gallo. Cómo estar al alcance de esa profunda meditación
del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo
alcanzarla.
Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne;
y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil
querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo,
de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin
promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la
ira es vida. O nieve. La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanquece
todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan huella.
Hay una continuidad que es la vida. Pero este silencio no deja señales.
No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede
decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el
silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.
La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende
lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los
niños de Berna se duermen, se cierran las últimas puertas.
Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías.
Y al final se apagan las luces más distantes.
Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere,
pues las hojas de los árboles todavía se acomodarán
mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con esperanza por
las escaleras.
Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu
atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio,
aparece.
El corazón late al reconocerlo.
Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O
en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil
huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el
de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al principio el silencio
parece aguardar una respuesta -cómo ardemos por ser llamados a
responder-, pronto se descubre que de ti nada exige, quizás tan
sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad
suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzgados
por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justificaciones
forzadas, humildes disculpas hasta la indignidad. Tan suave es para el
ser humano mostrar al fin su indignidad y ser perdonado con la justificación
de que es un ser humano humillado de nacimiento.
Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su indignidad.
Él es el silencio.
Puede intentar engañársele, también. Se deja caer
como por casualidad el libro de cabecera en el suelo.
Pero, horror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda
y quieta vorágine de éste. ¿Y si un pájaro
enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría
como una leve flauta el silencio.
Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él,
se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche
en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de
él, sólo él mismo.
Será como si estuviéramos en un navío tan descomunalmente
grande que ignoráramos estar en un navío.
Y éste navegara tan largamente que ignoráramos que nos estamos
moviendo. Más de eso, nadie puede.
Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración
más tensa de lo que las venas pueden soportar. No hay, siquiera,
un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El corazón
tiene que presentarse frente a la nada sólito y sólito latir
alto en las tinieblas. Sólo se escucha en los oídos el propio
corazón.
Cuando éste se presenta completamente desnudo, no es comunicación,
es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para
el pequeño silencio.
Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad
frente al silencio, sólo los pies mojados por la espuma de algo
que se expande dentro de nosotros. Que se espere. Un insoluble por otro.
Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se
espere. No el fin del silencio, sino la ayuda bendita de un tercer elemento,
la luz de la aurora.
Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar
huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo
de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos.
Entre una carcajada fantasmagórica y otra. Después de una
palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra.
Los oídos se asombran, la mirada se desvanece: helo ahí.
Y desde entonces, él es fantasma.
Clarice Lispector
Esse
est percipi
Viejo turista
de la zona Núñez y aledaños, no dejé de notar
que venía faltando en su lugar de siempre el monumental estadio
de River. Consternado, consulté al respecto al amigo y doctor Gervasio
Montenegro, miembro de número de la Academia Argentina de Letras.
En él hallé el motor que me puso sobre la pista.
Su pluma compilaba por aquel entonces una a modo de Historia Panorámica
del Periodismo Nacional, obra llena de méritos, en la que se afanaba
su secretaria. Las documentaciones de práctica lo habían
llevado casualmente a husmear el busilis. Poco antes de adormecerse del
todo, me remitió a un amigo común, Tulio Savastano, presidente
del club Abasto Juniors, a cuya sede, sita en el edificio Amianto, de
avenida Corrientes y Pasteur, me di traslado. Este directivo, pese al
régimen doble dieta a que lo tiene sometido su médico y
vecino doctor Narbondo, mostrábase aún movedizo y ágil.
Un tanto enfarolado por el último triunfo de su equipo sobre el
combinado canario, se despachó a sus anchas y me confió,
mate va, mate viene, pormenores del bulto que aludían a la cuestión
sobre el tapete. Aunque yo me repitiese que Savastano había sido
otrora el compinche de mis mocedades de Agüero esquina Humahuaca,
la majestad del cargo me imponía y, cosa de romper la tirantez,
congratulélo sobre la tramitación del último goal
que, a despecho de la intervención oportuna de Zarlenga y Parodi,
convirtiera el centro half Renovales, tras aquel pase histórico
de Musante. Sensible a mi adhesión al once del Abasto, el prohombre
dio una chupada postrimera a la bombilla exhausta, diciendo filosóficamente,
como aquel que sueña en voz alta:
-Y pensar que yo fui el que les inventé esos nombres.
-¿Alias? -pregunté gemebundo-. ¿Musante no se llama
Musante? ¿Renovales no es Renovales? ¿Limardo no es el genuino
patronímico del ídolo que aclama la afición?
La respuesta me aflojó todos los miembros.
-¿Cómo? ¿Usted cree todavía en la afición
y en ídolos? ¿Dónde ha vivido don Domecq?
En eso entró un ordenanza que parecía un bombero y musitó
que Ferrabás quería hablarle al señor.
-¿Ferrabás, el locutor de la voz pastosa? –exclamé-.
¿El animador de la sobremesa cordial de las 13 y 15 y del jabón
Profumo? ¿Estos, mis ojos, le verán tal cual es? ¿De
veras que se llama Ferrabás?
-Que espere –ordenó el señor Savastano.
-¿Que espere? ¿No sería más prudente que yo
me sacrifique y me retire? –aduje con sincera abnegación.
-Ni se le ocurra –contestó Savastano-. Arturo, dígale
a Ferrabás que pase. Tanto da…
Ferrabás hizo con naturalidad su entrada. Yo iba a ofrecerle mi
butaca, pero Arturo, el bombero, me disuadió con una de esas miraditas
que son como una masa de aire polar. La voz presidencial dictaminó:
-Ferrabás, ya hablé con De Filipo y con Camargo. En la fecha
próxima pierde Abasto, por dos a uno. Hay juego recio, pero no
vaya a recaer, acuérdese bien, en el pase de Musante a Renovales,
que la gente lo sabe de memoria. Yo quiero imaginación, imaginación.
¿Comprendido? Ya puede retirarse.
Junté fuerzas para aventurar la pregunta:
-¿Debo deducir que el score se digita?
Savastano, literalmente, me revolcó en el polvo.
-No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones
que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio.
La falsa excitación de los locutores ¿nunca lo llevó
a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol
se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde
aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de
los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo
hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.
-Señor ¿quién inventó la cosa? –atiné
a preguntar.
-Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quienes se le ocurrieron
primero las inauguraciones de las escuelas y las visitas fastuosas de
testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación
y de las redacciones. Convénzase Domecq, la publicidad masiva es
la contramarca de los tiempos modernos.
-¿Y la conquista del espacio? –gemí.
-Es un programa foráneo, una coproducción yanqui-soviética.
Un laudable adelanto, no lo neguemos, del espectáculo cientificista.
-Presidente, usted me mete miedo –mascullé, sin respetar
la vía jerárquica-. ¿Entonces en el mundo no pasa
nada?
-Muy poco –contestó con su flema inglesa-. Lo que yo no capto
es su miedo. El género humano está en casa, repatingado,
atento a la pantalla o al locutor, cuando no a la prensa amarilla. ¿Qué
más quiere, Domecq? Es la marcha gigante de los siglos, el ritmo
del progreso que se impone.
-Y si se rompe la ilusión? –dije con un hilo de voz.
-Qué se va a romper –me tranquilizó.
-Por si acaso seré una tumba –le prometí-. Lo juro
por mi adhesión personal, por mi lealtad al equipo, por usted,
por Limardo, por Renovales.
-Diga lo que se le dé la gana, nadie le va a creer.
Sonó el teléfono. El presidente portó el tubo al
oído y aprovechó la mano libre para indicarme la puerta
de salida.
Honorio Bustos Domecq
China
Por
un lado el muro gris de la Universidad. Enfrente, la agitación
maloliente de las cocinerías alterna con la tranquilidad de las
tiendas de libros de segunda mano y con el bullicio de los establecimientos
donde hombres sudorosos horman y planchan, entre estallidos de vapor.
Más allá, hacia el fin de la primera cuadra, las casas retroceden
y la acera se ensancha. Al caer la noche, es la parte más agitada
de la calle.
Todo un mundo se arremolina en torno a los puestos de fruta. Las naranjas
de tez áspera y las verdes manzanas, pulidas y duras como el esmalte,
cambian de color bajo los letreros de neón, rojos y azules.
Abismos de oscuridad o de luz caen entre los rostros que se aglomeran
alrededor del charlatán vociferante, engalanado con una serpiente
viva. En invierno, raídas bufandas escarlatas embozan los rostros,
revelando sólo el brillo torvo o confiado, perspicaz o bovino,
que en los ojos señala a cada ser distinto. Uno que otro tranvía
avanza por la angosta calzada, agitando todo con su estruendosa senectud
mecánica. En un balcón de segundo piso aparece una mujer
gruesa envuelta en un batón listado. Sopla sobre un brasero, y
las chispas vuelan como la cola de un cometa. Por unos instantes, el rostro
de la mujer es claro y caliente y absorto.
Como todas las calles, ésta también es pública. Para
mí, sin embargo, no siempre lo fué. Por largos años
mantuve el convencimiento de que yo era el único ser extraño
que tenía derecho a aventurarse entre sus luces y sus sombras.
Cuando pequeño, vivía yo en una calle cercana, pero de muy
distinto sello. Allí los tilos, los faroles dobles, de forma caprichosa,
la calzada poco concurrida y las fachadas serias hablaban de un mundo
enteramente distinto. Una tarde, sin embargo, acompañé a
mi madre a la otra calle. Se trataba de encontrar unos cubiertos. Sospechábamos
que una empleada los había sustraído, para llevarlos luego
a cierta casa de empeños allí situada. Era invierno y había
llovido. Al fondo de las bocacalles se divisaban restos de luz acuosa,
y sobre los techos cerníanse aún las nubes en vagos manchones
parduscos. La calzada estaba húmeda, y las cabelleras de las mujeres
se apegaban, lacias, a sus mejillas. Oscurecía.
Al entrar por la calle, un tranvía vino sobre nosotros con estrépito.
Busqué refugio cerca de mi madre, junto a una vitrina llena de
hojas de música. En una de ellas, dentro de un óvalo, una
muchachita rubia sonreía.
Le pedí a mi madre que me comprara esa hoja, pero no prestó
atención y seguimos camino. Yo llevaba los ojos muy abiertos. Hubiera
querido no solamente mirar todos los rostros que pasaban junto a mi, sino
tocarlos, olerlos, tan maravillosamente distintos me parecían.
Muchas personas llevaban paquetes, bolsas, canastos y toda suerte de objetos
seductores y misteriosos. En la aglomeración, un obrero cargado
de un colchón desarregló el sombrero de mi madre. Ella rió,
diciendo:
-¡Por Dios, esto es como en la China!
Seguimos calle abajo. Era difícil eludir los charcos en la acera
resquebrajada. Al pasar frente a una cocinería, descubrí
que su olor mezclado al olor del impermeable de mi madre era grato. Se
me antojaba poseer cuanto mostraban las vitrinas. Ella se horrorizaba,
pues decía que todo era ordinario o de segunda mano. Cientos de
floreros de vidrio empavonado, con medallones de banderas y flores. Alcancías
de yeso en forma de gato, pintadas de magenta y plata. Frascos de bolitas
multicolores. Sartas de tarjetas postales y trompos.
Pero sobre todo me sedujo una tienda tranquila y limpia, sobre cuya puerta
se leía en un cartel:
"Zurcidor Japonés".
No recuerdo lo que sucedió con el asunto de los cubiertos. Pero
el hecho es que esta calle quedó marcada en mi memoria como algo
fascinante, distinto. Era la libertad, la aventura. Lejos de ella, mi
vida se desarrollaba simple en el orden de sus horas. El "Zurcidor
Japonés", por mucho que yo deseara, jamás remendaría
mis ropas. Lo harían pequeñas monjitas almidonadas de ágiles
dedos. En casa, por las tardes, me desesperaba pensando en "China",
nombre con que bauticé esa calle. Existía, claro está,
otra China. La de las ilustraciones de los cuentos de Calleja, la de las
aventuras de Pinocho. Pero ahora esa China no era importante.
Un domingo por la mañana tuve un disgusto con mi madre. A manera
de venganza fui al escritorio y estudié largamente un plano de
la ciudad que colgaba de la muralla. Después del almuerzo mis padres
habían salido, y las empleadas tomaban el sol primaveral en el
último patio. Propuse a Fernando, mi hermano menor:
-¿Vamos a "China"?
Sus ojos brillaron. Creyó que íbamos a jugar, como tantas
veces, a hacer viajes en la escalera de tijeras tendida bajo el naranjo,
o quizás a disfrazarnos de orientales.
-Como salieron -dijo-, podemos robarnos cosas del cajón de mamá.
-No, tonto -susurré-, esta vez vamos a IR a "China".
Fernando vestía mameluco azulino y sandalias blancas. Lo tomé
cuidadosamente de la mano y nos dirigimos a la calle con que yo soñaba.
Caminamos al sol. Ibamos a "China", había que mostrarle
el mundo, pero sobre todo era necesario cuidar de los niños pequeños.
A medida que nos acercamos, mi corazón latió más
aprisa. Reflexionaba que afortunadamente era domingo por la tarde. Había
poco tránsito, y no se corría peligro al cruzar de una acera
a otra.
Por fin alcanzamos la primera cuadra de mi calle.
-Aquí es -dije, y sentí que mi hermano se apretaba a mi
cuerpo.
Lo primero que me extrañó fué no ver letreros luminosos,
ni azules, ni rojos, ni verdes. Había imaginado que en esta calle
mágica era siempre de noche. Al continuar, observé que todas
las tiendas habían cerrado. Ni tranvías amarillos corrían.
Una terrible desolación me fué invadiendo. El sol era tibio,
tiñendo casas y calle de un suave color de miel. Todo era claro.
Circulaba muy poca gente, éstas a paso lento y con las manos vacías,
igual que nosotros.
Fernando preguntó:
-¿Y por qué es "China" aquí?
Me sentí perdido. De pronto, no supe cómo contentarlo. Vi
decaer mi prestigio ante él, y sin una inmediata ocurrencia genial,
mi hermano jamás volvería a creer en mí.
-Vamos al "Zurcidor Japonés" -dije-. Ahí sí
que es "China".
Tenía pocas esperanzas de que esto lo convenciera. Pero Fernando,
quien comenzaba a leer, sin duda lograría deletrear el gran cartel
desteñido que colgaba sobre la tienda. Quizás esto aumentara
su fe. Desde la acera de enfrente, deletreó con perfección.
Dije entonces:
-Ves, tonto, tú no creías.
-Pero es feo -respondió con un mohín.
Las lágrimas estaban a punto de llenar mis ojos, si no sucedía
algo importante, rápida, inmediatamente. ¿Pero qué
podía suceder? En la calle casi desierta, hasta las tiendas habían
tendido párpados sobre sus vitrinas. Hacia un calor lento y agradable.
-No seas tonto. Atravesemos para que veas -lo animé, más
por ganar tiempo que por otra razón. En esos instantes odiaba a
mi hermano, pues el fracaso total era cosa de segundos.
Permanecimos detenidos ante la cortina metálica del "Zurcidor
Japonés". Como la melena de Lucrecia, la nueva empleada del
comedor, la cortina era una dura perfección de ondas. Había
una portezuela en ella, y pensé que quizás ésta interesara
a mi hermano. Sólo atiné a decirle:
-Mira... -y hacer que la tocara.
Se sintió un ruido en el interior. Atemorizados, nos quitamos de
enfrente, observando cómo la portezuela se abría. Salió
un hombre pequeño y enjuto, amarillo, de ojos tirantes, que luego
echó cerrojo a la puerta. Nos quedamos apretujados junto a un farol,
mirándole fijamente el rostro. Pasó a lo largo y nos sonrió.
Lo seguimos con la vista hasta que dobló por la calle próxima.
Enmudecimos. Sólo cuando pasó un vendedor de algodón
de dulces salimos de nuestro ensueño. Yo, que tenía un peso,
y además estaba sintieno gran afecto hacia mi hermano por haber
logrado lucirme ante él, compré dos porciones y le ofrecí
la maravillosa sustancia rosada. Ensimismado, me agradeció con
la cabeza y volvimos a casa lentamente. Nadie había notado nuestra
ausencia. Al llegar Fernando tomó el volumen de "Pinocho en
la China" y se puso a deletrear cuidadosamente.
Los años pasaron. "China" fué durante largo tiempo
como el forro de color brillante en un abrigo oscuro. Solía volver
con la imaginación. Pero poco a poco comencé a olvidar,
a sentir temor sin razones, temor de fracasar allí en alguna forma.
Más tarde, cuando el mundo de Pinocho dejó de interesarme,
nuestro profesor de box nos llevaba a un teatro en el interior de la calle:
debíamos aprender a golpearnos no sólo con dureza, sino
con técnica. Era la edad de los pantalones largos recién
estrenados y de los primeros cigarrillos. Pero esta parte de la calle
no era "China". Además, "China" estaba casi
olvidada. Ahora era mucho más importante consultar en el "Diccionario
Enciclopédico" de papá las palabras que en el colegio
los grandes murmuraban entre risas.
Más tarde ingresé a la Universidad. Compré gafas
de marco oscuro.
En esta época, cuando comprendí que no cuidarse mayormente
del largo del cabello era signo de categoría, solía volver
a esa calle. Pero ya no era mi calle. Ya no era "China", aunque
nada en ella había cambiado.
Iba a las tiendas de libros viejos, en busca de volúmenes que prestigiaran
mi biblioteca y mi intelecto.
No veía caer la tarde sobre los montones de fruta en los kioscos,
y las vitrinas, con sus emperifollados maniquíes de cera, bien
podían no haber existido. Me interesaban sólo los polvorientos
etantes llenos de libros. O la silueta famosa de algún hombre de
letras que hurgaba entre ellos, silencioso y privado. "China"
había desaparecido. No recuerdo haber mirado, ni una sola vez en
toda esta época, el letrero del "Zurcidor Japonés".
Más tarde salí del país por varios años. Un
día, a mi vuelta, pregunté a mi hermano, quien era a la
sazón estudiante en la Universidad, dónde se podía
adquirir un libro que me interesaba muy particularmente, y que no hallaba
en parte alguna. Sonriendo, Fernando me respondió:
-En "China"...
Y yo no comprendí.
José
Donoso
Un
día de éstos
El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista
sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis.
Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en
el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos
que ordenó de mayor a menor, como en una exposición.
Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón
dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era
rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía
a la situación, como la mirada de los sordos.
Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia
el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza.
Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación,
pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.
Después de la ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana
y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete
de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del
almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once
años lo sacó de su abstracción.
- Papá.
- Qué
- Dice el alcalde que si le sacas una muela.
- Dile que no estoy aquí.
Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del
brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar.
En la salita de espera volvió a gritar su hijo.
- Dice que sí estás porque te está oyendo.
El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo
puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:
- Mejor.
Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde
guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y
empezó a pulir el oro.
- Papá.
- Qué.
Aún no había cambiado de expresión.
- Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.
Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó
de pedalear en la fresa, la retiró del sillón
y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí
estaba el revólver.
- Bueno -dijo. Dile que venga a pegármelo.
Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano
apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral.
Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada
y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio
en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró
la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:
- Siéntese.
- Buenos días -dijo el alcalde.
- Buenos -dijo el dentista.
Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo
en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor
glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de
pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana
con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió
que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió
la boca.
Don Aurelio Escovar le movió la cabeza hacia la luz. Después
de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula
con una presión cautelosa de los dedos.
- Tiene que ser sin anestesia -dijo.
- ¿Por qué?
- Porque tiene un absceso.
El alcalde lo miró en los ojos.
- Esta bien -dijo, y trató de sonreír. El dentista no le
correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con
los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías,
todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera
con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo
todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.
Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó
la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras
de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió
un vacío helado en los riñones, pero no soltó un
suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor,
mas bien con una marga ternura, dijo:
- Aquí nos paga veinte muertos, teniente.
El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y
sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta
que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de
las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor,
que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado
sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera
y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón.
El dentista le dio un trapo limpio.
-
Séquese las lágrimas -dijo.
El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las
manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta
con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó
secándose. "Acuéstese -dijo- y haga buches de agua
de sal.
" El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente
saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas,
sin abotonarse la guerrera.
- Me pasa la cuenta -dijo.
- ¿A usted o al municipio?
El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través
de la red metálica:
- Es la misma vaina.
Gabriel García Márquez
Mi
vida con la ola
Cuando deje aquel mar, una ola se adelanto entre todas. Era esbelta y
ligera. A pesar de los gritos de las otras, que la detenian por el vestido
flotante, se colgo de mi brazo y se fue conmigo saltando. No quise decirle
nada, porque me daba pena avergonzarla ante sus compañeras. Además,
las miradas colericas de las mayores me paralizaron.
Cuando llegamos al pueblo, le expliqué que no podía ser,
que la vida en la ciudad no era lo que ella pensaba en su ingenuidad de
ola que nunca ha salido del mar. Me miro seria: "Su decisión
estaba tomada. No podia volver." Intente dulzura, dureza, ironía.
Ella lloro, grito, acaricio, amenazo. Tuve que pedirle perdón.
Al día siguiente empezaron mis penas. Cómo subir al tren
sin que nos vieran el conductor, los pasajeros, la policia? Es cierto
que los reglamentos no dicen nada respecto al transporte de olas en los
ferrocarriles, pero esa misma reserva era un indicio de la severidad con
que se juzgaría nuestro acto.
Tras de mucho cavilar me presente en la estación una hora antes
de la salida, ocupé mi asiento y, cuando nadie me veía,
vacié el depósito de agua para los pasajeros; luego, cuidadosamente,
vertí en él a mi amiga.
El primer incidente surgió cuando los niños de un matrimonio
vecino declararon su ruidosa sed. Les salí al paso y les prometí
refrescos y limonadas. Estaban a punto de aceptar cuando se acerco otra
sedienta. Quise invitarla también, pero la mirada de su acompañante
me detuvo. La señora tomo un vasito de papel, se acerco al depósito
y abrio la llave . Apenas estaba a medio llenar el vaso cuando me interpuse
de un salto entre ella y mi amiga. La señora me miro con asombro.
Mientras pedía disculpas, uno de los niños volvio abrir
el depósito.
Lo cerré con violencia.
La señora se llevo el vaso a los labios: -Ay el agua esta salada.
El niño le hizo eco. Varios pasajeros se levantaron. El marido
llamo al Conductor: -Este individuo echo sal al agua. El Conductor llamo
al Inspector: -Conque usted echo substancias en el agua? El Inspector
llamo al Policia en turno: -Conque usted echo veneno al agua? El Policia
en turno llamo al Capitan: - Conque usted es el envenenador? El Capitán
llamo a tres agentes. Los agentes me llevaron a un vagón solitario,
entre las miradas y los cuchicheos de los pasajeros.
En la primera estacion me bajaron y a empujones me arrastraron a la cárcel.
Durante dias no se me hablo, excepto durante los largos interrogatorios.
Cuando contaba mi caso nadie me creia, ni siquiera el carcelero, que movia
la cabeza, diciendo: "El asunto es grave, verdaderamente grave. No
había querido envenenar a unos niños?" Una tarde me
llevaron ante el Procurador. -Su asunto es difícil -repitió-.
Voy a consignarlo al Juez Penal. Así paso un año. Al fin
me juzgaron. Como no hubo víctimas, mi condena fue ligera. Al poco
tiempo, llego el dia de la libertad. El Jefe de la Prisión me llamo:
-Bueno, ya esta libre. Tuvo suerte. Gracias a que no hubo desgracias.
Pero que no se vuelva a repetir, por que la proxima le costara caro...
Y me miro con la misma mirada seria con que todos me veian.
Esa misma tarde tome el tren y luego de unas horas de viaje incómodo
llegue a México. Tome un taxi y me dirigí a casa. Al llegar
a la puerta de mi departamento oí risas y cantos. Sentí
un dolor en el pecho, como el golpe de la ola de la sorpresa cuando la
sorpresa nos golpea en pleno pecho: mi amiga estaba alli, cantando y riendo
como siempre. -Cómo regresaste? -Muy fácil: en el tren.
Alguien, después de cerciorarse de que sólo era agua salada,
me arrojo en la locomotora. Fue un viaje agitado: de pronto era un penacho
blanco de vapor, de pronto caía en lluvia fina sobre la máquina.
Adelgace mucho. Perdí muchas gotas. Su presencia cambio mi vida.
La casa de pasillos obscuros y muebles empolvados se lleno de aire, de
sol, de rumores y reflejos verdes y azules, pueblo numeroso y feliz de
reverberaciones y ecos.
Cuántas olas es una ola o como puede hacer playa o roca o rompeolas
un muro, un pecho, una frente que corona de espumas! Hasta los rincones
abandonados, los abyectos rincones del polvo y los detritus fueron tocados
por sus manos ligeras. Todo se puso a sonreir y por todas partes brillaban
dientes blancos. El sol entraba con gusto en las viejas habitaciones y
se quedaba en casa por horas, cuando ya hacia tiempo que habia abandanado
las otras casas, el barrio, la ciudad, el país. Y varias noches,
ya tarde, las escandalizadas estrellas lo vieron salir de mi casa, a escondidas.
El amor era un juego, una creacion perpetua.
Todo era playa, arena, lecho de sábanas siempre frescas. Si la
abrazaba, ella se erguia, increiblemente esbelta, como tallo liquido de
un chopo; y de pronto esa delgadez florecia en un chorro de plumas blancas,
en un penacho de risas de caian sobre mi cabeza y mi espalda y me cubrian
de blancuras. O se extendia frenta a mi, infinita como el horizonte, hasta
que yo también me hacia horizonte y silencio. Plena y sinuosa,
me elvolvia como una musica o unos labios inmensos. Su presencia era un
ir y venir de caricias, de rumores, de besos.
Entraba en sus aguas, me ahogaba a medias y en un cerrar de ojos me encontraba
arriba, en lo alto del vertigo, misteriosamente suspendido, para caer
despues como una piedra , y sentirme suavemente depositado en lo seco,
como una pluma. Nada es comparable a dormir mecido en las aguas, si no
es despertar golpeado por mil alegres latigos ligeros, por arremetidas
que se retiran riendo.
Pero jamás llegue al centro de su ser. Nunca toque el nudo del
ay y de la muerte. Quiza en las olas no existe ese sitio secreto que hace
vulnerable y mortal a la mujer, ese pequeño boton electrico donde
todo se enlaza, se crispa y se yergue, para luego desfallecer . Su sensibilidad,
como las mujeres, se propagaba en ondas, solo que no eran ondas concentricas,
sino excentricas, que se extendian cada vez mas lejos, hasta tocar otros
astros. Amarla era prolongarse en contactos remotos, vibrar con estrellas
lejanas que no sospechamos. Pero su centro... no, no tenia centro, sino
un vacio parecido al de los torbellinos, que me chupaba y me asfixiaba.
Tendido el uno al lado de otro , cambiabamos confidencias, cuchicheos,
risas. Hecha un ovillo, caia sobre mi pecho y alli se desplegaba como
una vegetacion de rumores. Cantaba a mi oido, caracola. Se hacia humilde
y transparente, echada a mis pies como un animalito, agua mansa. Era tan
limpìda que podia leer todos sus pensamientos. Ciertas noches su
piel se cubria de fosforecencias y abrazarla era abarazar un pedazo de
noche tatuada de fuego. Pero se hacia tambien negra y amarga. A horas
inesperadas mugia, suspiraba, se retorcia.
Sus gemidos despertaban a los vecinos. Al oirla el viento del mar se ponia
a rascar la puerta de la casa o deliraba en voz alta por alas azoteas.
Los dias nublados la irritaban; rompia muebles, decia malas palabras,
me cubria de insultos y de una espuma gris y verdosa. Escupia, lloraba,
juraba, profetizaba. Sujeta a la luna, las estrellas, al influjo de la
luz de otros mundos, cambiaba de humor y de semblante de una manera que
a mi me parecia fantastica, pero que era tal como la marea.
Empezo a quejarse de soledad. Llene la casa de caracolas y conchas, pequeños
barcos veleros, que en sus dias de furia hacia naufragar (junto con los
otros, cargados de imagenes, que todas las noches salian de mi frente
y se hundia en sus feroces o graciosos torbellinos). Cuantos pequeños
tesoros se perdieron en ese tiempo! Pero no le bastaban mis barcos ni
el canto silencioso de las caracolas. Confieso que no sin celos los veia
nadar en mi amiga, acariciar sus pechos, dormir entre sus piernas, adornar
su cabellera con leves relampagas de colores. Entre todos aquellos peces
habia unos particularmente repulsivos y feroces, unos pequeños
tigres de acuario, grandes ojos fijos y bocas hendidas y carniceras. No
se por que aberracion mi amiga se complacia en jugar con ellos, mostrandoles
sin rubor una preferencia cuyo significado prefiero ignorar. Pasaba largas
horas encerrada con aquellas horribles criaturas.
Un día no pude mas; eche abajo la puerta y me arroje sobre ellos.
Agiles y fantasmales, se me escapaban entre als manos mientras ella reia
y me golpeaba hasta derribarme. Senti que me ahogaba. Y cuando estaba
a punto de morir, morado ya, me deposito en la orilla y empezo a besarme,
y humillado. Y al mismo tiempo la voluptuosidad me hizo cerrar los ojos.
Porque su voz era dulce y me hablaba de la muerte deliciosa de loas ahogados.
Cuando volvi en mi, empece a temerla y a odiarla. Tenia descuidados mis
asuntos. Empece a frecuentar los amigos y reanude viejas y queridas relaciones.
Encontre a una amiga de juventud. Haciendole jurar que me guardaria el
secreto, le conte mi vida con la ola. Nada conmueve tanto a las mujeres
como la posibildad de salvar a un hombre.
Mi redentora empleo todas sus artes, pero, qué podia una mujer,
dueña de un número limitado de almas y cuerpos, frente a
mi amiga, siempre cambiante - y siempre identica a si misma en su metamorfosis
incesantes? Vino el invierno. El cielo se volvio gris. La niebla cayo
sobre la ciudad. Lovia una llovizna helada. Mi amiga gritaba todas las
noches. Durante el día se aislaba, quieta y siniestra, mascullando
una sola silaba, como una vieja que rezonga en un rincon. Se puso fria;
dormir con ella era tirar toda la noche y sentir como se helaba paulatinamente
la sangre, los huesos, los pensamientos. Se volvio impenetrable, revuelta.
Yo salia con frecuencia y mis ausencias eran cada vez mas prolongadas.
Ella, en su rincón, aullaba largamente. Con dientes acerados y
lengua corrosiva roia los muros, desmoronaba las paredes.
Pasaba las noches en vela, haciendome reproches. Tenía pesadillas,
deliraba con el sol, con un gran trozo de hielo, navegando bajo cielos
negros en noches largas como meses. Me injuriaba. Maldecía y reía;
llenaba la casa de carcajadas y fantasmas. Llamaba a los monstruos de
las profundidades, ciegos, rapidos y obtusos. Cargada de electricidad,
carbonizaba lo que rozaba. Sus dulces brazos se volvieron cuerdas asperas
que me estrangulaban. Y su cuerpo verdoso y elástico, era un látigo
implacable, que golpeaba, golpeaba, golpeaba.
Huí. los horribles peces reían con risa feroz. Allà
en las montañas, entre los altos pinos y los despeñaderos,
respire el aire frio y fino como un pensamiento de libertad. Al cabo de
un mes regresé. Estaba decidido.
Había hecho tanto frío que encontré sobre el marmol
de la chimenea, junto al fuego extinto, una estatua de hielo. No me conmovió
su aborrecida belleza. Le eché en un gran saco de lona y salí
a la calle, con la dormida a cuestas. En un restaurante de las afueras
la vendí a un cnatinero amigo, que inmediantamente empezó
a picarla en pequeños trozos, que depositó cuidadosamente
en las cubetas donde se enfrían las botellas.
Octavio Paz
Tilo
En el umbral de mis recuerdos de infancia, guardián y fiel hasta
más allá de la vida, está Tilo, mi fiel perro. Con
sus orejas puntiagudas, el negro hocico, el pelaje amarillo, las cortas
patas, la festiva cola, tan vivo está a través de los años,
que un ladrido que se pareciese al suyo, unos ojuelos como los suyos,
los distinguiría ahora mismo entre mil. No sé como llegó
a mi casa. Alguien debió de dármelo pequeñito.
Lo veo ya andando a mi lado, con sus saltos, su mirada llena de amistad,
su sombra menuda siempre confundiéndose con la mía un poco
más grande. Goloso como un niño, me enseñó
a ser dadivosa a fuerza de quererlo. La incorregible "manoabierta"
de hoy hizo con él su aprendizaje de generosidad. La mitad de mis
provisiones dulces era para Tilo. A veces él, sin conciencia de
su glotonería, miraba de un modo tan lleno de codicia mi último
pedazo de bizcocho, o el postrer terrón de azúcar que tenía
en la mano, que dejaba yo de comerlo para dárselo, lo que no era
obstáculo para que, más de una vez, luego que se lo hubiera
comido, si mi apetito no estaba satisfecho, las lágrimas se me
agolparan en los ojos y un tirón de la cola del pobrecillo fuera
el corolario de mi magnanimidad.
Tilo! Imitando a mi madre, yo solía decirle "mi ángel",
"mi tesoro","preciosidad", "encanto", y
llegó a familiarizarse de tal modo con esos nombres de ternura,
que a cualquiera de ellos respondía como al suyo propio. Cuando
empecé a ir al colegio, me acompañaba hasta la puerta llevando
en la boca mi canasta con la merienda y la pizarra. Todos los chiquilines
del pueblo lo conocían y me lo codiciaban. A la salida de clase
era un tumulto en torno suyo:
-Tilo, serví en dos patas, Tilo.
-Chúmbale, chumba...a...lée a Mariquita, Tilo El grito de
miedo gozoso de la niña:
-Ay, a mí, no, Tilito, a mí no!
Y la voz de la maestra vigilante:
-Niños, quietos. Susana, márchate ya con Tilo...
Ese cuzco...!
(Cómo está todo esto en mi corazón, Dios mío!).
Él ladraba, corría con la lengua fuera, tras unos y otros,
alegre como de elástico, pero siempre atento a mis pasos y a la
orden de recoger la canasta, que ponía fin a sus correrías.
Después que la tomaba en la boca, sólo con la cola parecía
haber descubierto el movimiento continuo, seguía respondiendo a
los gritos joviales y a las solicitudes interminables. Marchaba entonces
a mi lado, sobre sus cortas patas, con una obediencia de buen servidor
que cumple honradamente su tarea.
Juana
de Ibarbourou
El
carpintero
Orlando Goicoechea reconoce las maderas por el olor, de qué árboles
vienen, qué edad tienen, y oliéndolas sabe si fueron cortadas
a tiempo o a destiempo y les adivina los posibles contratiempos.
El
es carpintero desde que hacía sus propios juguetes en la azotea
de su casa del barrio de Cayo Hueso.
Nunca tuvo máquinas ni ayudantes. A mano hace todo lo que hace,
y de su mano nacen los mejores muebles de La Habana: mesas para comer
celebrando, camas y sillas que te da pena levantarte, armarios donde a
la ropa le gusta quedarse.
Orlando trabaja
desde el amanecer. Y cuando el sol se va de la azotea, se encierra y enciende
el video.
Al cabo de tantos años de trabajo, Orlando se ha dado el lujo de
comprarse un video, y ve una película tras otra.
No sabía
que eras loco por el cine le dice un vecino.
Y Orlando
le explica que no, que a él el cine ni le va ni le viene, pero
gracias al video puede detener las películas para estudiar los
muebles.
Eduardo
Galeano
Milagro
Secreto
Y Dios lo hizo morir durante cien años y luego lo
animó y le dijo:
—¿Cuánto tiempo has estado aqui?
—Un
dia
o parte de un dia— respondió. ALCORAN, II, 261.
La noche del catorce de marzo de 1939, en un departamento de la Zeltnergasse
de Praga, Jaromir Hladik, autor de la inconclusa tragedia Los enemigos,
de una Vindicación de la eternidad y de un exámen de las
indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con
un largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres;
la partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz
de nombrar el olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizás
infinito; las piezas y el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir
(en el sueño) era el primogénito de una de las familias
hostiles; en los relojes resonaba la hora de la impostergable jugada;
el soñador corría por las arena de un desierto lluvioso
y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese punto,
se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles
relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces
de mando, subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer; las blindadas
vanguardias del Tercer Reich entraban en Praga.
E1 diecinueve, las
autoridades recibieron una denuncia; el mismo diecinueve, al atardecer,
Jaromir Hladik fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico
y blanco, en la ribera opuesta del Moldau. No pudo levantar uno solo de
los cargos de la Gestapo: su apellido materno era Jaroslavski, su sangre
era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante, su firma dilataba
el censo final de una protesta contra el Anschluss. En 1928, había
traducido el Sepher Yezirahl para la editorial Hermann Barsdorf; el efusivo
catálogo de esa casa había exagerado comercialmente el renombre
del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius Rothe, uno de
los jefes en cuyas manos estaba la suerte de Hladik. No hay hombre que,
fuera de su especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos
en letra gótica bastaron para que Julius Rothe admitiera la preeminencia
de Hladik y dispusiera que lo condenaron a muerte, pour encourager les
autres. Se fijó el dia veintinueve de marzo, a las nueve a.m. Esa
demora (cuya importancia apreciará después el lector) se
debía al deseo administrativo de obra impersonal y pausadamente,
como los vegetales y los planetas.
El primer sentimiento
de Hladik fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran arredrado
la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado
era intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de morir
era lo temible, no las circunstancias concretes. No se cansaba de imaginar
esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones.
Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer haste la
misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe,
murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos
fatigaban la geometria, ametrallado por soldados variables, en número
cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras, desde moy cerca.
Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas
ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado
el círculo, Jaromir interminablemente volvia a las trémulas
visperas de su muerte. Luego reflexionó que la realidad no suele
coincidir con las previsiones; con lógica perverse infirió
que prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda.
Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no sucedieran, rasgos
atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran proféticos.
Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo en la
sustancia fugitiva del tiempo. Sabia que éste se precipitaba hacia
el alba del dia veintinueve; razonaba en voz alta: Ahora estoy en la noche
del veintidós; mientras dure esta noche (y seis noches más)
soy invulnerable, inmortal. Pensaba que las noches de sueño eran
piletas hondas y oscuras en las que podia sumergirse. A veces anhelaba
con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiria, mal o bien,
de su vana tarea de imaginar. El veintiocho, cuando el último ocaso
reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones
abyectas la imagen de su drama Los enemigos.
Hladik había
rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas
costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constitrúa
su vida; como todo escritor, medía las virtudes de los otros por
lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo
que vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la
estampa le infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes
de la obra de Boehme, de Abenesra y de Fludd, había intervenido
esencialmente la mera aplicación; en su traducción del Sepher
Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba menos deficiente,
tal vez, la Vindirarión de la eternidad: el primer volúmen
historia las diversas eternidades que han ideado los hombres, desde el
inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado modificable de
Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos los hechos del
universo integran una serie temporal. Arguye que no es infinita la cifra
de las posibles experiencias del hombre y que basta una sola "repetición"
para demostrar que el tiempo es una falacia.... Desdicha damente, no son
menos falaces los argumentos que demuestran esa falacia; Hladik solía
recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había
redactado una serie de poemas expresionistas; éstos, para confusión
del poeta, figuraron en una antología de 1924 y no hubo antología
posterior que no los heredara. De todo ese pasado equívoco y lánguido
quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos.
(Hladik preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden
la irrealidad, que es condición del arte. )
Este drama observaba
las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría
en Hradcany, en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una
de las últimas tardes del siglo diecinueve. En la primera escena
del primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un reloj da las
siete, una vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire
trae una apasionada y reconocible música húngara.) A esta
visita siguen otras; Roemerstadt no conoce las personas que lo importunan,
pero tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal
vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio—primero
para los espectadores del drama, luego para el mismo barón—que
son enemigos secretos, conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener
o burlar sus complejas intrigas; en el diálogo, aluden a su novia,
Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez la importunó
con su amor. Este, ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt....
Los peligros arrecian; Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en
la obligación de matar a un conspirador. Empieza el tercer acto,
el último. Crecen gradualmente las incoherencias: vuelven actores
que paracían descartados ya de la trama; vuelve, por un instante,
el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha atardecido:
el reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental,
el aire trae una apasionada música húngara. Aparace el primer
interlocutor y repite las palabras que pronunció en la prirnera
escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el espectador
entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. El drama no ha
ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin.
Nunca se había
preguntado Hladik si esa tragicomedia de errores era baladí o admirable,
rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la
invención más apta para disimular sus defectos y para ejercitar
sus felicidades, la posibilidad de rescatar (de manera simbólica)
lo fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y
alguna escena del tercero; el caracter métrico de la obra le permitía
examinarla continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito
a la vista. Pensó que aún le faltaban dos actos y que muy
pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad: Si de algún
modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como
autor de Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede
justficarme y justificarte, requiero un año más. Otórgame
esos dias, Tú de quien son los siglos y el tiempo. Era la última
noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño
lo anegó como un agua oscura.
Hacia el alba, soñó
que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del
Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué
busca? Hladik le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo:
Dios está en una de las letras de una de las páginas de
uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres
de mis padres han bascado esa letra; yo me he quedado ciego bascándola.
Se quitó las gafas y Hladik vio los ojos, que estaban muertos.
Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil,
dijo, y se lo dio a Hladik. Este lo abrió al azar. Vio un mapa
de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las minimas
letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado.
Aqui Hladik se despertó.
Recordó que
los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides
ha escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son
distintas y claras y no se puede ver quién las dijo. Se vistió;
dos soldados entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.
Del otro lado de la
puerta, Hladik había previsto un laberinto de galerias, escaleras
y pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una
sola escalera de hierro. Varios soldados, algunos de uniforme desabrochado—revisaban
una motocideta y la discutían. El sargento miró el reloj:
eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que
dieran las nueve. Hladik, más insignificante que desdichado, se
sentó en un montón de leña. Advirtió que los
ojos de los soldados rehuían los suyos. Para aliviar la espera,
el sargento le entregó un cigarrillo. Hladik no fumaba; lo aceptó
por cortesia o por humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos.
El día se nubló; los soldados hablaban en voz baja como
si él ya estuviera muerto. Vanamente, procuró recordar a
la mujer cuyo símbolo era Julia de Weidenau....
El piquete se formó,
se cuadró. Hladik, de pie contra la parad del cuartel, esperó
la descarga. Alguien temió que la parad quedara maculada de sangre;
entonces le ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladik, absurdamente,
recordó las vacilaciones preliminares de los fotógrafos.
Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladik y rodó
lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.
El universo físico
se detuvo.
Las armas convergian
sobre Hladik, pero los hombres que iban a matarlo estaban inmóviles.
El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa
del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había
cesado, como en un cuadro. Hladik ensayó un grito, una silaba,
la torsión de una mano. Comprendió que estaba paralizado.
No le llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó
estoy en el inferno, estoy muerto. Pensó estoy loco. Pensó
el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó que en tal caso, también
se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a prueba: repitió
(sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio.
Imaginó que los ya remotos soldados compartían su angustia;
anheló comunicarse con ellos. Le asombró no sentir ninguna
fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió,
al cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo seguía
inmóvil y sordo. En su mejilla perduraba la gota de agua; en el
patio, la sombra de la abeja; el humo del cigarrillo que había
tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro "día" pasó,
antes que Hladik entendiera.
Un año entero
había solicitado de Dios para terminar su labor: un año
le otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto:
lo mataría el plomo germánico, en la hora determinada, pero
en su mente un año transcurriría entre la orden y la ejecución
de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la
resignación, de la resignacion a la súbita gratitud.
No disponía
de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro
que agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran
y olvidan párrafos iterinos y vagos. No trabajó para la
posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía.
Minuciosos, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto
laberinto invisible. Rehizo el tercer acto dos veces. Borró algún
símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música.
Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó;
en algún cave, optó por la versión primitiva. Llegó
a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban modificó
su concepción del carácter de Roemerstaaft. Descubrió
que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son meres
supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita,
no de la palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba
ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de
agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido,
movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.
Jaromir Hladik murió
el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.
Jorge
Luis Borges
Confesiones
de una mujer
Amigo mío, me ha pedido usted que le cuente los recuerdos más
vivos de mi existencia. Soy muy vieja, sin parientes, sin hijos; puedo,
pues, libremente confesarme con usted. Prométame sólo que
jamás desvelará mi nombre.
He sido muy amada,
usted lo sabe; y a menudo amé yo también. Era muy hermosa;
puedo decirlo hoy, cuando ya nada queda. El amor era para mí la
vida del alma, como el aire es la vida del cuerpo. Hubiera preferido morir
a existir sin ternura, sin un pensamiento siempre clavado en mí.
Las mujeres pretenden con frecuencia no amar sino una sola vez con todo
el poder de su corazón; con frecuencia me ocurrió que amaba
tan violentamente que me parecía imposible que aquellos transportes
finalizasen. Y sin embargo se extinguían siempre de una forma natural,
como un fuego falto de leña.
Le contaré
hoy la primera de mis aventuras, en la que yo fui muy inocente, aunque
determinó las otras.
La horrible venganza
de ese espantoso farmacéutico de Le Pecq me ha recordado el terrible
drama al cual asistí muy a mi pesar.
Estaba casada desde
hacía un año, con un hombre rico, el conde Hervé
de Ker..., un bretón de vieja cepa al cual, por supuesto, no amaba.
El amor, el verdadero, necesita, o por lo menos así lo creo, libertad
y obstáculos al mismo tiempo. El amor impuesto, sancionado por
la ley, bendecido por el sacerdote, ¿es amor? Un beso legal nunca
vale lo que un beso robado.
Mi marido era de elevada
estatura, elegante y todo un gran señor de aspecto. Pero carecía
de inteligencia. Hablaba de un modo terminante, emitía opiniones
cortantes como cuchillos. Se le notaba una mente llena de ideas preconcebidas,
infundidas en él por sus padres que a su vez las habían
recibido de sus antepasados. No vacilaba jamás, daba sobre todo
una opinión inmediata y limitada, sin el menor embarazo y sin comprender
que pudieran existir otros modos de ver. Se notaba que aquella cabeza
estaba cerrada, que por ella no circulaban ideas, esas ideas que renuevan
y sanean un espíritu como el viento que atraviesa una casa cuyas
puertas y ventanas se abren.
El castillo donde
vivíamos se encontraba en plena región desierta. Era un
gran edificio triste, enmarcado por árboles enormes cuyo musgo
hacía pensar en las blancas barbas de los ancianos. El parque,
un verdadero bosque, estaba rodeado por un profundo foso de esos que llaman
salto de lobo; y al final, del lado del páramo, teníamos
dos grandes estanques llenos de cañas y de hierbas flotantes. Entre
los dos, a orillas de un arroyo que los unía, mi marido había
mandado construir una pequeña choza para tirar sobre los patos
salvajes.
Teníamos, amén
de nuestros criados normales, un guarda, una especie de bruto adicto a
mi marido hasta la muerte, y una doncella, casi una amiga, locamente ligada
a mí. Yo la había traído de España cinco años
antes. Era una niña abandonada. Se la hubiera tomado por una gitana
a causa de su tez morena, de sus ojos oscuros, de sus cabellos profundos
como un bosque y siempre encrespados en torno a la frente. Contaba entonces
dieciséis años, pero aparentaba veinte.
Comenzaba el otoño.
Cazábamos mucho, unas veces en las propiedades de los vecinos,
otras en la nuestra; y yo me fijé en un joven, el barón
de C..., cuyas visitas al castillo se volvían singularmente frecuentes.
Después dejó de venir, y no pensé más en él;
pero me di cuenta de que mi marido cambiaba de actitud conmigo.
Parecía taciturno,
preocupado, ya no me abrazaba; y aunque casi no entraba en mi dormitorio,
que yo había exigido separado del suyo con el fin de vivir un poco
sola, a menudo oía, de noche, unos pasos furtivos que llegaban
hasta mi puerta y se alejaban tras unos minutos.
Como mi ventana estaba
en la planta baja, a menudo creí también oír merodeos
en la sombra, en torno al castillo. Se lo dije a mi marido, que me miró
fijamente durante unos segundos y después respondió:
-No es nada, es el
guarda.
Ahora bien, una noche,
cuando acabábamos de cenar, Hervé, que parecía muy
alegre, contra su costumbre, con una alegría socarrona, me preguntó:
-¿Le gustaría
a usted pasar tres horas al acecho para matar un zorro que viene por las
noches a comerse mis gallinas?
Me quedé sorprendida;
vacilaba; pero como él me examinaba con singular obstinación,
acabé respondiendo:
-Claro que sí,
amigo mío.
Tengo que decirle
que yo cazaba como un hombre lobos y jabalíes. Conque era muy natural
que me propusiera aquel acecho.
Pero mi marido de
repente adoptó un aire extrañamente nervioso; y durante
toda la velada estuvo agitado, levantándose y volviéndose
a sentar febrilmente.
Hacía las diez
me dijo de pronto:
-¿Está
usted preparada?
Me levanté.
Y cuando él me trajo mi escopeta, pregunté:
-¿Hay que cargar
con bala o con posta?
Pareció sorprendido,
y después prosiguió:
-¡Oh!, sólo
con posta, bastará, puede estar segura.
Después, tras
unos segundos, agregó con singular tono:
-¡Puede usted
alabarse de su sangre fría!
Me eché a reír:
-¿Yo? ¿Por
qué? ¡Sangre fría para ir a matar un zorro! Pero,
¡qué ideas tiene usted, amigo mío!
Y henos aquí
en marcha, sin hacer ruido, a través del parque. Toda la casa dormía.
La luna llena parecía teñir de amarillo el viejo edificio
oscuro cuyo tejado de pizarra relucía. Las dos torrecillas que
lo flanqueaban ostentaban en su cima dos placas de luz, y ningún
ruido turbaba el silencio de aquella noche clara y triste, dulce y pesada,
que parecía muerta. Ni el menor soplo de aire, ni un grito de un
sapo, ni un gemido de lechuza; un lúgubre entorpecimiento se había
abatido sobre todo.
Cuando estuvimos bajo
los árboles del parque me asaltó su frescura, y un olor
a hojas caídas. Mi marido no decía nada, pero escuchaba,
espiaba, parecía olfatear en las sombras, poseído de pies
a cabeza por la pasión de la caza.
Pronto llegamos al
borde de los estanques.
Su cabellera de juncos
permanecía inmóvil, ningún soplo la acariciaba; pero
por el agua corrían movimientos apenas sensibles. A veces un punto
se agitaba en la superficie, y de allí partían leves círculos,
semejantes a arrugas luminosas, que se agrandaban sin fin.
Cuando llegamos a
la choza donde debíamos emboscarnos, mi marido me dejó pasar
delante, después armó lentamente su escopeta y el chasquido
seco de las piezas me produjo un extraño efecto. Me sintió
temblar y me preguntó:
-¿Es, acaso,
que ya le basta a usted con esta prueba? Pues márchese.
Respondí, muy
sorprendida:
-Nada de eso, no he
venido para regresar. ¿Está usted de broma esta noche?
Murmuró:
-Como usted quiera.
Y permanecimos inmóviles.
Al cabo de una media
hora, como nada turbaba la pesada y clara tranquilidad de aquella noche
de otoño, dije, en voz baja:
-¿Está
usted seguro de que pasa por aquí?
Hervé tuvo
una sacudida, como si lo hubiera mordido, y, con la boca pegada a mi oído:
-Estoy seguro, escuche.
Y volvió a
reinar el silencio.
Creo que empezaba
a amodorrarse cuando mi marido me apretó el brazo; y su voz silbante,
cambiada, pronunció:
-¿No le ve
usted, allá abajo, entre los árboles?
Por mucho que miraba,
yo no distinguía nada. Y lentamente Hervé apuntó,
mientras me miraba fijamente a los ojos. Yo misma estaba preparada para
disparar, cuando de pronto, a treinta pasos de nosotros, apareció
a plena luz un hombre que avanzaba a pasos rápidos, con el cuerpo
inclinado, como si viniera huyendo.
Me quedé tan
estupefacta que lancé un violento grito; pero antes de que pudiera
volverme, ante mis ojos pasó una llama, una detonación me
aturdió, y vi al hombre rodar por el suelo como un lobo que recibe
una bala.
Lancé agudos
clamores, espantada, asaltada por la locura; y entonces una mano furiosa,
la de Hervé, me asió por la garganta. Fui derribada, y después
alzada en sus robustos brazos. Corrió, llevándome en vilo,
hacia el cuerpo tendido sobre la hierba, y me arrojó sobre él,
violentamente, como si hubiera querido romperme la cabeza.
Me sentí perdida;
iba a matarme; y ya alzaba sobre mi frente su tacón, cuando a su
vez fue sujetado y derribado, sin que yo hubiese entendido aún
lo que estaba ocurriendo.
Me alcé bruscamente
y vi, de rodillas sobre él, a Paquita, mi criada, que, aferrada
a él como un gato furioso, crispada, enloquecida, le arrancaba
la barba, el bigote y la piel del rostro.
Después, como
asaltada bruscamente por otra idea, se levantó y, arrojándose
sobre el cadáver, lo estrechó entre sus brazos, besándolo
en los ojos, en la boca, abriendo con sus labios los labios muertos, buscando
en ellos un hálito, y la profunda caricia de los amantes.
Mi marido, en pie,
la miraba. Comprendió y, cayendo a mis pies:
-¡Oh! perdón,
querida mía; sospeché de ti y he matado al amante de esta
muchacha; mi guarda me ha engañado.
Yo, por mi parte,
miraba los extraños besos de aquel muerto y aquella viviente; y
los sollozos de ella, y sus sobresaltos de amor desesperado.
Y en ese
momento comprendí que le sería infiel a mi marido.
Guy de Maupassant
Ante
la Ley
Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a
este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero
el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El
hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La
puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando
el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar.
El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si
tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición.
Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de
los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes,
cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián
es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El
campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería
ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián,
con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra
de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar.
El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado
de la puerta.
Allí
espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga
al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián
conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país
y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las
de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no
puede dejarlo entrar.
El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica
todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta
todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante
esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián:
se olvida de los otros y le parece que éste es el único
obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante
los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a
medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la
infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián
ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también
suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente,
su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo
lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un
resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda
poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos
años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora
no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque,
ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián
se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la
disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo,
para desmedro del campesino.
-¿Qué
quieres saber ahora?-pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos
se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo
es posible entonces que durante tantos años nadie más que
yo pretendiera entrar?
El
guardián comprende que el hombre está por morir, y para
que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto
al oído con voz atronadora:
-Nadie
podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora
voy a cerrarla.
Franz
Kakfa
La
ola de perfume verde
Yo ignoro cuáles
son las causas que lo determinaron al profesor Hagenbuk a dedicarse a
los naipes, en vez de volverse bizco en los tratados de matemáticas
superiores. Y si digo volverse bizco, es porque el profesor Hagenbuk siempre
bizqueó algo; pero aquella noche, dejando los naipes sobre la mesa,
exclamó:
-¿Ya apareció
el espantoso mal olor?
El olfato del profesor
Hagenbuk había siempre funcionado un poco defectuosamente, pero
debo convenir que no éramos nosotros solos los que percibíamos
ese olor en aquel restaurant de después de medianoche, concurrido
por periodistas y gente ocupada en trabajos nocturnos, sino que también
otros comensales levantaban intrigados la cabeza y fruncían la
nariz, buscando alrededor el origen de esa pestilencia elaborada como
con gas de petróleo y esencia de clavel.
El dueño del
restaurant, un hombre impasible, pues a su mostrador se arrimaban borrachos
conspicuos que toda la noche bebían y discutían de pie frente
a él, abandonó su flema, y, dirigiéndose a nosotros
-desde el mostrador, naturalmente-, meneó la cabeza para indicarnos
lo insólito de semejante perfume.
Luis y yo asomamos,
en compañía de otros trasnochadores, a la puerta del restaurant.
En la calle acontecía el mismo ridículo espectáculo.
La gente, detenida bajo los focos eléctricos o en el centro de
la calzada, levantaba la cabeza y fruncía las narices; los vigilantes,
semejantes a podencos, husmeaban alarmados en todas direcciones. El fenómeno
en cierto modo resultaba divertido y alarmante, llegando a despertar a
los durmientes. En las habitaciones fronteras a la calle, se veían
encenderse las lámparas y moverse las siluetas de los recién
despiertos, proyectadas en los muros a través de los cristales.
Algunas puertas de calle se abrían. Finalmente comenzaron a presentarse
vecinos en pijamas, que con alarmante entonación de voz preguntaban:
-¿No serán
gases asfixiantes?
A las tres de la madrugada
la ciudad estaba completamente despierta. La tesis de que el hedor clavel-petróleo
fuera determinada por la emanación de un gas de guerra, se había
desvanecido, debido a la creencia general en nuestro público de
que los gases de guerra son de efecto inmediato. Lo cual contribuía
a desvanecer un pánico que hubiera podido tener tremendas consecuencias.
Los fotógrafos
de los periódicos perforaban la media luz nocturna con fogonazos
de magnesio, impresionando gestos y posturas de personas que en los zaguanes,
balcones, terrazas y plazuelas, enfundadas en sus salidas de baño
o pijamas, comentaban el fenómeno inexplicable.
Lo más curioso
del caso es que en este alboroto participaban los gatos y los caballos.
"Xenius", el hábil fotógrafo de "El Mundo"
nos ha dejado una estupenda colección de caballos aparentemente
encabritados de alegría entre las varas de sus coches y levantando
los belfos de manera tal, que al dejar descubierto el teclado de la dentadura
pareciera que se estuviesen riendo.
Junto a los zócalos
de casi todos los edificios se veían gatos maullando de satisfacción
encrespando el hocico, enarcado el lomo, frotando los flancos contra los
muros o las pantorrillas de los transeúntes. Los perros también
participaban de esta orgía, pues saltando a diestra y siniestra
o arrimando el hocico al suelo corrían como si persiguieran un
rastro, mas terminaban por echarse jadeantes al suelo, la lengua caída
entre los dientes.
A las cuatro de la
madrugada no había un solo habitante de nuestra ciudad que durmiera,
ni la fachada de una sola casa que no mostrara sus interiores iluminados.
Todos miraban hacia la bóveda estrellada. Nos encontrábamos
a comienzos del verano. La luna lucía su media hoz de plata amarillenta,
y los gorriones y jilgueros aposentados en los árboles de los paseos
piaban desesperadamente.
Algunos ciudadanos
que habían vivido en Barcelona les referían a otros que
aquel vocerío de pájaros les recordaba la Rambla de las
Flores, donde parecen haberse refugiado los pájaros de todas las
montañas que circunvalan a Barcelona. En los vecindarios donde
había loros, éstos graznaban tan furiosamente, que era necesario
taparse los oídos o estrangularles .
-¿Qué
sucede? ¿Qué pasa? -era la pregunta suspendida veinte veces,
cuarenta veces, cien veces, en la misma boca.
Jamás se registraron
tantos llamados telefónicos en las secretarías de los diarios
como entonces. Los telefonistas de guardia en las centrales enloquecían
frente a los tableros de los conmutadores; a las cinco de la mañana
era imposible obtener una sola comunicación; los hombres, con la
camisa abierta sobre el pecho, habían colgado los auriculares.
Las calles ennegrecían de multitudes. Los vestíbulos de
las comisarías se llenaban de visitantes distinguidos, jefes de
comités políticos, militares retirados, y todos formulaban
la misma pregunta, que nadie podía responder:
-¿Qué
sucede? ¿De dónde sale este perfume?
Se veían viejos
comandantes de caballería, el collar de la barba y el bastón
de puño de oro, ejerciendo la autoridad de la experiencia, interrogados
sobre química de guerra; los hombres hablaban de lo que sabían,
y no sabían mucho. Lo único que podían afirmar es
que no se estaba en presencia de un fenómeno letal, y ello era
bien evidente, pero la gente les agradecía la afirmación.
Muchos estaban asustados, y no era para menos.
A las cinco de la
mañana se recibían telegramas de Córdoba, Santa Fe,
Paraná y, por el Sur, de Mar del Plata, Tandil, Santa Rosa de Toay
dando cuenta de la ocurrencia del fenómeno. Los andenes de las
estaciones hervían de gente que, con la arrugada nariz empinada
hacia el cielo, consultaban ávidamente la fragancia del aire.
En los cuarteles se
presentaban oficiales que no estaban de guardia o con licencia. El ministro
de Guerra se dirigió a la Casa de Gobierno a las cinco y cuarto
de la mañana; hubo consultas e inmediatamente se procedió
a citar a los químicos de todas las reparticiones nacionales, a
las seis de la mañana. Yo, por no ser menos que el ministro me
presenté en la redacción del diario; cierto es que estaba
con licencia o enfermo, no recuerdo bien, pero en estas circunstancias
un periodista prudente se presenta siempre. Y por milésima vez
escuché y repetí esta vacua pregunta:
-¿Qué
sucede? ¿De dónde viene este perfume?
Imposible transitar
frente a la pizarra de los diarios. Las multitudes se apretujaban en las
aceras; la gente de primera fila leía el texto de los telegramas
y los transmitía a los que estaban mucho más lejos.
"Comunican que
la ola de perfume verde ha llegado a San Juan."
"De Goya informan
que ha llegado la ola de perfume verde."
"Los químicos
e ingenieros militares reunidos en el Ministerio de Guerra dictaminan
que, dada la amplitud de la ola de perfume, ésta no tiene su origen
en ninguna fábrica de productos tóxicos."
"La Jefatura
de Policía se ha comunicado con el Ministerio de Guerra. No se
registra ninguna víctima y no existen razones para suponer que
el perfume petróleo-clavel sea peligroso."
"El observatorio
astronómico de La Plata y el observatorio de Córdoba informan
que no se ha registrado ningún fenómeno estelar que pueda
hacer suponer que esta ola sea de origen astral. Se cree que se debe a
un fenómeno de fermentación o de radioactividad."
"Bariloche informa
que ha llegado la ola de perfume."
"Rio Grande do
Sul informa que ha llegado la ola de perfume."
"El observatorio
astronómico de Córdoba informa que la ola de perfume avanza
a la velocidad de doce kilómetros por minuto."
Nuestro diario instaló
un servicio permanente de comunicación con estación de radio;
además situó a un hombre frente a las pizarras de su administración;
éste comunicaba por un megáfono las últimas novedades,
pero recién a las seis y cuarto de la mañana se supo que
en reunión de ministros se había resuelto declarar el día
feriado. El ministro del Interior, por intermedio de las estaciones de
radios y los periódicos se dirigían a todos los habitantes
del país, encareciéndoles:
1° No alarmarse
por la persistencia de este fenómeno que, aunque de origen ignorado,
se presume absolutamente inofensivo.
2° Por consejo
del Departamento Nacional de Higiene se recomienda a la población
abstenerse de beber y comer en exceso, pues aún se ignoran los
trastornos que puede originar la ola de perfume.
Lo que resulta evidente
es que el día 15 de septiembre los sentimientos religiosos adormecidos
en muchas gentes despertaron con inusitada violencia, pues las iglesias
rebosaban de ciudadanos, y aunque el tema de los predicadores no era "estamos
en las proximidades del fin del mundo", en muchas personas se desperezaba
ya esta pregunta.
A las nueve de la
mañana, la población fatigada de una noche de insomnio y
de emociones se echó a la cama. Inútil intentar dormir.
Este perfume penetrante petróleo-clavel se fijaba en las pituitarias
con tal violencia, que terminaba por hacer vibrar en la pulpa del cerebro
cierta ansiedad crispada. Las personas se revolvían en las camas
impacientes, aturdidas por la calidez de la emanación repugnante,
que acababa por infectar los alimentos de un repulsivo sabor aromático.
Muchos comenzaban a experimentar los primeros ataques de neuralgia, que
en algunos se prolongaron durante más de sesenta horas, las farmacias
en pocas horas agotaron su stock de productos a base de antitérmicos,
a las once de la mañana, hora en que apareció el segundo
boletín extraordinario editado por todos los periódicos:
el negocio fue un fracaso. En los subsuelos de los periódicos grupos
de vendedores yacían extenuados; en las viviendas la gente, tendida
en la cama, permanecía amodorrada; en los cuarteles los soldados
y oficiales terminaron por seguir el ejemplo de los civiles; a la una
de la tarde en toda Sudamérica se habían interrumpido las
actividades más vitales a las necesidades de las poblaciones: los
trenes permanecían en medios de los campos... con los fuegos apagados;
los agentes de policía dormitaban en los umbrales de las casas;
se dio el caso de un ladrón que, haciendo un prodigioso esfuerzo
de voluntad, se introdujo en una oficina bancaria, despojó al director
del establecimiento de sus llaves e intentó abrir la caja de hierro
en presencia de los serenos que le miraban actuar sin reaccionar, pero
cuando quiso mover la puerta de acero su voluntad se quebró y cayó
amodorrado junto a los otros.
En las cárceles
el aire confinado determinó más rápidamente la modorra
en los presos que en los centinelas que los custodiaban desde lo alto
de las murallas donde la atmósfera se renovaba, pero al final los
guardianes terminaron por ceder a la violencia del sueño que se
les metía en una "especie de aire verde por las narices"
y se dejaban caer al suelo. Este fue el origen de lo que se llamó
el perfume verde. Todos, antes de sucumbir a la modorra, teníamos
la sensación de que nos envolvía un torbellino suave, pero
sumamente espeso, de aire verde.
Las únicas
que parecían insensibles a la atmósfera del perfume clavel-petróleo
eran las ratas, y fue la única vez que se pudo asistir al espectáculo
en que los roedores, saliendo de sus cuevas, atacaban encarnizadamente
a sus viejos enemigos los gatos. Numerosos gatos fueron destrozados por
los ratones.
A las tres de la tarde
respirábamos con dificultad. El profesor Hagenbuk, tendido en un
sofá de mi escritorio, miraba a través de los cristales
al sol envuelto en una atmósfera verdosa; yo, apoltronado en mi
sillón, pensaba que millones y millones de hombres íbamos
a morir, pues en nuestra total inercia al aire se aprecia cada vez más
enrarecido y extraño a los pulmones, que levantaban penosamente
la tablilla del pecho; luego perdimos el sentido, y de aquel instante
el único recuerdo que conservo es el ojo bizco del profesor Hagenbuk
mirando el sol verdoso.
Debimos permanecer
en la más completa inconsciencia durante tres horas. Cuando despertamos
la total negrura del cielo estaba rayada por tan terribles relámpagos,
que los ojos se entrecerraban medrosos frente al ígneo espectáculo.
El profesor Hagenbuk,
de pie junto a la ventana murmuró:
-Lo había previsto;
¡vaya si lo había previsto!
Un estampido de violencia
tal que me ensordeció durante un cuarto de hora me impidió
escuchar lo que él creía haber previsto. Un rayo acababa
de hendir un rascacielos, y el edificio se desmoronó por la mitad,
y al suceder el fogonazo de los rayos se podía percibir el interior
del edificio con los pisos alfombrados colgando en el aire y los muebles
tumbados en posiciones inverosímiles.
Fue la última
descarga eléctrica.
El profesor Hagenbuk
se volvió hacia mí, y mirándome muy grave con su
extraordinario ojo bizco, repitió:
-Lo había previsto.
Irritado me volví
hacia él.
-¿Qué
es lo que había previsto usted, profesor? -grité.
-Todo lo que ha sucedido.
Sonreí incrédulamente.
El profesor se echó las manos al bolsillo, retiró de allí
una libreta, la abrió y en la tercera hoja leí:
"Descripción
de los efectos que los hidrocarburos cometarios pueden ejercer sobre las
poblaciones de la Tierra."
-¿Qué
es eso de los hidrocarburos cometarios?
El profesor Hagenbuk
sonrió piadosamente y me contestó:
-La substancia dominante
que forma la cola de los cometas. Nosotros hemos atravesado la cola de
un cometa.
-¿Y por qué
no lo dijo antes?
-Para no alarmar a
la gente. Hace diez días que espero la ocurrencia de este fenómeno,
pero..., a propósito; anoche usted se ha quedado debiéndome
treinta tantos de nuestra partida.
Aunque no lo crean
ustedes, yo quedé sin habla frente al profesor. Y estas son las
horas en que pienso escribir la historia de su fantástica vida
y causas de su no menos fantástico silencio.
Roberto
Arlt
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